Soy optimista para seguir levantándome en el camino de la vida.

Ayer estuve escalando en la Pedriza. Era una vía fácil, si es que alguna ruta de escalada lo es, y más aún en la roca compacta de la preciosa y singular montaña de Madrid.

La escalada era solo por tanto para mí un sencillo entrenamiento, acompañado esta vez de dos queridos y veteranos escaladores - alpinistas.

En los últimos veinte años escalo, vuelo y me arriesgo para no llegar a ser una persona mayor. (Ser “mayor” es haber renunciado a la aventura), y ese no es todavía, y ojalá que nunca mi caso.

Y también para captar, dentro de lo posible, los sentimientos y sensaciones que cómo en pocas actividades se producen en el alma del que ejercita la vida.

La escalada, aunque no sea específicamente difícil, requiere concentración, optimismo y humor transcendente.

Recuerdo, que de pronto me vi en precario equilibrio sobre una placa de piedra, desde la podría caerme, despeñándome. Miraba en donde podría sujetarme, pero la roca era lisa. Me sentí curiosamente sorprendido, aunque era una situación normal en cualquier escalada, y así yo lo había experimentado centenares de veces en estos últimos 50 años.

Tenía que ser yo solo quien resolviera el trance (repito que absolutamente normal para cualquier escalador sea cual sea su experiencia).

Resistí el miedo sin manifestarlo y sin que mis compañeros, que observaban y mantenían las cuerdas, asegurándome desde una repisa lo percibiesen.

Concentré mi atención, escudriñe la roca y vi más abajo y a mi izquierda una leve rugosidad de la roca que podría servirme de pequeño agarre.

Con cuidado y cautelosos movimientos fui evolucionando hacia la pequeña protuberancia. Extreme la prudencia y haciendo bien cada pequeño paso fui resolviendo la precaria situación hasta ascender a un lugar seguro, en donde respire tranquilo.

Una vez más lo estaba consiguiendo. Otra vez luchando por llegar a la cima.

Luego pensé. En solo unos metros he vivido intensamente: miedo, tensión, concentración mental, voluntad, esfuerzo, agilidad, cautela y esperanza…

He visto el peligro que ha vuelto a sorprenderme. No me he rendido ante la adversidad de la escalada de la vida, he estudiado con calma la situación, he sacado pequeñas conclusiones y he triunfado otra vez contra mi natural debilidad buscando la fortaleza.

Había vuelto a ganar confianza y así seguir luchando contra el declive y contra la vulgaridad, que tanto nos acompaña y que yo siempre trato de apartar de mí.