No querría haber escrito lo que a continuación debo narrar. Nunca lo imagine, aunque se que la vida es la que manda. Siempre somos optimistas y engreídos de nuestra escasa valía.

He fracasado en mi sueño de tantos años antes de empezar la ascensión. El miedo me ha vencido de forma fulminante. No he podido hacer nada por superar el temor a la muerte que he percibido entre la confusión del sueño de las alturas.

Así, una noche tras otra, con duros pensamientos hipnagógicos, trágicos y terminales. Esta sucesión de apercibimientos y sensaciones, a los que he estado acostumbrado en otras épocas mas juveniles de mi existencia no hubieran tenido suficiente fuerza para tomar una decisión tan inesperada y asombrosa, si durante la noche, sobre los 5.000 metros, no hubieran estado acompañados, por una fuerte insuficiencia respiratoria, una asfixia profunda y reiterada, que estimaba el prologo de mis sufrimientos cada vez mas alto.

No he podido dominar el miedo que ha llegado a mí en las noches a ser insuperable, nervisos angustioso y trágico. Tras la primera noche decidí cansarme y subir más, pero la noche resulto también interminable en la que la hipoxia se apoderaba de mis pensamientos y mis pulmones se bloqueaban. Quería vestirme y correr hacia abajo, abandonando la dura visión del Everest bajo el que estaba, blanco y negro, alto e indiferente.

Deseaba marcharme huir de lo razonable. Me había entregado totalmente a la montana, al ejercico duro de la ascension, habia aceptado todo, el gasto económico elevado, la incomodidad, la separación de mis hondos afectos, el sentimiento de culpabilidad por el egoísmo que entraña la persecución de los sueños, las obligaciones derivadas de los patrocinadores. He defraudado a todos y principalmente a mí mismo.

De todo ello tratare de pensar en próximas ediciones. He sido evacuado por mi hijo Bruno atravesando el Tíbet en un rápido viaje hasta Katmandú. Lo he perdido todo, pero sigo vivo, confuso y estúpidamente contento.

Un cordial recuerdo y perdonenme. CP de Tudela