Lunes, 6 de Julio de 2009
En aquellos años se escalaba con mucha inseguridad, sin utilizarse más arnés que las cuerdas atadas al pecho con el nudo del doble haz de guía, o todo lo más con una ancha cinta al pecho (la cinta Frendo, de fabricación francesa) antecedente de los modernos talabartes llenos de acreditaciones y certificados de seguridad.
Ya me lo dijo una vez el conocido alpinista francés y guía de alta montaña Patrice de Bellefont:
“Los que hemos escalado antes de 1970 estamos vivos de milagro”
Bellefont se dedicaba años atrás a realizar los primeros vuelos en parapente y recordaba los riesgos sobrellevados durante tantos años de actividad como escalador.
La pared Norte del Lavaredo.
Cuando llegó el día de las vacaciones de verano partimos veloces, Salvador Rivas y yo, hacia las Dolomitas situadas junto a la frontera austriaca, en el Trentino italiano. Queríamos escalar una de las grandes paredes de aquellas montañas famosas en el desarrollo del gran alpinismo: la pared norte de la cima Grande del Lavaredo.
Solo los grandes alpinistas la habían superado entonces. Y nosotros, tanto Rivas como yo, anhelábamos entrar en esa categoría de los mejores.
Rivas era catedrático y entonces vicerrector de la Universidad Central de Barcelona y uno de los botánicos más importantes de Occidente, pero al mismo tiempo era uno de los más activos y destacados escaladores de montaña de España.
Llovía sobre las calles elegantes de Cortina D´Ampezzo y el ambiente no era veraniego. Las Tre Cimas del Lavaredo, con sus impresionantes y magnificas siluetas se encontraban cubiertas por las nubes.
Aquella tarde, sin apenas haber descansado del largo viaje por las autopistas francesas e italianas, nos acercamos a la base de las grandes paredes nortes: ¡Eran impresionantes!
Es la verdad. Allí estábamos asustados mirando aquellos inmensos despeñaderos, bellísimos y a la vez horrendos. Horribles para quiénes como nosotros habíamos decidido escalarlos sintiendo esa congoja que se forma en la garganta y baja al estómago.
No estaba el tiempo adecuado para nuestro propósito, pero era una oportunidad. Lo más fácil hubiera sido desistir, incluso lo más prudente para unos alpinistas formados y entrenados.
Pero nosotros habíamos viajado desde Barcelona guiados por ese objetivo.
¿Éramos o no unos escaladores alpinos?
Si lo éramos teníamos que demostrarlo, fundamentalmente a nosotros, decidiéndonos a afrontar la verdad y ocultando el miedo.
Aquello era cómo una cárcel vertical, a veces prodigiosamente fuera de plomada, en la que escuchábamos el ruido de las piedras que caían de lo alto como cañonazos y cuyas esquirlas se dispersaban al estrellarse contra los zócalos de la pared con una fuerza demoníaca.
El ambiente era tétrico, duro y difícil de superar…
Allí estábamos los dos mirando la pared norte, tratando de localizar la entrada de la famosa vía que abriera Comici, una leyenda de la escalada dolomítica, muerto en accidente de montaña en plena juventud…
¿Por dónde se iniciaría ese fantástico recorrido de escalada de casi 600 metros?
Más arriba, medio ocultas por las nubes, se veían lugares tan expuestos que cualquier persona que no fuera escalador no podría ni siquiera suponer que por allí se pudiera intentar subir, a no ser que los que lo intentaran fueran suicidas sin temor a morir despeñados.
Evitando las piedras… y sufriendo las punzantes cuchilladas del miedo, esa sensación tan difícil de explicar, que anula y entorpece la mente y que nos arrebata la paz, decidimos que al día siguiente, si no llovía, nos adentraríamos en aquella muralla para ir subiendo como dos atletas de circo sin red, aunque atados a nuestras cuerdas de alpinismo.
Toda la noche llovió: lo escuchábamos intermitentemente tratando de dormir en una intranquila y tensa espera.
Cuando por la mañana del día siguiente llegamos nuevamente bajo aquellas bóvedas descompuestas de rocas rojas, caían torrentes de agua, que no nos mojaban por estar protegidos bajo ellas que hacían de techo.
Burlando las piedras que eran salvajes proyectiles nos situamos en un punto por el que pronto alcanzamos la altura de un quinto piso. Allí comenzaba la verdadera escalada.
Los pasos eran expuestos y no aparecían por ningún lado las famosas y abundantes clavijas de seguro que decían las crónicas alpinas que habían contribuido a devaluar su dificultad. No había clavijas ni seguros.
La ruta había sido “despitonada”. Es decir, habían sido sacadas las clavijas por los “Arañas de Cortina” en el pasado otoño, las que habían ido poniendo por su propia seguridad los escaladores a través de los años… y la ausencia de esos puntos de seguro añadía más riesgos y dificultades a nuestra ascensión.
Poco a poco nos fuimos ambientando en la hostilidad extrema de aquella pared oscura, sacando del interior de nuestros cuerpos esa vitalidad y esa fuerza necesaria para sujetarnos con los dedos, crispándolos sobre los pequeños rebordes de roca, poniendo bien los pies, con la mayor agilidad y equilibrio, economizando energías, improvisando puntos de seguro y sujeción. Puestos en la mentalidad de un profano en alpinismo aquello era algo insólito y fuera de toda comprensión ¿Cómo se podría subir por ese acantilado, que parecía imposible? ¿Qué sentido podría tener intentarlo?
Nosotros ya no nos hacíamos pregunta alguna y escalábamos con gestos precisos y decididos. No podíamos arrepentirnos y ni siquiera ya lo pensábamos.
