Creo que he acumulado más cansancio en este último mes de abril, que en los cuatro o cinco años precedentes. Y ahora noto de golpe en el fondo de mí mismo que he cumplido más años de los que me corresponden. Las circunstancias negativas me han hecho mayor, es decir una persona de edad más avanzada, aunque sigo sin resignarme a perder la juventud  de  la mirada inquieta, la del deseo de realizar y al fin de emprender el camino de la vida, que es casi siempre el camino de la aventura de la vida.

“La vida es una carrera de obstáculos, una verdadera aventura” dijo Ortega y siempre lo tuve presente.

Pero también está sobre nosotros esa otra verdad:

“Ser mayor es saber que la aventura es imposible”

Ahora mismo soy una persona mayor - espero que mañana no-  lo que me deja vacío y totalmente insatisfecho.

Esta última aventura, o intento de aventura, entrenándome por las alturas del Himalaya con la ilusión de escalar el Everest me han dejado exhausto y derrotado. Me fui fuerte y juvenil, bien entrenado físicamente y esperanzado en el difícil éxito. Pero nada ha sido posible.

Subía estudiando cada uno de los pasos, el esfuerzo que suponían, la sincronización necesaria entre el esfuerzo mental y el físico. Bajaba a saltos, con impecable juventud, apoyado en mis bastones de esquí, rápido y seguro por cualquier pendiente. Estuve entrenándome en las montañas del Lantang, al norte de Kathmandu y luego crucé el Tíbet para ir preparando mi peligrosa expedición al Qomolangma, como ahora – así se debía haber dicho siempre- llaman los chinos al Everest.

Hay que reconocer que el Tíbet –se me había olvidado- impresiona y contagia su ambiente seco y duro. Ya no se está en la alegría del Nepal. La forma de vida que se ve impone sus normas geográficas. Las caminatas son duras, ganándose de golpe una altitud que hay que saber captar en la psicología y en la misma fisiología.

En cuanto ponga claridad a mi espíritu volveré, casi inmediatamente a mis pequeñas montañas del Guadarrama,  a efectuar alguna escalada más o menos difícil, para volver a instalarme en la seguridad y en el optimismo habitual para continuar estudiándome.

Deseaba demostrarme a mí mismo que el paso del tiempo y las enfermedades (en mí caso de tipo cardiológico, por un infarto –dos-sufridos escalando el Everest en 1992 y otro años después en una montaña del Tíbet indio) pueden superarse con fe, coraje, medicamentos adecuados y planteamiento de vida, con ejercicios y entrenamientos. Así lo he hecho en estos últimos años pensando que en virtud de mis actividades, experiencia, talante, voluntad e ilusión podría escalar la cima más alta. Llevo más de 50 años subiendo difícil montañas, volando en parapente desde las cumbres, corriendo y esquiando.

Pero no ha sido así. En las alturas del Tíbet, bajo el mismo Everest – el Qomolangma- he adivinado y asumido mí fracaso. Los duros sueños de la hipoxia (falta de oxígeno) me han advertido que no me convenía seguir subiendo. Las noches fueron duras y casi insostenibles, percibiendo  rotundos avisos de mi “psíque” sobre la peligrosidad de mi ascensión, soportando asfixias y muy determinantes deficiencias respiratorias. No he podido continuar con mi proyecto. No he soportado las reiteradas visiones que las noches me anunciaban,  o que no era el momento de seguir subiendo, o que mis carencias respiratorias se debían a causas más claras como podían ser los pasados infartos cardiacos que pretendía superar.

Sueños llenos de desvelos angustiosos y repetitivos, excitantes alucinaciones hipnagógicas que me producían una elevado desgaste físico (caídas, búsquedas dramáticas, situaciones peligrosas…) Dicen los pocos estudiosos de estas situaciones que estas percepciones pueden entrañar visiones premonitorias y son un mecanismo de defensa ante peligros y obstáculos reales.

He tenido tanto miedo que no he podido sobreponerme. El miedo a morir si continuaba era un  claro presagio y yo no he querido forzar más las extremas situaciones y he decidido suspender mi expedición en la que tantas esperanzas había puesto.

¿Qué contaré a los ejecutivos de los Laboratorios LILLY, en mis próximas y contratadas conferencias sobre el transcurso de estas expediciones hacia la cima del mundo?

Tengo que cumplir mi contrato y expresar en ellas la intensidad y el espíritu de  mis aventuras, no solo de esta fallida expedición, si no de mi voluntad por levantarme de la postración de aquél primer e inesperado infarto escalando la barrera de hielo del glaciar Khumbu, en la vertiente nepalí del Everest, cuando hace dieciocho años decidí seguir entrenándome, con los debidos cuidados médicos, y así, contra todo pronóstico favorable, emprendí decenas de aventuras por las montañas y las selvas de la Tierra, expediciones singulares que me comunicaban que estaba en el camino correcto para superar una a una las desgracias y obstáculos que la vida impone antes o después. De ese optimismo tengo que seguir hablándoles, una vez pueda recuperarme.

Es así. Tengo mis compromisos regulares como guía de expediciones, al Atlas, o a los glaciares del Kyrgyzstan en estos próximos meses, pero antes deberé dibujar mi inmediato futuro con el planteamiento de escaladas y exploraciones: mis cimas y mis libros como metas de la vida.

Y todavía está el Everest – el Qomolangma- entre mis objetivos.

¿Cómo iba a prescindir de esta meta simbólica, que expresa para mí las ansias de superación y el esfuerzo que necesariamente el hombre debe emprender, o por lo menos alguno de esta clase de hombres entre los cuales tengo el honor y quizá el temor de pertenecer.

Espero poder seguir contando amigos como van mis anhelos. La bandera de Madrid 2016, cuyo logo me acompaña es posible que mi hijo Bruno pueda llevarla a lo alto del mundo (El que formaba junto a mí la expedición y se ha empeñado en cumplir el objetivo) Dios quiera que pueda hacerlo sin demasiado riesgo. No pondré ninguna otra bandera en la cima, pero mencionare siempre a ALPESPORT, la mejor tienda de alpinismo de España, aunque  esté en Andorra, su ayuda. Y a SOLOCLIMB, que diseña extraordinarias vestimentas para equipar a los alpinistas exigentes,  a SATLINK por sus comunicaciones vía satélite, y a la Comunidad de Madrid (Deportes) por la confianza que en mí habían depositado.

Espero que la vida me conceda una oportunidad para poder cumplir mi palabra en estos próximos años. La cronología me ha hecho ya perder la impaciencia. Gracias. www.cesarperezdetudela.com