Julio 2011
Archivo Mensual
Miércoles, 13 de Julio de 2011
¿Somos menos que antes?
Yo desde luego.
La duda es una preocupación honda para descubrir esa verdad que casi siempre el hombre no llega a alcanzar. Descubrir la verdad es difícil y hay que estudiar e investigar en nuestra propia conciencia, descubriendo situaciones y analizándolas con rigor.
¿Somos menos que antes?
Me repito a mí mismo la pregunta. Y mi conciencia debería saber responder. Yo desde luego soy menos que antes. Tengo más miedo a la vida; yo que precisamente creí durante muchos años que al vencer el miedo a la muerte ya no tendría ningún miedo a la vida. Pero no es cierto. La acumulación de años, experiencias y cansancios van reformando nuestras aptitudes y nuestras actitudes. Y cuando los años pasan, cada vez somos otros. Y en muchos aspectos con la disminución de nuestras posibilidades físicas e intelectuales.
A mí me supone ahora mucho mayor esfuerzo no solo las escaladas de las montañas, que son el emblema de mí vida, también escribir, construir las frases, retener datos y nombres, hablar en público, en esas conferencias que las circunstancias me deparan con frecuencia.
Hace unos días, escalando una vía de las consideradas fáciles, en el Naranjo de Bulnes, mientras aseguraba a mis compañeros en una lenta ascensión, miré hacia abajo y vi que estaba muy lejos del relativo suelo, y el precipicio me parecía mucho mayor que tantas otras veces. Miré hacia arriba y sentí miedo a seguir subiendo, en el borde de esos abismos que me parecieron más hondos y verticales.
¿Podría seguir escalando muchos años más? ¿Me alcanzaran las fuerzas? ¿Mis músculos, entrenados con constancia e ilusión a lo largo de los últimos cincuenta años, seguirán siendo mis fieles acompañantes? ¿Me aguantara el equilibrio?
A pesar de ello no renuncio a seguir el camino de la cima, deseando poder perfilar nuevos pensamientos después de cada una de las grandes experiencias que voy viviendo como un regalo de la vida esforzada y anhelante.
Y quiero continuar escribiendo y buscando (¿investigando?) esas razones que son a mi juicio imprescindibles para vivir en la honda dignidad del que quiere seguir alcanzando esa esencia de llegar al ser.
No renuncio a escribir y acepto cualquier oferta para expresar mi concepción de la vida, como peregrino del esfuerzo y del riesgo, en comprometidas conferencias ante cualquier auditorio, esté compuesto por admirables montañeros o ilustres académicos o empresarios que ya comienzan a valorar el valor, la superación y el espíritu de empresa del alpinismo y de la escalada.
La vía del Paso Horizontal
El otro día volví a escalar el Naranjo de Bulnes en compañía de un grupo de montañeros, admirados rescatadores de la Guardia Civil. Para evitar aglomeraciones en la vía directa de la vertiente sur, decidimos subir por la antigua vía del “Paso Horizontal”, aquella que abriera en solitario el vecino de Bulnes Manuel Martínez Campillo, nada menos que en agosto de 1928.
He de confesar mi humildad. Yo era después de 55 años de alpinista entrenado y técnico, un escalador de famosas paredes alpinas y de montañas diversas, en casi todas las latitudes de la Tierra. Y llevaba cuerdas, botas de máxima adherencia, arnés, y diversos ingenios del siglo XXI. Y he de confesar que escalé con miedo y quizás incluso en algún tramo con evidente torpeza que trataba de disimular.
Fui recordando a aquél Martínez Campillo, el de Bulnes, primo de Víctor de Camarmeña, el que en agosto del año 1928, sin calzado y sin cuerda, con una técnica basada en su portentoso instinto de montañés y cabraliégo, yendo solo, fue subiendo por el extremo derecho de la pared sur, buscando una vía de ascensión, trepando y bajando cuando llegaba a sitios excesivamente comprometidos, abriendo la vía del “Paso Horizontal”. Una escalada admirable para la época ¿Quién era más?
¿Qué era yo a su lado, después de haber escalado famosas montañas del mundo?
Lo único que yo puedo recordar a mi favor es que efectivamente hace treinta o cuarenta años yo no me preocupaba tanto del precipicio y hasta el menor agarre me parecía suficiente y seguro.
Pero permitirme amigos que siga recordando.
