Ahora, de pronto mucha gente me pregunta por el “Tercer Hombre”, (La SER, agencias de noticias…) esa alucinación de la mente que muchos exploradores, navegantes y alpinistas han debido de ver, o de sentir junto a ellos en los momentos difíciles.

Todo ha sido por la publicación de un libro, que a mi modo de ver no aporta nada nuevo a estos misteriosos sucesos, tan numerosos para tantos viajeros, exploradores, y especialmente alpinistas, que hayan experimentado esfuerzos límites en muy duras condiciones, no en estos modernos viajes llamados de aventura que nos aseguran el vuelo que nos devolverá a nuestros trabajos y compromisos. La aventura es un viaje que ronda con la noche, y esa noche podría tal vez ser la última.

El caso de Shackleton ha sido muy manipulado por los investigadores actuales, en busca de personajes para ilustrar el “liderazgo empresarial”, actualmente muy de moda. Shackleton es el ejemplo de líder, estudiándose sus decisiones y métodos para trasladarlos a los negocios.

Sea lo que fuere lo que vio, sintió o le pareció ver a Shackleton, que sin duda fue uno de los grandes personajes de la exploración polar, sé que en el alpinismo se han dado caos muy frecuentes en este sentido.

Recordaré la narración de Chris Bonington, el célebre alpinista inglés, relativa a la visión que mantuvo Nick Eastcourtt, uno de los miembros de su expedición al Everest de 1975. Nick había reemprendido la ascensión y había salido de uno de los campamentos de altura en la noche estrellada. Desde el momento en que empezó la ascensión le pareció que alguien le seguía. Se volvió repetidamente para saber quién era su acompañante, pero no lo consiguió,  pensando que sería un sherpa de la expedición. Cuando llegó al campo V desde el que se distinguía toda la ruta miro insistentemente sin ver a nadie.

Estas visiones han sido muy frecuentes en la historia del alpinismo y del himalayismo. Hermann Buhl, el escalador que alcanzo en solitario la cima del Nanga Parbat escribió:

“Me voy adormeciendo…mis pies se entumecen. Sobre las cuatro de la madrugada la aurora se adivina y el frío se acentúa. Tengo la impresión…, la he tenido todo el día, de que alguien me seguía. Me he vuelto varias veces buscando a mi compañero y le he preguntado por mis guantes. Se han perdido, me dice… Cuando me vuelvo otra vez veo que sigo solo “

Serían innumerables los testimonios que podríamos recordar.

Y yo he de confesar que también he notado la existencia o la falta de ese compañero misterioso.

Cuando escalé la pared norte del Eiger, en aquellos años sesenta del pasado siglo, la “norwand” estaba considerada la escalada más trágica, difícil y famosa de la Tierra. Tras haber llegado a la cima, descendiendo por la vertiente oeste, víctimas del cansancio extremo y de unas pastillas de “centramina” que habíamos ingerido para poder resistir el deterioro del gran esfuerzo y poder salvar la vida, me desperté en el glaciar Rostok. Y  de pronto sentí que faltaba mi tercer compañero,  a quien llamé y busqué largamente en aquél confuso y duro amanecer. So lo estábamos dos, pero ambos echábamos en falta a ese tercer hombre que nunca estuvo con nosotros.

En el Aconcagua, en 1970, viví una aventura extraordinaria muy cercana al fin. Atravesé toda la montaña desde su cima,  víctima de las alucinaciones de la altitud, sucesos que actualmente ya no son tan frecuentes, después de los largos periodos de aclimatación a los que se someten los candidatos a la cima.

Atravesé zonas de hielos, ventisqueros y caudalosos torrentes y fui viendo personas y personajes en la más inmensa soledad.

Rodeando una gran piedra estaba un hombre que me pareció el guarda de un refugio a quién pregunte por donde se entraba.

En un glaciar, víctima de la sed de varios días sin beber en las alturas, pedí permiso a unos seres pequeños y afectuosos, que creí que eran los dueños del glaciar, antes de coger unos trozos de hielo.

En otros momentos de mi descomunal aventura vi a un soldado de las tropas argentinas de montaña en el fondo del valle. Cuando llegué hasta él, ya de noche, le golpee llamándole y era una piedra. (De mi libro “Cinco Montañas Solo” Ed. Desnivel.

Otro suceso que me ocurrió subiendo al Aconcagua, en el trascurso de mi tercera ascensión,  a la cima para entrevistar a Fernando Garrido, que estaba solo en ella durante dos meses, batiendo un record de supervivencia.

Subía aprisa, sin preocuparme de esa aclimatación que ahora se ha “protocolizado” como imprescindible. Muy cerca de la cumbre sur, escalando por una ruta inédita, llegué al agotamiento completo y presentí mi muerte. Era el fin. Me protegí en una pequeña cornisa y esperé el transito al otro lado de la vida. Vi el túnel negro, y fue entonces cuando pedí protección a mis amigos muertos. Y los vi. Vi a Fernando Martínez Pérez muerto junto a mí en el monte Sarmiento de Tierra de Fuego, vi a Elena, mi mujer, muerta en el Hindu Kush en aquella terrible expedición al Tirich Mir, vi a Pedro Ramos uno de mis primeros compañeros de escalada que murió después de abriéramos la sureste del Pájaro, en la Pedriza, junto a mí y M. Ángel Herrero, en 1959. Ellos debieron de ayudarme y volví a ver la luz y alcancé la cumbre. Fernando Garrido me contó también sus visiones y sus vivencias proféticas sobre la cima del Aconcagua, a casi 7.000 metros.

Yo he hablado mucho con mi otro yo,  en las escaladas y en las penosas travesías y ascensiones de los Andes, en las montañas de Anatolia, en Alaska, en el Himalaya…

En mi libro “El Lama Milarepa” mi personaje, el barón de Cotopaxi, vive una sobrenatural aventura ascendiendo en solitario al Everest. Tiene visiones hipnagógicas, posiblemente producidas por la hipoxia y el esfuerzo, en las que se le aparecen amigos que le dan animo o que le invitan a reunirse con ellos en el “más allá”. Son hondas reflexiones metafísicas que tanto valor tienen para la vida de cada día.

Dios ha estado siempre junto a mí, en forma de amigos muertos, de pequeños indígenas, de sherpas, o del Ángel de la Guarda. Es el misterio de la vida y de la muerte. Es la metafísica de la existencia y el otro lado de lo racional.