Claudio Lucero tiene ya 76 años. Le conocí en 1970 en los Andes y luego en su club de montañismo de Santiago de Chile. Entonces era el mejor, o el más famoso alpinista del país. Él fue quien llegó primero al avión de los supervivientes de “Viven”, los que se habían estrellado en los Andes y llevaban allí 73 días. A él habría que preguntarle si en verdad los cuerpos de los pasajeros muertos tenían miembros mutilados. Yo siempre deduje que aquella noticia fue una falsedad urdida con ingenio por alguno de los expertos en marketing que asesoraron a los directivos del equipo. Un suceso insólito que ha sido creído por todos, aunque la falsedad simulada no haya perjudicado a nadie. Pero esto será motivo de una nueva crónica, sin ningún ánimo de polemizar, ni mucho menos perjudicar intereses del grupo de supervivientes que manifestaron haber comido carne del cuerpo de sus compañeros.

Claudio Lucero quiere volver al Everest y terminar de subirlo, es decir llegar a la cima. Le comprendo perfectamente y admiro su coraje. Estuvimos juntos en el campamento base de la montaña en la primavera de 1992, en Nepal. Él dirigía la expedición de Chile y yo la de la Universidad  Complutense de Madrid. Se retiró sobre los 7.600 metros, según dice para no retrasar a sus compañeros. Y a mí me tocó de lleno aquél infarto que a estas alturas empieza a constituir una maldición. A Lucero  le deseo toda la suerte que su ánimo merece. Y que conste que mi temor de volver al Everest contribuye a aumentar hacia él una gran y abierta admiración.

Será probable que nos encontremos con el mismo objetivo en este inmediato futuro.

Pregón en Santander

Proclamé las fiestas del municipio de Polanco desde el balcón municipal en donde se reunían grupos de los habitantes de los barrios de Polanco y otros vecinos de municipios próximos. Les saludé cordialmente y les dije que conocía esas bellas tierras de valles y riberas desde hacía muchos años, cuando corría con urgencia para intervenir en rescates y salvamentos en los inviernos de los Picos de Europa de las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado. Hice mención a la historia de aquellos territorios y algunas consideraciones sobre las fiestas. Cumplí con el compromiso que había aceptado y anuncié que formaba parte de los festejos mi conferencia formal en la que narraría y reflexionaría sobre este ámbito tan lleno de sucesos, comentarios y anhelos.

Buscando una casa en lo alto de las montañas

 Estuve, como era mi idea, buscando una casa en las montañas desde las que se viera el mar. Una de ellas me gustó. Estaba en lo alto de un inmenso bosque desde el que se podían ver muchas montañas y el mar muy abajo. El lugar era incomparable y allí se podría levantar, reconstruyendo la vieja casa de piedra (haciéndola nueva) un pequeño refugio cómodo y alpino para invitar a los amigos y salir volando de los alrededores en parapente. Después de ver la casa pensé que no me queda tiempo para tales trabajos (diseño y reconstrucción, gastos elevados) lo que distraería necesariamente mis entrenamientos y el planteamiento de expediciones y escaladas, y más aún el tema para mí prioritario de continuar terminando los libros pendientes y alguno que otro nuevo. No sé; aunque siempre es bueno para el espíritu tener nuevos deseos.

En la playa de Niembro.

Primeras horas de la tarde.

El agua se retiraba hacia el mar por la marea y la playa tenía una gran amplitud. Me introduce caminando lentamente hasta el rompimiento de las olas. Varias personas se bañaban en esos puntos en los que aún el bañista toca con los pies el suelo. Yo que siempre he sido un buen nadador me interné alrededor de medio centenar de metros más en el interior de la pequeña playa. Nadé hasta perder la referencia de las personas y opte enseguida por regresar. Entrar en el mar es fácil pero salir es muy lento y cansado. Como nadador de mar, especialmente en mí lejana infancia, estoy acostumbrado a ese ejercicio a pesar de no visitarlo regularmente.

Poco a poco fui llegando a donde estaba la gente de la que se escuchaban sus gritos de jolgorio. De pronto entre gritos y ruido de las olas me pareció que alguien gritaba pidiendo ayuda. No sabía si era cierto o era una broma.

Miré y vi a una niña que muy asustada pedía por favor que alguien la ayudase.  No dudé un instante. Allí estaba yo para socorrerla. No tuve tiempo de pensar como la ayudaría, tal y como en otras ocasiones he hecho. Al llegar a ella me cogió por delante para  poder mantenerse a flote. Nadé con ella hacia la salida, zarandeado por las olas y percibiendo con claridad, lleno de angustia, que si seguíamos así podríamos ahogarnos los dos ya que ella me impedía nadar con eficacia.

Era yo quien tenía que sujetarla por la espalda y no ella a mí. La pedí que me soltara y yo la mantendría a flote. En esas difíciles y urgentes operaciones estábamos cuando un muchacho que se bañaba nos vio y se aproximo flotando sobre un gran balón y ofreciéndoselo a ella, que seguía dominada por un miedo insuperable. Entre el chico, el balón y yo fuimos manteniéndola a flote y sacándola del mar hasta poder hacer por fin pie.

La chica se fue gritando hacia la tierra: ¡¡Nunca más, nunca más!!

Salí cansado de la breve sesión marina, pero pensando en lo frágil de la vida,  en la angustia de la asfixia  y en la muerte por ahogamiento en las aguas del mar. Nunca  había sentido esta última impresión que se asemejaba en dramatismo a la asfixia de las altas cotas.

¿Qué habría pasado si no hubiera escuchado los gritos de la chica?  Y también… ¿Sí ese muchacho no nos hubiera visto, percatándose de la situación, y no se hubiera acercado con el balón prestándonos su auxilio?.

Curiosamente nadie más se percibió de lo que acabada de ocurrir. Nadie vio el grave suceso, cada uno pendiente de sí mismo, de sus bromas y de sus gritos en las olas en aquella playa asturiana, bajo las siluetas de las cimas de la sierra de Cuera y de los Picos de Europa.

Cuando me senté a secarme al sol me dije y me lamenté:
“Ha sido una buena acción; pero no soy ya él que quise ser”