¿Qué hacía yo entre aquellos ilustres ponentes? Almuerzo de trabajo del Comité de Tumores. Medicina personalizada en Cáncer de Pulmón. Palacio de Exposiciones y Congresos de Málaga.
Fue durante el almuerzo cuando se desarrollaron tres ponencias científicas médicas a cargo de los doctores María Fernández Velilla, Fernando López-Ríos y Javier de Castro, moderados por la doctora Pilar Garrido.
Cerrando el Almuerzo me correspondía intervenir a mí, después de la espléndida y rigurosa sesión.
¿Qué hacía yo allí?
En el programa el titulo de mi intervención: “Llegar a la cima un éxito de todos”. En esa sesión tan docta y tan técnica, no era para mí fácil mantener una ponencia sobre ascensiones y escaladas, que aunque simbolizaran la superación y la ilusión, ambos aspectos ya habían quedado magníficamente presentadas por los jóvenes investigadores que me habían precedido. También del esfuerzo y del rigor, como los buenos alpinistas.
Representábamos dos mundos contradictorios. Ellos representaban a la ciencia, a la razón y a la mejor utilidad social, salvando vidas enfermas de uno de los males más terribles: el cáncer.
Y yo trataba de mostrar las vivencias intensas de la “sinrazón” del grandioso alpinismo. Comprometida situación la mía.
Admiré como no podía ser de otra manera a los ponentes de la ciencia, y traté de relacionar ese rigor y el humor extraordinario que acompaña a sus grandes misiones, afirmando que era el mismo que el que emplea en la vida de las montañas. El mismo esfuerzo, la mejor ilusión, el mejor equipo humano, la extraordinaria presencia permanente de la voluntad. En definitiva el mismo espíritu de lucha por la vida. Conté brevemente algunas de mis aventuras, tratando de descifrar los retos que se ocultan tras las escaladas de las montañas. Quizás recordé el Eiger, y esas montañas que todavía deseo escalar, como el Ama Dablam del Himalaya.
Fuertes ante la adversidad. Y resistentes ante la tensión del duro trabajo, del equipo, sabiendo valorar a los colaboradores, controlando la ira y los malos impulsos propios del duro trabajo.
Alabé a mis compañeros, manteniendo que no es buena la crítica, que es lo más fácil y que genera resentimientos.
Les hablé del miedo y de la emoción. Pero fundamentalmente del esfuerzo, del equilibrio y de la superación de los mismos cansancios.
Conocerse a sí mismo. Dominarse y comprender a los demás.
En fin  salí de la difícil situación en la que las circunstancias de la vida me habían situado. No fue una ocasión de lucimiento para mí, si no para mis ilustres compañeros de sesión que eran quiénes estaban en su sitio.



Escalé en solitario la pared de Santillana
 Efectivamente no era ninguna hazaña. Lo había hecho hace cuarenta años alguna vez, pero repetirlo tantos años después, quizás ya tuviera algún valor.
Que sí lo tenía, para mí y ante mí. En un día muy caluroso del final de este largo verano, algo preocupado por la vda, sin haberme podido marchar al Himalaya, y consternado ante otros asuntos de una razonable mayor hondura, y con el hombro lesionado, me decidiera a tratar de escalar, después de atravesar toda la Pedriza hasta la misma base de la pared de Santillana, lo que ya constituye una buena marcha, entre esas piedras por las que no se camina, sino que se salta y se trepa con esfuerzo.
 Allí estaba erguida la pared de mi juventud, depreciada en esos años exigentes, tras compararla con las grandes escaladas alpinas o las duras ascensiones de los Andes u otras montañas de lejanos horizontes.
 Tenía que subirla igual que cuando era ese joven engreído, entonces sin fallo alguno lleno de entrenamientos y experiencia. Me até a una cuerda, más que por mí mismo por tratar de comportarme de forma razonable. Y comencé a subir asumiendo que mi brazo derecho no agarraba con la firmeza acostumbrada…
Subí bien y cometí la sensatez de asegurarme a un “empotrador” allí abandonado, pasando la cuerda también por unos seguros. Superé el paso clave con agilidad y continué por la estrecha grieta hasta los agarres que escalé limpiamente, pero esforzándome más de costumbre, sintiendo que estaba subiendo al aire. Monté un seguro para bajar y recuperar los que había puesto más abajo y noté que la cuerda se había enganchado, lo que me obligó a arriesgarme más que si hubiera escalado el pasaje sin seguridad alguna. Entonces recordé aquello de:
“la obsesión de seguridad asfixia la vida”
 El error me hizo subir y bajar varias veces, lo que puso a prueba mi decisión. Una vez solucionado el error, y con la cuerda enrollada fui dominando en equilibrio los sencillos pasos de la escalada, pero escalada al aire al fin. Dudé unos instantes cuando pasada la repisa en donde normalmente se efectúa una reunión, los numerosos agarres disminuyen y hay que realizar algunos equilibrios para dominar la situación sin posibilidad de error alguno. El error sería la caída.
 Sin novedad alcancé la cima y tras mirar en derredor me miré a mí mismo. Allí estaba yo como si el tiempo, cincuenta años o más, con mis infartos y mi historia se hubiera detenido.
 Una pequeña escalada, una gran experiencia. Abajo me confesé y me dije:
        “Quizás aún puedas vivir más días grandes en las montañas del mundo”



