Entrenamientos siempre

Hoy  no he podido ir a entrenarme bajo Peñalara como vengo realizando en los últimos 100 días de este invierno, deslizándome por las sendas nevadas del bosque y corriendo cuestas arriba. La nieve está en lo alto, pero no en los circuitos de fondo.

Ayer subí por sexta o séptima vez este invierno a la cima de Peñalara, al atardecer. Habían caído varios trozos de cornisa, algunos muy grandes. Y todavía se aprecia que caerán muchos más. Mucha atención pues con este peligro cierto a quiénes quieran subir por esta vertiente que efectivamente es la más alpina e interesante de Peñalara.

El teléfono y las comunicaciones de SATLINK

También he estado en “Satlink” la empresa que me prepara las comunicaciones para el Everest y que se lo agradeceré mencionándola siempre que sea posible. Conexiones telefónicas a través de los satélites de Inmarsat, situados en la Geo-estacionaria a 36.000 kilómetros de la Tierra. Me han explicado cómo podré conectar mi ordenador con Internet a través de estos satélites aunque esté en medio  de Asia, en los glaciares del Everest. Así lo hice hace 18 años cuando estrené el primer teléfono satelital, precisamente en el Everest. En ese año solo la antena pesaba 70 kilos y solo me sirvió para comunicar aquella tragedia: tres componentes de mi expedición desaparecieron en el glaciar bajo el Collado norte. Solo pudimos contribuir a rescatar a dos de los supervivientes gravemente lesionados.

Ahora todo es diez veces más ligero, pero a pesar de ello la mochila siempre pesa exageradamente en las alturas y hay que priorizar lo que en ella debe llevarse. El saco de dormir, la tienda, el hornillo para derretir nieve y poder beber, la cuerda, el piolet, alguna clavija y cintas para solucionar algún percance. Por ello solo intentaré preparar conexiones y enviar alguna crónica en el campamento base y en el campamento base avanzado que ya está a 6.400 metros.

Después alguna corta conversación con la COPE los viernes por la noche. No puedo pensar en nada más.

China abre la vertiente norte del Everest.

Llevo un mes de total incertidumbre con sucesivas noticias contradictorias que me llegan o por teléfono, en difíciles conversaciones en una lengua que mezcla nepalí, inglés y español, o por confusos “e-mail” sobre la apertura  o cierre de la frontera Nepal-China. Hoy parece que se espera que sea abierto el Everest por él Tíbet a partir del día 12 de abril.

Me iré con mi hijo Bruno el día 31 a Katmandu; y así dedicaremos esos días previos a caminar por la altura subiendo o bajando, y regresando a la relativa incomodidad que tanto bien nos hace. Ya está bien de tanta buena vida. Ahora viene el momento de la verdad. Y ojalá yo esté a su altura, a la altura de la verdad que siempre se oculta entre mentiras o presunciones.

Más sobre el Everest

El Everest es ahora una montaña a la que suben decenas de alpinistas de todas las partes  del mundo. Confieso que yo lo he dicho y lo he escrito también. Y algo de razón debía de tener. Lo han dicho los que saben y también los que no tiene idea de ese mundo.

“El Everest es actualmente una montaña sin problemas”.

“Al Everest te suben si pagas”.

“Por mucho que pagues tendrás que subir con tu esfuerzo, paso a paso”.

“El Everest es turismo”.

Lo dijo el mismo Messner. Pero lo dijo cuando ya no pensaba volver a subir. La diferencia es rotunda. Y ocultó que si la escalada del Everest era para él “turismo”, no mencionó que era un singular “turismo” lleno de extrema dureza y de peligros ciertos, además de muy costosa.

Ahora a punto de partir también recuerdo otros comentarios diferentes.

“Por encima de los 5.500 metros la presión atmosférica es la mitad que a nivel del mar”. Frío, cansancio, alteraciones y deterioros musculares, apatía y  torpeza mental. A partir de los 7.500-8.000 metros se abre la “zona de la muerte” en donde los riesgos son extremos para todos.

El ilustre alpinista Javier Botella de Maglia, uno de los mayores expertos médicos en la altitud,  sostiene en su libro “Mal de altura” que, el número de las personas que han alcanzado la cima del Everest solo es cinco veces superior al número de los que han muerto intentándolo.

Esa es también la otra verdad.

El estudio de la Universidad de Washington de 2007

La investigación fue publicada en la revista “Biology Letters” y se refiere a los riesgos de los alpinistas mayores de 60 años. Ellos tienen el triple de posibilidades de morir frente a los jóvenes. Solo el 13,3 % de los escaladores con sesenta años alcanzan la meta, frente a un 35,7 % de los escaladores con treinta años. Es decir que se triplican las tasas de mortalidad en los mayores. Aunque confieso que no sé bien la edad que me corresponde, a pesar del DNI,  he tomado buena nota del inoportuno informe de los investigadores.

Se entiende que la edad trae consigo la pérdida de forma física y esto no se compensa con la experiencia.

Ya conocía este informe desde el año pasado y no me inquieta excesivamente.

Más me preocupa el ritmo de mi corazón y la superación de mis pasadas circunstancias cardiacas, pero menos que las condiciones climáticas que son las que imponen la viabilidad del camino.

Muchas Gracias a todos lo que estas líneas leyeren.

Afectuosamente. cesarperezdetudela.com