Mi último vuelo cerca del abismo. Una nueva epifanía

¿Sufrimos un deterioro psíquico cuando damos media vuelta para evitar la peligrosidad?

¿Superar un peligro y una dificultad hace mejorar a la persona? Es lo que sostienen algunos estudiosos, poetas y filósofos, ya que estar entre la dificultad y el peligro hace surgir lo mejor del ser.

También se habla, en estos casos, del recibimiento de una iluminación especial que nos hace experimentar una nueva epifanía espiritual e incluso artística.

¿Es un motivo para ver el «más allờ?

Quizás estás ideas, tan inmersas en mi persona, unidas a mis deseos de mantener la exigente juventud hicieron que ayer domingo, al regreso de una gira de conferencias entre Murcia ( La Unión, Club de montaña Roller Masters) y Candeleda, Avila, en la inauguración de la exposición fotográfica sobre Gredos de Carlos Frías, tuviese la necesidad psicológica y física de salir a la montaña. Y a ella me fui, cargado pesadamente con mi parapente para intentar salir volando tras subir a la cima. La subida siempre es penosa, pero tenía necesidad de hacer ejercicio.

El viento no era sur como mostraban las banderas que iba consultando, y en la vertiente norte el aire era rotundamente norte, por lo que decidí intentar salir hacia esa orientación. El viento estaba fuerte, pero en ese momento estime que podría hacerlo. Estaba solo, lo que es una circunstancia adversa añadida, y posiblemente una temeridad, a la que por otra parte estoy acostumbrado. ¿Pero quién era yo, para tanto engreimiento, o incluso tanta imprudencia?

Preparé todo con minuciosidad, aunque el viento impedía estar muy atento a los detalles de colocación de la vela sobre tantas ramas y piedras.

Fracasé en una primera tentativa. Siendo ordenadamente arrastrado de espaldas varios metros.

El brusco tirón del viento había dejado muy bien colocado al parapente, así que me dispuse a una segunda tentativa, esta vez como se debe hacer, de espaldas a la vertiente, para controlar mejor la salida.

Nada más que levantar un poco la enorme vela, el viento me elevo entre grandes sacudidas hacia el cielo.

Pronto me di cuenta de mi gran error, el viento era excesivo y la vela daba grandes sacudidas de un lado para otro; y yo era el que colgaba de esa cometa que se enfrentaba al viento, recibiendo sus impactos cuando el aire la hinchaba y deshinchaba. Me puse bien los cordones de los mandos para manejarlos con premura.

Estaba totalmente asustado viendo como me elevaba más y más entre brusquedades, cada vez más alto, viendo a mis pies las cimas de la «Cuerda Larga». El gran error ya no tenía solución. Yo pedía, casi a gritos, ayuda a Dios, prometiendo ser más veces peregrino para prometerme ser mejor, menos vanidoso y recorrer más decididamente el camino de la bondad, pero al mismo tiempo me mantenía totalmente atento ante la peligrosa situación, cuando el viento me lanzaba de costado.

Me encontraba en uno de los trances más difíciles, entre tantos otros, de mi emociónate vida. Y además yo no era (no lo soy) un parapentista capaz, si no que me consideraba en esos momentos un torpe que no estaba a la altura de la dificultad que me imponían aquellas circunstancias sobrevenidas, que no había sido capaz de prevenir, a pesar de pilotar estos curiosos aviones de tela desde hace más de venticinco años.

Iba al límite de mi psicología, tratando de controlar aquella vela desbocada, sintiendo y entendiendo el peligro extremo en el que me encontraba, tratando de buscar dentro del aire invisible una zona menos violenta. Me pareció que bajaba y me acercaba a una zona verde, libre de piedras, pero todavía a gran altura. Renegaba de mi audacia y quizás me preguntaba, el por qué buscar tanto el desastre, totalmente sin cobijo, viviendo sin ningún amparo, igual que los poetas metafísicos presagiaban.

En los infinitos momentos que iba viviendo, tan pronto me parecía que estaba controlando la situación, cuando de pronto otras ráfagas me impulsaban de un lado a otro iniciando un vertiginoso viaje por el abismo que tenía bajo mis pies.

Fui cuidando los detalles, iniciando unas vueltas de 360 grados que me aproximaban peligrosamente a las laderas de la montaña. Poco a poco me entregué a la única posibilidad que tenía: llegar abajo y aterrizar, a ser posible, en una zona sin piedras.

Lentamente lo fui consiguiendo, no sin antes ir dando gracias a lo Alto por una ayuda que me parecía que me llegaba como una iluminación, esa nueva epifanía de la que hablaban los místicos.

En una de aquellos giros pude al fin encontrarme cerca del suelo, sobre una inclinada ladera, en la que desgraciadamente había grandes bloques rocosos. Recogí cuerda de los mandos para efectuar un frenado rotundo y lo conseguí. Aterricé. Nuevamente estaba allí, en píe mientras mi parapente se quedaba relativamente quieto sobre la ladera de la montaña.

Tenía que haber besado la tierra, como los santones, esa tierra que es nuestra cuna a la que estamos indefectiblemente unidos. Entonces recordé a Rilke:

«¿El destino del hombre es el riesgo?»

Había vivido unas grandes sensaciones, emociones y sentimientos.

¿Me habían hecho acaso más sabio?

Había aceptado que la vida no era solo contemplación, sino aventura y empresa. Y que la seguridad siempre es mera ilusión.

¡Qué barbaridad! ¡Qué irracionalidad la vida de las vivencias!

Vida viviente, cómo la de Ulises que vivió Troya, yéndose de la paz de Itaca, hacia el horror de la guerra. Yo seguía siendo un rebelde transrracional, un estudioso de la fenomenología vivencial, antes de que mis fuerzas y también mi valor no dejen de disminuir.

Me había adentrado, solo durante unos eternos minutos, en lo «abierto». Estaba inmerso en un absoluto irracionalismo, en un ámbito misterioso, irisado de poesía y misticismo.

Pero estaba viva mi inquietud en el alma, a pesar del miedo.

Abajo, en la tierra deseada, mientras recogía cuidadosamente mi parapente que se enredaba con las ramas y las rocas, sentía una sensación de euforia y de paz rotunda. Pero también una poderosa razón que me reprochaba el haberme arriesgado excesivamente.

¿Tendría que pagar por ello algún costoso canon?

Había renovado mis ansias de vivir a costa del peligro. ¿Debería de arrepentirme?

Solo tenía el consuelo del verso de Hölderlin:

«Allí en donde está el peligro, nace también lo que salva»

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