¿Llegaré a ser el barón de Cotopaxi?

¿Llegaré a ser el barón de Cotopaxi?

Como viajero por el mundo del Himalaya –mis primeras expediciones alpinas fueron a finales de la década del sesenta, y he regresado a ellas con cierta frecuencia- he tenido la oportunidad de conocer las creencias y la educación tradicional de sus sencillas y curiosas gentes. El Tíbet sufrío el demoledor acoso del comunismo extremo, en la llamada revolución cultural de Mao, y la situación dramática del Tíbet influyó poderosamente en los países límitrofes, poseedores de la misma cultura. Mao pretendía subvertir totalmente el orden, las costumbres y las creencias religiosas del pueblo, conduciéndolas al moderno paganismo, llevando el comunismo hasta el punto gordiano de la existencia del pueblo. De miles de monasterios y templos, existentes antes de la paulatina ocupación china, solamente se debieron de salvar un centenar, asesinando a sus lamas, destruyendo no solo los templos, hasta no dejar piedra sobre piedra, sino también ciudades, como he visto en las proximidades de los macizos del Himalaya. Los pocos monasterios que han comenzado a reanudar sus actividades religiosas están en condiciones muy precarias de supervivencia, empobrecidos y sin el boato necesario para el desempeño de sus importantes misiones espirituales. El budismo religión principal en estas regiones, con sus diferentes variantes, tras la feroz represión, de la que occidente nada objetó, está regresándo lentamente a estos increíbles parajes de la Tierra, ocultos por las inmensas montañas. Para los budistas el cuerpo humano es un compuesto de agua, aire, tierra y fuego. Por ello la incineración, que occidente cada vez utiliza más, es uno de los medios de inhumanación, junto a los ritos celestes. Un lama recoge el cuerpo del muerto cuando han transcurrido tres días desde que el alma lo ha abandonado, llevándolo a una gran roca como terraza funeraria, en la cima de una montaña, quemándo ramas de pino y ciprés, descuartizándo el cuerpo para que las aves se alimenten. La familia paga al sacerdote con dinero y ropas del difunto. Cuando se incinera el cadáver este se levanta sobre la pira funeraria, en los templos, bajo la mirada piadosa de sus familiares. Los centenares de miles de tibetanos, residentes en la India, Nepal y otros países del Himalaya, no islámicos, practican las viejas creencias de su lamaísmo. En sus nuevas patrias siguen celebrando sus fiestas que, como todo en su vida hacen referencia a la religión, igual que lo hicieron sus antepasados. Siempre los festejos tienen lugar en las colinas, pintadas y preparadas para estos fines, con cientos o miles de banderas al viento con las oraciones: “Om Mani Padme Hum” impresas, que el viento ondea y esparce para que las peticiones de espiritualidad y respeto alcancen el cielo. Los asistentes llegan vestidos con sus ropas más elegantes, con los collares de ambar y el pelo largo recogido en sus típicas trenzas. Los monjes, personajes tan respetados como antes lo eran los sacerdotes cristianos, dirigen las oraciones con el rosario en la muñeca, el de las 108 cuentas, que son los mandamientos que se han de recordar siempre, recogiéndose las ofrendas de comida, tsampa, harina de cebada, chang, cerveza, vaciándoles sobre las hogueras para que el humo que surge se entremezcle con las banderolas de la oración y llegue al cielo. El cuerpo no importa, lo esencial es el espiritu, que se reencarnará en personas u otros seres para llegar alguna vez a la perfección, la paz suprema.

Lhassa ya no existe como cuna de la espiritualidad. Que no se dejen engañar los viajeros por los vendedores de viajes. Lhassa ahora es solo una ciudad en la que los turistas visitan el Potala o el interior de los templos, para luego alojarse en los cómodos hoteles que los chinos han construído para promocionar su industria, aprovechándose precisamente del pasado de leyenda que ellos destruyeron.

El viejo Tíbet ya no está allí. El Tíbet se encuentra repartido geográficamente por los países de alrededor, como Ladak, y en otros rincones de la India, aunque Nepal sea el país de mayor influencia tibetana, siendo el que alberga más templos y dioses, aunque también las costumbres materialistas y consumistas de occidente hayan llegado hasta él.

