Ignoramos el camino y no sabemos a dónde ir
Hace ya muchos años que un rumano nacionalizado en España, hombre de espléndida formación y cultura, Vintila Horia, realizó estudios recogiendo testimonios que anunciaban un fin de ciclo, en los años que precedieron al tremendo desastre de la Segunda Gran Guerra.
¿Hoy estamos como entonces?
No lo sé, pero veo que ignoramos el camino, cercados entre murallas rocosas que parecen infranqueables. Estamos perdidos y obcecados. Nos hacen falta guías que nos inspiren confianza. ¿Por qué hemos dejado de tener élites?
Occidente y Europa ya no son el Mundo, para ser solo una parte.
Vivimos un proceso entrópico en el que falta un nuevo “Renacimiento del Espíritu” que anuncie la nueva época. No nos bastan las poderosas infraestructuras de la comunicación, las autovías, los teléfonos satelitales, e Internet. Ya Nietzsche, al que cada vez estudian con entusiasmo en más universidades, ya dijo que solo la “técnica” sin una perspectiva unitaria de todas las ciencias, representaba el colapso y además de la muerte de “Dios”.
¿Estamos verdaderamente ante un fin de ciclo?
¿Son los que ahora tenemos los mismos síntomas que padeció Europa (entonces occidente era el mundo entero) en los años que precedieron a la catástrofe? La historia es por sí misma una constante sucesión de “nuevas épocas”, registradas o no como advenimientos de la Humanidad.
Fuimos dando la espalda a la Filosofía, a la Metafísica y a la Religión para ocuparnos frenéticamente solo de la economía, ese saber tan caprichoso, que solo es positivismo racionalista: gastar menos y trabajar más, guardando para las épocas difíciles, las que cíclicamente suceden a las de abundancia.
Despreciamos las ciencias de la conciencia, para potenciar solo las ciencias materiales, sabiendo que ese progreso significaba el atraso de los idealismos. Confusión en la que la física se transforma en metafísica, siguiendo a Einstein y a Heisenberg.
Vivimos próximos a la tragedia, el drama que Ortega, inspirado por los idealismos transcendentales germánicos ya lo anunció, sin que nadie se diera cuenta.
Nos encontramos en parecidas circunstancias a cuando Spengler publicó “La Decadencia de Occidente” una verdadera Filosofía de la Historia, y manifestó esa conjura mundial contra los valores: la belleza, el honor, que es ese regalo que nos hacemos a nosotros mismos, el respeto, la lealtad, la virtud, la bondad… que son el fondo mismo de todas las religiones, siendo sustituidas irresponsablemente por la descomposición ética, llevándonos al nuevo advenimiento del nihilismo que significa oscuridad, pérdida de sentido e ilusión, como dicen que ocurrió en la Edad Media.
Estamos pendientes de que las “élites”, las que fueron ocultándose ante la invasión del materialismo positivista, nos indiquen el camino.
“Solo los poetas pueden encontrar el camino del Renacimiento del ser” dijo Heidegger descifrando los versos de Hölderlin.
En tiempos de incertidumbre y de angustia, en plena entropía social, decía Fichte, es cuando recurrimos a la poesía filosófica, e identificamos al gran burgués, ese hombre de grandes recursos materiales y escasos espirituales.
¿Hemos perdido el sentido de lo verdaderamente necesario? ¿Estamos faltos de la cultura que nos salve del caos?
¿El progreso de las ciencias y de las tecnologías supone siempre un atraso de los idealismos?
Estamos dudando de todas las instituciones e incluso del mismo sistema democrático, tantas veces falseado por intereses partidistas y desacreditado por gran parte de los políticos.
¿Podremos evitar la tragedia? ¿Estaremos condenados a pagar tantas torpezas cometidas por los que se erigieron en dirigentes y fueron consentidas por todos, cuya mayoría abandonaron la reflexión y el estudio de la conciencia, negando lo sublime y valorando la materialidad y el raciocinio como únicas bondades de la existencia?
Solo son conjeturas.
César Pérez de Tudela es explorador de montañas y alpinista.