La Centuria de Montañeros de Madrid escaló el Naranjo
Hay que rendir homenaje a aquellos entusiastas montañeros del Frente de Juventudes.
Fue también en agosto, pero de 1946, un grupo de montañeros que habían recorrido los Picos de Europa, entre los que se encontraba, si mis datos no me fallan, Ramón Blanco, olímpico de esquí, junto a los hermanos Armiñan, Tino Díaz, Mario Tecglen, Florentino Carrero, Emilio Pradillo, posiblemente también Tapia y Feíto, que más tarde serían junto con Félix Méndez guías nacionales de alta montaña, y otros cuyo nombre no puedo reseñar en estos momentos, hasta completar un grupo de veinte personas, no sé si en cordada única, que ya sería increíble o en varias, acompañados por el sacerdote argentino padre Gallardo, fueron escalando la vía del “Paso Horizontal, con cuerdas y cordinos de cáñamo de treinta metros, con las mismas botas de montaña de entonces, sin arneses, ni modernos artilugios de seguro o protección. (“Crónica Alpina de España” 2004 Ed. Desnivel)
Aquello fue una arriesgada escalada, casi una efeméride, que hoy al recordarla tras haber seguido su rastro sesenta y cinco años después, me produce admiración y respeto. En la cima se celebró la Misa, agradeciendo a lo Alto la ayuda recibida que debió de ser mucha.
¿Eran aquellos montañeros, con aquél equipo rudimentario propio de aquellos años, menos capaces que los excelentes deportistas actuales que pueden superar cualquiera de las difíciles rutas del Naranjo? En lugar de la técnica y del equipo estaba el entusiasmo y la persecución del anhelo.
Ninguno de aquellos personajes, con quién todavía me une admiración y honda amistad, podían ni siquiera imaginar que con el paso de los años y la evolución de los equipos y la técnica, se llegarían a realizar las decenas de vías posteriores imposibles de concebir entonces.
Y si esa admiración no fuera suficiente, solo tengo que recordar esa increíble escalada del marqués de Villaviciosa, Pedro Pidal y de Gregorio Pérez de Caín, por la pared norte, una hazaña que podría justificar esa duda filosófica que se esconde en el titulo de estas conjeturas.
Sábado, 9 de Julio de 2011
Un homenaje de despedida en la cima del Naranjo
Los montañeros de la Guardia Civil que han dedicado gran parte de su vida activa a la misión sagrada del salvamento, empiezan a sufrir las bajas que la cronología impone. Y por imperativos de la vida van llegando las horas y los días de la jubilación.
Por este motivo el escalador y expedicionario Bernabé Aguirre convocó a los guardias montañeros más próximos y más compañeros de “Pipo”, como se conoce a este esforzado y entusiasta guardia de la montaña destinado en Mieres, para tributarle un sencillo y emotivo homenaje de despedida.
Y allí estábamos algunos invitados a formar el cortejo de acompañantes, entre ellos Pedro A. Ortega, el Ardilla, Andrés de la Torre, el periodista y director de la página web destinada a comentar e informar sobre lo que ocurre en los Picos de Europa: www.cordillera-cantábrica.com.
Ante tantos escaladores en la sur-directa del Picu, Aguirre estimó conveniente dirigirse a la vieja vía del Naranjo “Paso Horizontal”, abierta audazmente por el vecino de Bulnes Martínez Campillo, nada menos que en 1928.
Bernabé Aguirre, organizador del homenaje escalaba en la primera cordada con su habitual maestría, seguido en distintas cordadas por los demás.
Yo no recordaba nada de la ruta que había escalado hacía 50 años, pero me pareció que nos desviábamos en algún tramo hacia la izquierda, o eso me pareció a mí, hacia una vía moderna que se denominó “Amanecer Incierto”, la que discurre entre la sur-directa para confluir en la propiamente denominada del “Paso Horizontal”. Sea como fuese, si es que fuere como digo, fuimos escalando en tres largas cordadas hasta la cima.
Allí rendimos tributo de admiración y compañerismo a “Pipo”, el guardia de Mieres, que además de montañero y escalador admirable había sido siempre un compañero ejemplar, lleno de un alto sentido de humanidad. No habíamos llevado a la cima nada para entregarle, solo nuestra amistad. Posamos repetidamente para las fotografías, mientras que Andrés de la Torre hacía un video con entrevistas para su web y también para enviar la noticia a los medios de comunicación, y así difundir el mejor mensaje del montañismo, actualmente olvidado y solo pendiente de los records, esos esfuerzos del “ochomilismo” de moda, que olvida, en muchos casos, los viejos valores del proceder alpino.
