Lunes, 2 de Agosto de 2010
21 de Julio de 2010 - 12:26:02 - Juan Manuel Rodríguez - 224 comentarios.
Hará tres años que conocí personalmente a César Pérez de Tudela. Se me encargó que dirigiera El Tirachinas de verano y se me ocurrió que sería bueno dedicarle un tiempo (poco, menos del que merece en cualquier caso) al mundo de la aventura. César se convirtió en uno de los popes de la televisión de los años 70 y saltó a la fama gracias a un programa que presentaba José Luis Pécker y que se llamaba Las diez de últimas. La primera edición de aquel concurso la ganó un señor que se llamaba Secundino Gallego y que era capaz de distinguir por su canto a cualquier pájaro, y la segunda la ganó César, que lo sabía y lo sabe todo de la montaña. Mi amigo Fernando Baquero montó una comida en el Txistu o El Frontón, ya no me acuerdo, y allí le confesé la admiración que profesaba por él, le planteé mi idea y le rogué que me contara si vio o no vio al Yeti, el Abominable Hombre de las Nieves (”para abominables, algunos seres humanos”, me dijo). A todo contestó que sí, porque CPDT, como le conocemos en la radio para abreviar, jamás se ha movido por los euros y va regalando por ahí sus experiencias y su sapiencia como el millonario de la película de Lubitsch regalaba su inmensa fortuna entre desconocidos.
Ayer me llamaron para decirme que habían tenido que rescatar a César del Tien-Shan porque le había dado un infarto, otro infarto. Estaba tratando de hacer cima en el Khan Tengri, a algo más de 7.000 metros de altura, y sus amigos de la Asociación Española de Alpinistas con Cáncer tuvieron que evacuarle de allí a toda prisa. Yo, que lo más lejos que he ido ha sido a Israel, pensé que el traslado sería lento y fatigoso, por unos caminos pedregosos, y que él, un hombre de 70 años que acababa de ser víctima de un ataque al corazón, llegaría a España dentro de tres o cuatro días. Primero le examinarían allí, los médicos le darían el O.K. para un viaje tan largo, aterrizaría César en Barajas y sería trasladado en camilla, entubado y con gotero, directamente al Hospital 12 de Octubre. Llegaría la ambulancia al hospital y sería ingresado en la UCI. Me equivoqué. Eran las diez de la noche cuando, hurgando en internet, comprobé con sorpresa que aparecía un artículo en El Mundo firmado por CPDT. “¡Está aquí!”…
Marqué su número de móvil, respondió al tercer tono, le pregunté que dónde estaba, él me dijo que en Madrid, le dije que nos había tenido muy preocupados, me respondió que lo sabía, le pregunté qué le había pasado y él contestó: “nada, nada, un infarto”. ¿Nada, nada, un infarto?… Tardé en procesar la información: nada, nada, un infarto; si a mí me diera un infarto en la frontera entre Kazajstán y Kirguistán me metería debajo de la cama y no me atrevería a salir en siete días. Decididamente este tío está hecho de una pasta distinta a la mía. Y por eso justamente, porque el señor César Pérez de Tudela, caballero sin espada, barón de Cotopaxi en los escasísimos ratos libres que le quedan, está hecho de una pasta distinta a la mía y a la de la mayoría de la población mundial, es por lo que anoche decidí abrir el programa ofreciendo el testimonio de un hombre que ha vuelto a regatear a la muerte sin darse por ello la menor importancia, y hoy he querido dedicarle este artículo.
Del mismo modo que no creo que José Tomás quiera morir en la plaza tampoco creo que César Pérez de Tudela quiera hacerlo en una montaña. Para ambos, la muerte es un riesgo que hay que correr por la vida elegida. César escogió vivir por y para la montaña. Hoy no toca lo de la parca.
14 de Agosto, 2010 a las 15:12
Estimado César,
Hace bastantes años que te sigo y me alegro enormemente de que hayas salido con bien de este terrible trance. Tus seguidores que son legión en España, sabemos que todavía hay muchas montañas que escalar, aventuras que contar y libros que escribir. Gracias una vez más por abrir el mundo de la montaña al público en general.