Me hizo ilusión ser designado por la agencia Pyresa y ser enviado a la Guerra del Vietnam, en 1975, a Saigón, como corresponsal de aquella larga y  cruel guerra.  Mis crónicas las leerían en 50 diarios españoles.

Creo que lo hice bien, contando lo que yo veía en los distintos puntos de Vietnam del Sur, antecedentes de lo que se temía que pudiera ser la “Batalla de Saigón”.
Lo mismo hice cuando fui a la guerra de las Malvinas.

Y en aquel suceso tan singular y curioso cómo fue la Marcha Verde de Marruecos sobre el Sahara español. Ver y contar, fotografiando todo lo que se pudiera, relatando el suceso, sin omitir el lado humano y sentimental de cómo era por allí la vida.

De todo ello lo más difícil era enviar esa crónica diaria al medio. No existían en esos años las facilidades que los ordenadores y los teléfonos móviles o de conexión satelital, que actualmente llevan consigo los enviados periodísticos, solucionando sin más molestias o dificultades el importante problema de la comunicación.

Además actualmente los enviados especiales contratan un traductor si es necesario y llevan seguros de vida y accidentes. Antes la seguridad era por nuestra cuenta y se basaba en la desconfianza, en la audacia y en la justa prudencia.

Éramos notarios de lo que veíamos y así lo trasmitíamos en breves crónicas por el telex o por un teléfono de fortuna.

Algunos, no debo citar nombres ilustres, salían poco de la seguridad del hotel y contaban lo que oían por la radio, o veían en la televisión, narrando lo mismo que otros periodistas  decían y multiplicando así un suceso aislado, elevándolo a la categoría de un suceso general, faltando gravemente a la justa objetividad de la verdad.

Me temo que esto tan frecuente también ha podido ocurrir  en  las crónicas enviadas actualmente desde Haití o desde Chile.

Cuando fui director de los servicio de prensa y comunicación de la Dirección General de Protección Civil del Estado, gestioné informativamente las graves, y en aquellos años frecuentes emergencias que tuvieron lugar en España: catástrofes de aviación de San Fernando de Henares, del monte Oiz y de Tenerife, así como las inundaciones de Levante y especialmente las del país vasco que me retuvieron casi dos semanas internado en el Gabinete de Crisis del centro directivo.

Para estas experiencias, me valieron mucho mis vivencias en el oficio de corresponsal de guerra que les enumeraba al principio.

Junto a ellas, mis estudios e investigaciones personales, fueron la basé en aquellos años de mi tesis doctoral en Ciencias de la Información, en el que tipifiqué la figura  del enviado especial a las crisis catastróficas, como una figura imprescindible para que los poderes públicos encargados de gestionar la emergencia, pudieran hacer los diagnósticos precisos de la misma.

Es en los informes de estos “enviados especiales”, en los que se deben basar las ayudas de los países y de las asociaciones internacionales y nunca en las crónicas de los periodistas.

Para movilizar recursos necesarios con eficacia, acentuando las necesidades más terminantes, y sabiendo siempre que en esas situaciones dramáticas y tumultuosas la información debe ser la principal ayuda humanitaria, a través de altavoces, in situ, dando instrucciones a la población afectada, siendo primordial para atenuar los daños y reconducir las tragedias ocasionadas por las catástrofes.

César P. de Tudela es autor de la tesis doctoral: “La información en las crisis catastróficas” editada por el Instituto Mapfre.