Pesares
Las preocupaciones son esos pesares que nos acosan, sobre lo que podrá ocurrir o ya esté ocurriendo en nuestra vida, o en la vida de esos otros que tantos nos importan, próximos o lejanos.
A mí me preocupa como lo esté pasando mi hijo pequeño, con ese asalto de enfermedad sobrevenido de improviso. También me preocupa, pero mucho menos, que mi brazo derecho recobre su fortaleza (tendón supra espinoso) para seguir escalando los resaltes de la vida, o consolidar ese valor que veo que a veces me falta y que creí que tenía firmemente ganado para siempre. Me preocupa la paz familiar en primer término y después la paz con dignidad del país, y me refiero a España. Me preocupa el estado de mis amigos, para que sufran lo menos posible y que les persiga la buena suerte.
A la Peña vieja con los abogados
No sé qué tiempo tendremos el sábado día 4 de noviembre, día en el trataremos de subir mis compañeros del ICAM y yo a la Peña Vieja. Deseo que haga un buen día de sol y de nubes; y si ya ha nevado espero que la nieve no esté helada y retenga las piedras sueltas cuando la montaña se levanta en los últimos cien metros hasta la cima. Al recordar este deseo me doy cuenta de que sigo siendo un optimista dirigiendo esta ascensión colectiva, y por ello con algún riesgo, pero yo me repito constantemente que todos iremos con sumo cuidado, y de qué a partir de ahora voy a ser todavía más prudente en las convocatorias y en su realización.
En el monte Gorbea y en lo más alto…
Días pasados estuve en el legendario Monte Gorbea (1.482 m). Fui a recordar la subida partiendo de los acantilados de Múrua, para seguir por el inmenso bosque de hayas hasta la cruz de la cima. Un guía debe saber el camino. Días después volví con los compañeros del proyecto benéfico “Cimas Solidarias” de la Fundación Barclays; pasando por las famosas cuevas cársticas de Mairuelegorreta, en  donde se reunían los vascos para cantar contra Franco. Luego proseguimos  por un cómodo y empinado camino hacia la cima guiados no por mí sino por un amable montañero que formaba parte del grupo.
Preciosa ascensión es llegar a la cima recordando la célebre canción que tanto hemos cantado en las montañas. En la cruz cimera viendo la extraordinaria panorámica, estos paisajes me provocaban deseos de vuelos en parapente, hacia la vertiente de Vizcaya, aunque sé que las prohibiciones de vuelo son generales, aunque absurdas, en todos los parques naturales, por eso de prohibir por prohibir, lo que es tan propio del humano cuando llega a alcanzar un status de mando.
Michel Peissel, el etnólogo explorador
Ha muerto Michel Peissel, el explorador francés cuyos libros publicaba la editorial Juventud  y que nos dieron a conocer los territorios de Mustang, en el Nepal, Ladakh y Zanskar. Peissel era un antropólogo aventurero que viajó fundamentalmente por el Himalaya, no contentándose con hacerlo por los países conocidos, siendo por ello uno de los primeros y mejores divulgadores de aquellas culturas y tierras, que sesenta años después han sido tan compartidas por cientos de miles de viajeros de occidente.
El libro sobre el Palacio de la Zarzuela
También estoy entregado en la redacción de un difícil prólogo para el libro de Julio de Antón, el que fuera principal educador y preceptor de su Alteza Real el príncipe de Asturias.
 Digo difícil por la compleja y rica personalidad del autor, con el que colaboré en aquellos años, dirigiendo las actividades del Príncipe en los cursos de montaña que se le organizaron de 1976 a 1982 por distintas zonas de España.
El libro que trato de prologar recoge muy diferentes temas, entre ellos el asalto al Congreso de 1981, y la difícil noche que el autor vivió junto al Rey, narrando aspectos inéditos sobre grandes personajes de la Corte.
La importancia del ejercicio
Mí dedicación de estos días, entre otras, claro, es volver a encontrar mi mejor forma física, que a pesar de mis serias circunstancias cardiacas (las que me impiden o limitan las máximas altitudes) siempre ha sido excelente, gracias a mi constante entrenamiento. Estoy haciendo flexiones colgado de las manos para recuperar la potencia y la agilidad a la que estaba acostumbrado casi durante los últimos sesenta años. Lo conseguiré. Cuando el físico decae también, casi siempre, lo hace lo psíquico y ello plantea el declive que no podemos permitirnoslo.
La crisis y mis libros
La crisis y el temor a la crisis dificulta la edición de libros, menos a la Editorial Desnivel, que siguiendo los mejores consejos (de Keysen y otros estudiosos de la economía, que acosejaban poner en circulación mucho dinero con el fin de estimular una inflación moderada)) decide no reducir las ediciones para mantener la actividad y el gasto, superando los malor momentos. Pero no quiero esta vez que sea Desnivel quien publique mi libro “Las Montañas del Alma” -¿Era necesario morir?- que me gustaría pudiese publicar una editorial más generalista para que llegase a esas personas que se hace la difícil y eterna pregunta del “¿por qué?”
También tengo pendiente de edición el libro de “Mis Memorias” –Solo soy lo que me ha pasado- el que tiene esa agente literaria de lujo (Antonia Kerrigan) que me recomendó mi amigo Javier Sierra, el célebre autor de la “Ultima Cena” record de ventas en EEUU y autor reciente del “El Ángel Perdido”. Sus libros han sido traducidos a 44 idiomas. Naturalmente yo me conformo con mucho menos, aunque he de confesar, como el otro día dije sin ninguna vergüenza, que la literatura que más me gusta es la mía, aunque no sea buena, pero que sigue a pesar de los años interesándome lo qué dice, respetando por supuesto a varios metafísicos y poetas esencialistas.
Mario Conde presentó un nuevo libro
 Lo hizo a lo grande, en el hotel Intercontinental, en el gran salón Albeniz, completamente lleno de un público incondicional y admirador del antiguo banquero, hoy transformado en un certero economista, escritor de éxito y con grandes pretensiones de llegar a la alta política a través de la Sociedad Civil, su Fundación, para encauzar sus propias ideas.
El libro lo presentaba la Editorial Martínez Roca, del grupo Planeta, a cargo de su directora Carmen Fernández de Blas, quien de forma breve e impecable dijo que el libro, con buena arquitectura exterior, explicaba las razones de la honda crisis económica que España padece y algunas posibilidades para el difícil futuro.
Conde estuvo dominando el escenario desde el comienzo al fin, diciendo sin consultar papel alguno, que es lo difícil, que la banca es culpable, pero no solo lo es la banca, sino también la sociedad en la que esta está inserta, es decir la “sociedad civil” ese concepto tan suyo, que se separa del concepto tradicional de sociedad, cuando se refiere solo a los ciudadanos particulares, sin incluir corporaciones o entidades sociales. La sociedad real, la de la gente que sufre y tolera tanta arrogancia y tantos abusos desconectada totalmente de sus representantes en esta democracia fallida



