El viernes pasado acudí a Marbella. Allí la Fundación Fuerte había convocado una conferencia mía con un fin puramente benéfico, en colaboración con la Fundación Horizonte, a favor de la infancia y en contra de la drogadicción. Una obra encomiable.

Durante los días previos había recibió una decena de llamadas para hacerme entrevistas radiofónicas pidiéndome que adelantará el tema de mi conferencia, cuyo título se refería a las acciones del hombre para superar los retos de la vida. Yo decía que todavía no sabía bien que capítulos de mi azarosa y rica existencia emplearía para teorizar sobre mis acciones y omisiones con motivo de las aventuras y las desventuras de la vida.

El Hotel Fuerte de Marbella, emblemático, antiguo y confortable, frente a un mar lluvioso, era el lugar de la cita. El amplio salón se fue llenando hasta que comenzó el acto. La familia Luque, propietaria de la importante cadena hotelera estaba al pleno, junto a un numeroso público y diversos medios de información de la ciudad insignia del turismo internacional.

Tras ser presentado efectué una introducción al tema: “Actitudes para superar los retos de la Vida” basándome en las duras vivencias en las montañas del mundo.

Dije que el alpinismo era una muestra ideal, por sus exigencias, para enfrentarse a los obstáculos de la existencia, tras lo cual comencé a proyectar una larga sesión de paisajes, montañas y experiencias, deduciendo ilusiones y retos relacionados con las distintas expediciones realizadas.

¿Eran las montañas un lugar adecuado para mejorar las conductas a través de la dificultad?

¿El esfuerzo y la ilusión eran factores definitivos para sobrellevar los sinsabores de la vida?

Dije que yo me había envuelto en el miedo, en la nostalgia y en la dificultad para adentrarme en el misterio de mí ser.

Repasé ascensiones y vivencias en soledad, sintiendo la intensidad de las percepciones de mi alma, dándome cuenta de mi debilidad y recurriendo al valor.

Destaqué la humanidad del salvador que ayuda a rescatar de la muerte a sus semejantes y rememorando a Bergson dije, que entendía la vida como un esfuerzo para ir subiendo las duras pendientes de las montañas, por donde va descendiendo la materia, a medida que la ascensión o la escalada nos va poco a poco espiritualizando.

Todos vivimos, cuando fui recordando momentos, dramas, alegrías inmensas en duras experiencias, la emoción del riesgo y la mística de los grandes espacios. Volví a vivir, recordando tantas situaciones, de las que pude sacar nuevas conclusiones.

Allí arriba quiero seguir verificando mi ofrenda: transformarme en lo que quise ser o en lo que soy.

Hablé de la transcendencia de la soledad, para afianzar la esperanza.

¿Cómo ha resucitado mi alma de tantas muertes?

Insistí una y otra vez en la necesidad de ir siempre arriba, sosteniéndonos, metafóricamente, por encima de la nada, pasando sobre uno mismo.

Y en todos los aspectos de mi conferencia mostré la espiritualidad de la vida en una sociedad excesivamente materializada.

Todos realizamos un bello y exigente viaje ante los retos del camino hacia la cima de la vida. Fue una sesión memorable. Y he de confesar que yo también acusé las experiencias vividas y el impacto emocional que su recuerdo me iba sugiriendo en nuevas y sucesivas interpretaciones metafísicas.

Agradecí el aplauso de quiénes me escucharon y pensé que habían escogido bien asistiendo a mi improvisado espectáculo: la película de mis pasiones ante una vida difícil en busca del sentimiento.

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