Desde estas líneas, “Pipo” y queridos compañeros de ascensión, he de deciros que las horas en vuestra compañía llenaron el tiempo, con vivencias y recuerdos. También deciros que sois los guardias civiles de montaña, espléndidos compañeros de cordada. A Bernabé Aguirre mi renovada admiración.
Sábado, 9 de Julio de 2011
Una mujer holandesa perdida durante 18 días.
La noticia es importante, y para mi impresionante, aunque los medios de información de masas, quizás no han sabido dar a esta toda la trascendencia que a mi parecer merece.
Una mujer que ha aguantado 18 días sola, sin abrigo, y sin comida rodeada de agua en la sierras de Málaga.
En su lugar está la noticia, repetida incontables veces, sobre el proceder de una concursante, en un forzado programa estelar, de una poderosa cadena de televisión nacional.
¿Es esa programación la que reclaman y necesitan los españoles?
¿Es más verdadera supervivencia la de la señora holándesa, o la de los supervivientes de la televisión?
La señora holandesa cayó a una poza de dónde no pudo salir.
Durante estas dos semanas y media solo ha bebido agua, sin ningún alimento, refugiándose en una cavidad húmeda protegida del aire.
Ella ha puesto de manifiesto que la comida de cada día no es quizás lo más importante, en una sociedad en la que todo se dirime frente a una copiosa y escogida comida.
Habría sido muy interesante haber podido hacerla una intensa entrevista, preguntándola lo que pensaba y lo que deseaba: esa cama para descansar, esa compañía junto a la comodidad y la seguridad… Todo cuanto tenemos y que casi nunca valoramos.
¿Tuvo esperanzas? ¿A dónde, en qué lugar de su espíritu se refugió para resistir?
¿Cómo pudo soportar la humedad y el frío tantos días y tantas noches?
¿O quizás mantuvo la vida gracias a esa confianza en el destino que tanto contribuye a sostenernos frente a la adversidad?
Fue rescatada por tres excursionistas que casualmente pasaron por la zona y dieron el aviso. Los grupos de rescate de la Guardia Civil participaron, y entre unos y otros llevaron a la señora holandesa a cuestas en las espaldas de los rescatadores.
Quiero imaginar el sentimiento de gratitud de esa señora hacia quiénes la estaban conduciendo nuevamente a la vida cómoda y segura, en la que casi todos estamos instalados, viendo muchos una y otra vez, los poco interesantes comportamientos de unos y otros presentadores, contertulios y participantes en ese célebre y exitoso programa de televisión, que tanto eco despierta en los españoles acaparando la atención de España.
Si efectivamente hay alguien a quién agradecer y reconocer nuestra admiración es a los salvadores. Ellos trajeron nuevamente la vida a esta señora holandesa de 47 años.
Sus hijos mayores han llegado a España para expresar su agradecimiento a todos los qué participaron en su salvación. Esa gratitud es un sentimiento que nos aproxima al ser. Y los verdaderos héroes permanecen silenciosos.
Viernes, 1 de Julio de 2011
También en el alpinismo se acusa el cambio social
Hace cincuenta años el alpinista alemán Toni Hiebeler, escritor de montaña, autor del célebre libro “Combates por el Eiger”, uno de los mejores de la amplia literatura alpina, director de la revista “Alpinismus” y jefe de la expedición que escaló el Eiger en primera invernal, escribió un valiente artículo, confesando que dejaba la montaña y el alpinismo por que ya no le gustaba. Hiebeler siguió no obstante, como era de esperar, realizando actividades de montaña, hasta que falleció en un accidente de helicóptero que cayó sobrevolando los Alpes Julianos en 1984.
El alpinismo clásico
En aquellos lejanos años se practicaba un alpinismo clásico de reconocida dificultad, no tan extremo y a veces incluso más comprensible qué el actual. Un alpinismo más variado y universal, no tan especializado y realizado en las muy diversas montañas del mundo, no como ahora, en el que siempre se repiten los mismos escenarios: o los ochomiles del Himalaya, o las mismas “Siete cumbres”. Todos en el idéntico camino, salvo claro está, extraordinarias excepciones que quedan sumidas en el anonimato.