Por vosotros rogué en las prometedoras lejanías

Toda vivencia que garantiza el futuro implica dolor. Es una afirmación de la vida.
Hay que tener muy presentes los pensamientos que nos llegan mientras escalamos una montaña.
El espacio es tiempo; ¿el tiempo es la verdad del espacio?
Ir más allá, sosteniéndose por encima de la nada.
Hay “cosas” importantes que solo se pueden ganar perdiéndolas. Hay “cosas” que sí se aman no se pueden nunca poseer.
Hay que convertir el sufrimiento en pensamiento poético. ¿Es esa la esencia de la poesía?
Mucho rogué por vosotros. Por vosotros rogué en las prometedoras lejanías.
Sí quieres ser el primero, tienes que ser el último y él servidor de todos.



Expedición al Musalá, la cima de los Balcanes
 Ha sido una expedición rápida y grata. Me ausente como pude de mis obligaciones paternales y me escapé a Bulgaria con la Fundación Barclays, la que mantiene un benefactor programa de ayuda a los que más lo necesitan. El que esto escribe era el director de la expedición y no podía faltar. Los componentes del numeroso grupo son siempre personas de gran educación y con ellos el éxito es seguro. Atravesamos valles y montañas desde Sofia, capital del país hasta llegar a Borovets y desde allí siempre subiendo, -más de 1.700 metros- de desnivel, proseguimos hasta la cima del Musalá (más alto que Alá) y bajamos a cenar y a dormir al refugio del mismo nombre. Al día siguiente visitamos el célebre monasterio de Rila, bajo las montañas de Rila Rodope y regresamos a Sofia para repartir los bien ganados diplomas que acreditaban la ascensión, prosiguiendo viaje de regreso a Madrid. Un record de rapidez.
 

Patio del Monasterio de Rila

Patio del Monasterio de Rila

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