Seguir subiendo era nuestro destino: subir siempre… llegar a una buena repisa para montar la mejor seguridad posible clavando una buena clavija en alguna grieta o hendidura. Cuando yo montaba lo mejor que podía la seguridad de una reunión, tras una sección de cuarenta metros y miraba hacia abajo para ver subir a mi compañero mientras le tensaba la cuerda por si resbalaba, es cuando me daba cuenta del enorme vacío que se abría bajo nuestros cuerpos… No puedo recordar con precisión como eran los pasos de escalada, o como los protegíamos, pero sé que escalamos enérgicamente con mucha decisión sobre un completo abismo.
Así fue pasando el tiempo sin que apenas tuviéramos percepción de las muchas horas que transcurrieron, envueltos como estábamos en nosotros mismos.
Cuando nos dimos cuenta atardecía. Habíamos comenzado a primera hora de la mañana, quizás demasiado tarde, y deberíamos necesariamente alcanzar una repisa o plataforma para poder pasar lo más seguros qué pudiéramos la noche.
Eso sí que lo recuerdo bien. Habíamos llegado a una gran repisa encima de la zona fuera de plomada, la mitad de la pared.
Allí estábamos los dos mirándonos el uno al otro, con esa expresión brillante en los ojos de quiénes están viviendo de forma insuperable la ilusión y el temor.
No teníamos nada con que abrigarnos y tras la dura jornada de sudores y esfuerzos percibíamos el frío de la noche, que anunciaba una experiencia que ya conocíamos: pasar la noche de vivac sin ningún refugio que atenuase sus rigores, en completa intemperie, lo que es muy duro de soportar. Y que por ello constituye una experiencia excepcional en el conocimiento de uno mismo: estar sin cobijo, sin que nada, ni nadie pueda ayudarte.
Allí mi compañero y yo solo éramos nosotros; era todo cuanto podíamos ser. Dos seres indefensos sin nadie que pudiera protegernos en mitad de una inmensa pared, sin comida, y sin abrigo, pero sobre todo sin la posibilidad de que nada o nadie pudieran atenuar nuestra situación o acudir en nuestro socorro. Solo estábamos nosotros colgados del abismo bajo la tormenta.
Yo por decir algo pregunté a mi compañero:
¿Te acuerdas de esos pasos al aire, tan expuestos y arriesgados que hemos dado?
¡No quiero ni pensar en ellos!
En la noche, el viento y la lluvia empezaron a sentirse…
Me da miedo pensar en lo peligrosa que puede quedar la escalada hasta la cima después de la tormenta. Llegar a la cumbre es el único camino.
¿Crees en Dios?
Yo no naturalmente.
Pues si todo sigue yéndonos mal será el único que podrá salvarnos, dije yo…
Tiritamos innumerables veces soñando con estar de nuevo sobre el suelo. Pensamos en tantas otras situaciones semejantes. Yo pedí clemencia a Dios, sin decirlo, prometiéndole ser mejor persona, aunque sin haberme arrepentido de haber escogido esta forma de vivir sobre el vacío.
Entonces ya recordé lo que dijo Nietzche:
“Si miras mucho al abismo, el abismo también te mira a ti”
La peligrosa aventura se prolongo al día siguiente de forma extraordinaria. Creyendo que estábamos fuera de la ruta decidimos descender varios “rapeles”, es decir nos descolgamos por aquél precipicio “extravertical”. Yo bajaba el primero y me encontré, suspendido de las cuerdas separado varios metros de la pared, en la que me pareció ver una clavija.
Tuve que provocar varios movimientos pendulares ante semejante abismo hasta poder asirme a la clavija y colgarme de ella. Rivas bajó junto a mí.
Solo recuerdo que varias horas después de iniciar aquella peligrosa excursión por los abismos volvimos a alcanzar la repisa en la que habíamos pasado la noche.
Proseguimos por unas difíciles fisuras llenas de barro y humedad escalando con el rigor que exigían los fuertes pasos de escalada.
Cuando llegamos a lo alto de la cima Grande del Lavaredo apenas tuvimos tiempo de darnos un cordial abrazo, preocupados de encontrar el intrincado camino de bajada por la vertiente sur entre la niebla.
8 de Julio, 2009 a las 17:06
Cesar tu miras a las cimas y las cimas te devuelven tus miradas,con el agradecimiento de dejarte subirlas,con el consabido sufriento y esos sudores frios,sin ellos estas vivencias no tendrian valor.
Un abrazo por todo lo que has aportado a la montaña. Carlos
9 de Julio, 2009 a las 14:14
Hola César. Estos relatos de vuestras ascensiones alpinas de los años sesenta son impresionantes y emocionantes. Espero con impaciencia que también nos vuelvas a contar, pero desde la perspectiva del momento actual, tus hazañas del Badile, del Cervino y de tantos otros sitios. Y también que nos tengas al día de tus proyectos futuros. Tengo la sensación de que ya estás casi recuperado, física y anímicamente, de la última aventura en el Everest. Un abrazo. Rafa
9 de Julio, 2009 a las 22:26
Cesar he notado que desde que tomaste la decisión de no seguir tu aventura “suicida” del Everest, ahora parece que disfrutas mucho más de tus relatos, notas que lo que has hecho ha sido fascinante y arriesgado, muchas de tus aventuras se quedarán en libros y lo más importante, en la mente de todos nosotros.
Yo sigo párrafo a párrafo tus comentarios ya que de todos ellos se aprende un poquito.
Un saludo gran amigo.
10 de Julio, 2009 a las 12:15
César que bonito relato. Merece la pena leerlo no una, sino varias veces seguidas.
11 de Septiembre, 2009 a las 18:14
Gracias amigos. Siempre Gracias. CP de T.