Martes, 12 de Mayo de 2009
Ayer estuve escalando en la Pedriza. Me volvió a entusiasmar sus grandes y singulares rocas, recorriendo los caminos que a pesar de conocerlos desde hace cincuenta y tantos años, me siguen resultando de sorprendente belleza. La Pedriza nunca defrauda.
Me llamó la atención ver largas filas de personas mayores caminando por la Pedriza en una excursión organizada. Volvían contentos y no parecían cansados a pesar del indudable esfuerzo que representa subir y bajar por las agrestes sendas -generalmente incómodas- de la Pedriza. Esta popularización de la montaña no deja de asombrarme. Esas personas ahora sonrientes, eran las mismas que treinta o cuarenta años atrás nunca habrían pensado hacer una excursión deportivo-turística por la montaña. Más vale tarde que nunca. Caminando esos mayores nunca serán ancianos. La moda manda y en este caso de forma favorable.
Me acompañaban en mi excursión dos queridos amigos de la montaña: Pedro A. Ortega, él ardilla y Antonio Tena; dos veteranos escaladores. Con Pedro A. Ortega nunca podré olvidar que realicé la famosa escalada invernal del Naranjo de Bulnes por la pared oeste, uno de los grandes mitos del montañismo de dificultad español, que alcanzó una cota de popularidad impensable en la década de los años 70 (portadas en todos los diarios y revistas nacionales, Seguimiento informativo en telediarios durante dos semanas, entrevistas en todas las cadenas radiofónicas, innumerables comentarios) fue un apoteosis difícil de narrar. Perdón por rememorar el pasado.
Ayer, como les decía, subimos a collado Cabrón y continuamos el camino hacia donde se alza el Pajarito, la Vela y la Campana, tres riscos clásicos muy conocidos de la región.
Volvía a la Pedriza a reencontrarme tras mi regreso enfermo y frustrado del Everest.
Tenía que superar la confusión para que renaciera la esperanza.
Escalar es un reconocimiento.
Es como un “chequeo” médico. Incluso eficaz tanto en lo estrictamente físico como en lo psíquico.
Solicité a mis compañeros que me permitieran ir delante de la cuerda, ya que me gusta escalar de primero y dejar la delantera de la cordada sería como reconocer mi pasé a la segunda actividad.
Después de ponerme los “pies de gato”, el arnés y la cuerda me coloqué bajo la grieta en donde comienza la escalada, la que se enseguida se estrecha oponiendo una ligera dificultad.
Escalé con calma subiendo sin fallos hasta que monte la reunión en lo alto del pequeño bosque de encinas colgado ya del precipicio.
Mientras Tena aseguraba al ardilla, yo proseguí la escalada de la larga fisura, la que fui superando contento de poder agarrarme a esa roca tan clara y tan sólida, poniendo los pies con precisión en los puntos adecuados.
A pesar de resultar una escalada sencilla, el ejercicio era suficiente para provocarme alegría y contento, reafirmándome en la conveniencia del esfuerzo, necesario para continuar superando los pasos de la existencia, unos más gratos y otros menos cómodos, unos más seguros y otros más expuestos. Era como volver a experimentar el sabor de la vida.
Pronto llegué bajo el paso vertical, el que en otros tiempos fuera uno de los más expuestos y duros de toda la Pedriza, qué ahora, cuarenta años después, tras la rotura de sus rocas (hasta las montañas cambian) tiene puestas unos puntos de seguro (buriles) en los que puedes colgarte acrobáticamente en un ejercicio físico duro pero fácil técnicamente.
Como no llevábamos ningún estribo tuvimos que improvisarlos con unas cintas auxiliares. Sin prisa fui subiendo hasta dominar el vertical resalte. Continué la escalada hasta alcanzar un nido de buitres abandonado y monté la reunión.
El sol y el viento que sentía en la cara, tras el esfuerzo realizado, me inundaban de vida. Estaba retornando a mí mismo y mi regreso desalentado del Everest se disipaba en el recuerdo: “¿No conseguir lo que se quiere puede ser una suerte?”
Continué escalando un pequeño muro vertical, colgado de unos viejos y precarios buriles muy separados entre sí, teniendo desde el último seguro que salir en escalada libre, escalada que al principio no me pareció fácil, pero que poco a poco fui resolviendo satisfactoriamente. Es curioso que la escalada tenga tantas situaciones análogas al ejercicio de la vida. Al principio sorprende y se la teme, luego lentamente, cuando se persiste en el quehacer, se van encontrando soluciones. Así alcancé una pequeña reunión intermedia, no muy segura, pero que estimé suficiente para no alejarme y perder la comunicación con mis compañeros.
Primero llegó, siguiendo el orden de la cordada, Tena, quien me aseguró para poder alcanzar la reunión definitiva, asegurando seguidamente al ardilla.
Otro tramo de adherencias y escalamos la cabeza del Pajarito, por unos recortados bordes de roca firme y vertical. Los numerosos buitres volaban a escasos metros de nosotros y recordé el verso de Rilke:
“Entre las nubes viven las águilas que vuelan sin temor”
El rapel nos devolvió al suelo y al camino de descenso hacia la base del risco.
Mientras caminábamos hacia Canto Cochino, un bonito paraje con nombre feo reflexioné sobre los efectos benefactores de la montaña y de la escalada en la vida.
Miré a las cimas de mi juventud: al Pájaro, a los Guerreros, a la Esfinge, al Nieves, al Yelmo… y la mirada me devolvió el gozo de estar contento.
-Allí estaba la claridad de lo sereno. ¿La serenidad era la dicha? ¿Las cimas eran la morada de los celestiales?
Gracias una vez más a tantos amigos que me han dedicado frases sentidas de apoyo y justificación. A la familia Mesas, a José Carlos Jimeno y Alba , a Jorge Alfaro, a Oscar, Silvia, Ernesto, J. Carlos, gestoría D. López de Granada, Raquel, José Atienza, Jorge, Manuela, Pablo Aguado e Isabel de “Five Ten”, Lucia, Ana Mª Bastante, J. Trías, Javier de Aragón, Helena, Yolanda, Carlos Blanco, Eduardo y Juanma, Lucía Alfaya, José, José Luis… Gracias a todos. cesarperezdetudela.com
12 de Mayo, 2009 a las 22:04
Me alegro mucho de que vuelvar a ser tú. ¿Ves como te queda mucho por contar, y a mí por leer?.
17 de Mayo, 2009 a las 16:20
Mirar el perfil del Guadarrama, recortado como linea oscura en el horizonte, siempre me produce tranquilidad.
Supongo que no hay mejor medicina que volver al hogar de uno.
Bienvenido.
18 de Mayo, 2009 a las 2:49
Gracias a ti por recuperar el ánimo y las ganas de hacer cosas. Nosotros somos los que te tenemos que estar agradecidos por tanto que nos has dado. Saludos.
19 de Mayo, 2009 a las 18:37
Eres muy grande, César.
Un fuerte abrazo.
29 de Junio, 2009 a las 15:29
CUANTO ME ALEGRO.
NO SE PUEDE ESPERAR MENOS DE TI.
ABRAZOS FUERTES .
ANGEL MESAS
2 de Julio, 2009 a las 18:08
Es hermoso leer que has recuperado la ilusión.
Ese es el motor de la vida.
6 de Julio, 2009 a las 21:34
Gracias Helena,Angel,Fernan,Oscar,José Luis y Ernesto. Para mí lo escrito tiene un valor indudable y dice lo que es el ser del que habla o escribe. Gracias amigos. CP de Tudela