Entonces el alpinismo de vanguardia, a lo largo de muchas décadas, permanecía inmutable y se reducía a ir realizando en invierno las famosas y difíciles paredes y aristas alpinas, abriendo nuevos itinerarios y efectuando expediciones de exploración a los diferentes macizos andinos y de tantas otras zonas de la Tierra, incluyendo ya el Himalaya. De vez en cuando alguien deseoso de darse a conocer realizaba alguna escalada en solitario (Darbellay en el Eiger, Bonati en el Dru, o en el Lavaredo y otros magníficos representantes de la vanguardia de la época)
Entiendo menos el alpiniso de hoy
Pero he de decir, volviendo a rememorar a Toni Hiebeler que cada vez entiendo menos el alpinismo de hoy.
Esta forma moderna de hacer alpinismo y escalada, en muchos de sus aspectos no ne gusta. Es en muchos casos más extrema, pero muy amparada en el “cobijo” de la técnica, que dirían los fenomenólogos de la Filosofía germánica.
Ahora sí que estoy declarando sin rubor que estos reconocimientos me identifican ya con una persona fuera de los cánones actuales.
Nuestro alpinismo, el de varias generaciones anteriores, era el clásico, el de antes, el de los guías alpinos con pantalón bávaro, y no el de las calzas y mallas estrechas que hacen parecer faunos a los alpinistas, ni el de los modernos y vulgares pantalones que ahora se llevan, y ni mucho menos el de los brazos y piernas desnudas.
Tampoco me gustan las cuerdas de ochenta y noventa metros, que pesan mucho y que obligan a realizar secciones o largos de cuerda muy largos, incomunicando a la cordada y sometiendo al primero a la inseguridad motivada por el creciente peso de las cuerdas, neutralizando así la seguridad que podría conferir el paso de estas por más puntos de seguro.
Y tampoco me gusta que se pueda decir que las escaladas de V grado, de la clásica escala “Welzenbach”, que era internacional y valía para franceses, italianos, americanos, japoneses, alemanes o españoles, eran fáciles, porque a mi discreto juicio siguen siendo difíciles o muy difíciles.
Los alpinistas universales de entonces
No me interesa tampoco que un alpinista corra todo lo que pueda, para subir en menos tiempo que nadie, sin mochila y sin recursos ante un cambio de tiempo una montaña que ya ha subido docenas de veces, siguiendo la cómoda huella abierta por otros, en uno de los mejores días del año para declararse el campeón, batiendo todos los poco significativos records de sus predecesores.
Tampoco entiendo este exceso de especialización que limita nuestro horizonte y nuestra conciencia.
Antes casi todos éramos alpinistas más universales.
Hacíamos preciosas y difíciles escaladas de roca en el verano, junto a ascensiones por los pasillos nevados o helados, de las grandes montañas de los Pirineos, Gredos o los Picos de Europa y de los Alpes. También recorríamos encima de los esquís las montañas nevadas.
Otros días nos ocupábamos de enseñar, sin ánimo de lucro, pero con afecto, a los nuevos aprendices de alpinistas que se inscribían en los cursillos de los clubs o de la vieja Escuela Nacional de Alta Montaña de la que éramos instructores o profesores.
En el otoño, al regreso de las escaladas, cantábamos los versos de los poetas para olvidar el cansancio frente al fuego del refugio. Participábamos en algunos campeonatos de esquí, aunque lo más frecuente era realizar travesías para llegar al destino todos juntos, ayudando a los más lentos o menos hábiles.
Ahora todo son prisas y carreras para ver quien llega antes y demostrar quién está más fuerte que los demás.
¿Se persigue el record para diferenciarnos o distanciarnos de nuestros compañeros?
El ego se presenta cada vez con más fuerza, lo que nos impide saber quiénes somos, cerrándonos el camino para la reflexión ¿Ocultamos algo con ello?
Por otro lado todos seguimos los mismos caminos siempre abiertos, como si ya fuéramos incapaces de seguir caminos sin huellas, en los que antes aprendíamos a confesar nuestros errores.
