El que escribe ha logrado en su larga y fascinante vida éxitos rotundos y dolorosos fracasos. Triunfó hace cuarenta años ante España contando cómo era el alpinismo de dificultad, en la televisión, en la radio y en la prensa,  asesorando a la juventud en el camino de la montaña.

Y los abuelos de entonces aconsejaron a sus nietos que siguieran sus pasos. Fue la estrella de aquellos lejanos años, que algunas personas recuerdan, en los que sucedieron emocionantes rescates y difíciles escaladas por las montañas del mundo.

Tras el éxito siempre hay que pedir perdón por haberlo alcanzado, norma esencial del que triunfa. En estos cuarenta años he alternado logros importantes con los dolorosos reveses que toda vida ambiciosa comporta. Mis libros y conferencias, analizando y describiendo vivencias son ese tesoro único que guardo y sostengo para el futuro. Mi orgullo de alpinista.

Pero quién me iba a decir a mí que una expedición de la Fundación Barclays, enmarcada en el proyecto “Cimas Solidarias” con fines benéficos de ayuda a la juventud emigrante desasistida, me traerían una recompensa espiritual como la lograda en esta expedición, conduciendo a cien voluntarios a la cima del Toubkal.

Un éxito total, sencillo, e incomparable. Cien montañeros hacia la cima, en perfecta armonía. Quizás un “record mundial”, con la excepción de las numerosas peregrinaciones a los volcanes Fuji-Jama del Japón,  Kinabalu de Borneo, o Gurung Agung de Bali.

Se logró la cima del Toubkal, la más elevada del Alto Atlas entre el entusiasmo de sus generosos participantes. Ascendimos lentamente hasta la cumbre, unos junto a otros, admirando el dolor del esfuerzo de los menos entrenados.

Fue un ejemplo de caballerosidad montañera. Ya sabemos que el Toubkal no es el Aconcagua, ni una glamorosa cima de 8.000 metros, pero hay que escalar sus 4.170 metros paso a paso. Tampoco eran sus participantes famosos alpinistas. Eran cien personas dispuestas a llegar a lo alto para contribuir con su esfuerzo a  la ayuda  de los que lo necesitan. Esa nobleza que según algunos sabios conduce a la bondad, tan valiosa como la sabiduría, con que la identificó Descartes.

He sentido, en el hondón de mi conciencia, el legítimo ego de haber logrado en el Toubkal, la montaña que exploré junto a las demás cimas invernales del Atlas, un lejano año de 1966, una gran y diferente alegría. No regresaba de un clamoroso éxito deportivo, ni de un rescate difícil  o arriesgado, pero me sentía orgulloso de haber tenido el honor de acompañar a cien montañeros, alegres, disciplinados y nobles que no olvidaran esa luz especial con que el Atlas les recibió.

Esta vez, cuarenta y cuatro años después, un modesto éxito montañero se transformaba en un espléndido triunfo espiritual.

La montaña y la cima seguían siendo el camino del recuerdo. El  lugar en donde las personas alcanzaban la categoría de caballeros.

La expedición de la Fundación Barclays ha sido un éxito total. Una ascensión mirando las bellezas de la Tierra, entre la luz de las cimas, la que alumbrara el futuro de esas cien conciencias que tuvieron la fortuna de alcanzar la cumbre.