La Montaña no quiso

La Montaña no quiso

La montaña no quiso. La montaña perdona más que mata

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La montaña, con sus ascensiones y escaladas, está llena de historias sobre catástrofes evitadas. Caídas desde enormes alturas, rayos…  fantásticos sucesos que no tuvieron un final trágico…

-La cuerda que se engancha en un pequeño saliente rocoso evitando la muerte de los alpinistas a ella atados… el rayo que fulmina la arista justamente después de haber pasado una caravana de escaladores…

-La avalancha me arrastró trescientos metros por la vertiente oriental del Cotopaxi…

Todos hemos cometido errores escalando montañas, nos hemos equivocado muchas veces y sin embargo en muy pocas ocasiones hemos sufrido sus consecuencias…

Yo he caído por exceso de confianza más de 300 metros por una canal de hielo en el Monte Olivia de Tierra de Fuego, y he sobrevivido.

Ha explotado el volcán Sangay sobre mi cabeza estando junto a su cráter y he vivido la enorme experiencia cayendo a mí alrededor centenares de bombas volcánicas…

Un alpinista de 50 años que no ha perdido el tiempo, está vivo de milagro…

Y curiosamente no es excepcional este hecho. La montaña nos perdona la vida muchas más veces  que nos castiga con lesiones graves o la muerte.

Y a pesar de los graves riesgos a los que sometemos a nuestra vida, en los grandes y difíciles precipicios por los que escalamos, mueren algunos pero salvan la vida muchos más.

La montaña es un mundo fantástico, lleno de luz y de belleza, pero también es un inmenso escenario de peligros para la salud y para la vida: edemas cerebrales y pulmonares, congelaciones, hipotermia, agresiones del viento y de las bajas temperaturas, las consecuencias del extremo cansancio…

A pesar de esto, o quizás precisamente por ello, la montaña es un mundo sagrado y metafísico (la metafísica es la filosofía de lo desconocido que trata de estudiar el ser del ser) en la que el hombre vive las más grandes y extraordinarias aventuras y ello lleva normalmente implícito nuevas y siempre misteriosas posibilidades para los humanos.

Gran parte de los alpinistas se hicieron más fuertes en la montaña.

– Y en mi caso fue una experiencia excepcional que de vez en cuando debo de confesarla para agradecerla.

Los débiles nos hicimos fuertes practicando el montañismo y el alpinismo en sus diferentes modalidades. La montaña nos trasformó en personas decididas y hasta seguras. En mi persona se patentizó este milagro.

El entrenamiento, la gran ilusión y el ejercicio, contribuyeron a su realización. Pude afrontar las escaladas más famosas y difíciles cuando por mis naturales facultades genéticas solo habría podido recorrer con cansancios las sierras y montes de la Península.

Y en el “quehacer” de la vida, sentir la llamada de las montañas fue verdaderamente acertar con lo que había de hacer.

Soy un ferviente consumidor de grandes momentos.

–Las vivencias de la conciencia, verdadera esencia de la existencia-me elevaron sobre las normales exigencias de la vida…

Y como conclusión a las experiencias vividas en ese escenario grandioso, dominado por el misterio metafísico (oscuridad filosófica de difícil explicación) en donde las catástrofes son evitadas por las fuerzas superiores, ¿cómo no íbamos a pensar en el efecto placebo de las montañas?

Si se evitan las muertes, he de añadir que los grandes riesgos, los mayores esfuerzos, las jubilosas ilusiones que mantienen la inquietud del alma, generan sensaciones de euforia  y esperanza.

Y yo me hago esta pregunta:

-¿La bondad, la fe, la gratitud… pueden disolver la enfermedad?

En la montaña los alpinistas no mueren –se matan para escapar de la muerte-

 

Cesar Pérez de Tudela es guía de alta montaña y explorador

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