Solo, sin cuerda y sin seguro
Son demasiado rebuscadas estas especializaciones, que significan sin duda un indiscutible esfuerzo y una gran preparación basadas en ejercicios atléticamente circenses, que solo son, nada más y nada menos, que hechos deportivos, lo que entraña una importante practica repetitiva unidireccional para lograr esa perfección, tanto en escalada deportiva, como en la escalada de rocas y de hielos, pruebas atléticas en la que ya no se ve la belleza de la escalada clásica, sino solo exigentes ejercicios atléticos.
Siempre corriendo.
Otros, la mayoría, solo ven que la moda impone correr. El que no corre está fuera. No hay club de montaña que no practique la carrera y las competiciones.
En una naturaleza digna de ser contemplada se corre cuesta arriba y cuesta abajo, sin tener casi oportunidad de poder mirar apenas el paisaje y sin saber para que hay que correr tanto, pendientes del cronometro.
Asombrosas insensateces
Los formidables éxitos de ciertos escaladores-alpinistas actuales me parecen asombrosas insensateces. Se escala lo que se denomina “en solo y sin cuerda” y por tanto sin seguro alguno por impresionantes precipicios, como los de la pared norte del Lavaredo, 600 metros absolutamente verticales. O en solitario la pared norte del Eiger, en dos horas, algunos minutos y algunos segundos más, cuando antes casi todas las cordadas dedicaban tres o cuatro días abriéndose camino y asegurando a los compañeros, más relajados recuperando cuerda y mirando la ruta desconocida.
Esa urgencia. Ese entrenamiento que permite escalar una y otra vez la misma vía, dominando sus pasajes, tiene detrás muchas horas al día de entrenamiento, lo que significa repetir un gesto físico muy semejante, y/o a veces incluso identico, lo que resta amenidad a esta actividad ya reducida a estricto hecho deportivo. Ahora toda la actividad se concentra en unos años de gran intensidad. Y este exceso de acción impide la mediatación y cualquier otra dedicación para conocer otros ámbitos de actividades compensatorias, que en otros tiempos eran fundamentales para vivir en sociedad.
Modernismo idealista que es a mi juicio el alpinismo
No alcanzo a penetrar en la especial psicología -que siempre es filosofía- de este modernismo idealista que muchos se empeñan en llamar deporte, que para mí consideración es el alpinismo.
Creo que hemos llevado el alpinismo, con sus especialidades y sus competiciones, a la enajenación, lo que contribuirá mucho a que los protagonistas de hoy no lleguen a perdurar en el ejercicio de estos durante muchos años.
Yo continuaré con mis cuerdas de 40 metros, aunque tenga que improvisar reuniones, y hacer más rapeles, para no perder el hábito de saber buscar la propia seguridad, montando reuniones y no siempre utilizando anclajes fijos.
Insistiré en la filosofía de la cordada, ya casi perdida, y en el sentido fundamental de la orientación.
El Himalaya “ochomilista”, ha traído nuevos métodos, como el de la lenta aclimatación, la ausencia de la cordada, las huellas que eliminan los misterios del camino, las cuerdas ya fijadas por los trabajadores de la montaña para hacer posible la ascensión de los caprichosos señoritos buscadores de hazañas.
Un alpinista de otra época. Busco la vivencia no el record
Creo que soy, cada día más, un alpinista de otra época. Y la época marca y caracteriza a una generación. Me he quedado evidentemente atrás cómo un superviviente de la antigüedad, de los que no buscaban el record, sino la vivencia, esa categoría de la experiencia que nos convertía en hombres con filosofía para poder trasmitirla a los demás.
Se hacen escaladas asombrosas, pero no sé si esta aparente superación es real y si puede compensar tantos valores tradicionales que va dejando atrás.
Y ojalá pueda seguir escalando las preciosas vías clásicas, las difíciles rutas de IV y V grado, las más bellas y lógicas.
Y si encuentro a algún buen compañero que me ayude, repetiré alguna línea, como ahora se dice, de esas de (VI grado), con mucho cuidado y una gran humildad propia del que ha sobrepasado su época, teniendo muy presente que el VI grado clásico tenía pasos “más allá de los cuáles estaba la caída” y era “el límite del equilibrio”.
Así lo decíamos entonces, cuando mirábamos al fuego contando aventuras en los refugios de montaña, preparándonos para las también difíciles escaladas de la vida.
César Pérez de Tudela. Explorador alpinista. De la Real Academia de Doctores de España.
www.cesarperezdetudela.com
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