Ladak es quizás el último reducto del budismo primitivo, precisamente por estar cerrado por sus montañas y por su dura climatología. Leh, su capital, es una pequeña ciudad aislada por la nieve ocho meses al año, a 3.300 metros de altitud. Yo la última vez que estuve allí, dirigiendo la expedición del Colegio de Abogados de Madrid, volví a sentir la influencia de su impresionante fervor espiritual. Precisamente esa visita es la que me hizo concebir mi libro “El Lama Milarepa”, en la que mi personaje, el barón de Cotopaxi, mi <alter ego>, al que yo querría poder parecerme, vive una experiencia extraordinaria buscando y hallándo al fín, un monasterio pérdido entre las alturas de las montañas, una especie de valle de los dioses, protegido del frío y de los vientos, gracias a su especial situación orográfica. En él, el barón que ha descendido del Qomolangma (El Everest) a dónde ha llegado casi moribundo, hace repaso de su vida, búscando la felicidad en la bondad, cumpliendo la promesa hecha en la cumbre, que un viejo lama inmortal, Milarepa, ha recogido al verle a tan descomunal distancia.

El libro trata de regresar a las viejas novelas de aventuras y viajes, pero caminando por la mística del mundo, donde un personaje ideal, que por una vez, no es un viajero cosmopolíta y ambicioso de materialidad y sexo, si no simplemente un explorador que busca el misterio de la vida, con respeto al paisaje y a todo lo que vive, lo encuentra en los maravillosos rincones del religioso Himalaya.

Ya está bien de escritos, reportajes, novelas y programas prosaicos, repletos de vulgaridad y exentos de pensamiento.

Espero tener salud y fuerza para seguir viajando por la Tierra, y seguir transfiriendo experiencias verdaderas, porque sé, creánme, que existen tierras y hombres, con costumbres que guardan todavía gestos piadosos y nobles, que recuerdan los tiempos bíblicos. Ahora, a estas alturas de la existencia, ya solo en busca de la esencia, querría volver a recorrer muchas regiones que visité cuando era esclavo de la notoriedad y vivir con esos pueblos de las selvas americanas, escalando los misteriosos <tepuys>, muchos de ellos aún absolutamente inexplorados, para traer a España mensajes sencillos de espiritualidad y con ello de bondad. También, ojalá, este mismo año pueda viajar otra vez al viejo desierto del Sáhara, buscando las montañas del Tibesti, todavía pérdidas entre el Chad y Libia, para escalar el volcán Emi Kusi, y aprender de los tubues, que como los tuarengs del Hoggar, en la confluencia de Niger, Malí y Argelia, puedan contribuir a inspirarme y reforzar mis creencias en el viejo espíritu de paz, hospitalidad y respeto por todo cuanto vive, escenario de las aventuras próximas de mi personaje ideal, el que Ortega decía que todos llevamos dentro.

Uno de estos días les enviaré alguno de estos libros del barón de Cotopaxi, “Camino de Karibú” o “El Lama Milarepa” o de sus últimas aventuras en Oceanía, siempre de las grandes regiones naturales que aún no estén contaminadas por el nihilismo y otras manifestaciones de la mediocridad. Estoy seguro que les van a interesar. Mucha suerte.

*César P. de Tudela es explorador alpino y alpinista. También es Académico de la Real Academia de Doctores de España, abogado y periodista.

4 comentarios sobre “¿Llegaré a ser el barón de Cotopaxi?

  1. Si buscas compañero para el Tibesti, aqui tienes uno.

    El resto querido Cesar, no sufras, es tarea inutil. Estamos en el siglo mas vulgar de todos. La mediocridad y el absurdo es lo unico que interesa/vende.
    Da nauseas solo pensarlo…

    No eres un ser ameboide, unicelular, un borrego? Pues no tienes nada que hacer. No ves la cantidad de mamarrachos que nos rodean por todas partes?

    La insoportable y espantosa vulgaridad contaminan todo cuanto tocan.

    El baron de Cotopaxi, el capitan Alatriste, el Quijote y demas gentes de bien,llegan en mal momento.

    Claro que el mundo estaria un poco mejor si hubiera mas quijotes y menos hijos de puta casuales o intencionados

    Un abrazo

    Jose Mijares

  2. Estimado César,
    A través del Blog de Jorge Trías he descubierto el tuyo. Gracias por escribir cómo lo haces, y por encender una vela a lo sencillo, lo verdadero, lo permanente.
    Dejé la montaña hace años y estoy, no sólo físicamente, adocenado. Pero trataré de despertar del sueño material, si Dios quiere.
    Respetuoso saludo,

  3. Gracias amigos.
    A José Mijares mi admiración por sus realizaciones y proyectos en la aventura de la vida.
    A Fabianfa agradecerle su mensaje y decirle que se anime y regrese a la montaña de vez en cuando. Trias es un buen amigo que le gusta llegar a algunas cimas. Gracias. Cesar P. de Tudela

  4. ola cesar perez de tudela.Soy un chico de 12 años al que le encanto tu libro.A algunos de los chicos a los que se lo recomende le encantaron.Algunos le han pedido a sus padres viajes al tibet una locura.gracias adrian aragones

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *