A todos (quien iba a imaginar que tantos amigos habían ido siguiendo mis avatares y sobresaltos en esta aventura) quiero agradecerles sus palabras de ánimo y sentimiento ante mí derrota.

Gracias a cada uno de ellos que, con sus juicios generosos, me han devuelto la confianza  que creo que volveré a ganar día a día, en las escaladas y ascensiones que la vida aun nos tiene reservadas. Quizá he sido demasiado optimista y he sobrevalorado mis circunstancias. Efectivamente es posible que mis lesiones cardiacas, ocasionadas en esa misma montaña en 1992, nunca podrán ser superadas. Trataré de asegurarme si fuera posible con nuevos reconocimientos.

Ya estoy nuevamente en Madrid, efectivamente triste, pero os aseguro que con vuestra ayuda seguiré en el camino de la vida ascendente. Es muy posible que no alcance ya nunca la cima del Everest, pero creo que sí otras muchas cumbres que no requieran estar en posesión de un corazón tan fuerte como esa altura requiere. No sé si volveré a intentarlo, o si ese nuevo intento, tras las exploraciones médicas,  también significara un fracaso, si es que es fracaso intentarlo una vez más. Sabía lo peligroso de mi aventura, pero es ahora cuando siento en mí la certeza de mí incapacidad. Podéis imaginar lo que había ido sintiendo a medida que se aproximaba la realización de mí aventura. Ciertamente he tenido miedo a morir, como si se tratara de un aviso cierto ante mi imprudencia. No me he podido sobreponer al miedo, yo que siempre he valorado tanto el valor.

Durante las marchas de entrenamiento en la altitud, en el valle de Lantang, ascendiendo algunas montañas pensé que mí proyecto se justificaba por sí solo. El Everest era para mí muy importante, una de mis últimas superaciones, casi una penitencia que debía a lo “Alto” para compensar tanta felicidad alcanzada, mi sobrevivencia en tantas difíciles circunstancias, un pago por tantos errores que me habían sido perdonados. Pretendía ir ascendiendo como si fuera un peregrino que pide perdón y busca redimir equivocaciones y faltas.

De mi diario:

“Piedras excrementos de yak, perros rabiosos de los soldados chinos que ladran constantemente, calor sofocante durante el sol, sequedad… Al fondo, la silueta inevitable del Everest domina el todo el escenario de montañas sobresaliendo y anulando al Chang tse que cubre el paso del Chang La (Collado norte).

Del calor del sol se pasa al frío del atardecer que enseguida alcanza los 10 grados negativos. El fuerte viento inunda las tiendas de tierra y polvo sumiéndonos en un sopor y escuchando las sacudidas del aire que mueve nuestro cobijo. Bruno salió a tratar de distraer su dolor de cabeza y regresa sin conseguirlo. Aquí, bajo el Everest me esperan muchos días como este cada vez más altos. Pienso en la historia de esta montaña, en sus aspirantes, en sus numerosos muertos que solo querían llegar y no bajaron nunca. La noche es una constante “pesadilla”: no puedo respirar y me despierto angustiado decenas de veces asfixiándome y siento miedo, percibiendo mi debilidad. Miedo a morir. ¿Estoy en condiciones de seguir? Muy asustando he pasado la larga noche del 19 al 20 de abril bajo la amenaza de mis pulmones y siento que estoy siendo derrotado nada más comenzar. ¿Dónde han quedado mis promesas de aceptar todos los sufrimientos?

Al amanecer Bruno y yo decidimos seguir aclimatándonos. Marcharemos lentamente hacia el campamento intermedio, previo al campamento base avanzado, bajo el Collado norte.

Y así lo vamos haciendo, tranquilamente, mirando el paisaje y tratando de recordar como lo vinos repetidamente en 1990, cuando yo subía presuroso, de un solo tirón para tratar de rescatar a los supervivientes de aquella trágica expedición de la Universidad C. de Madrid.

Subimos bien hasta los 5.500 metros, haciendo funcionar bien los pulmones y tratando de no hacer esfuerzos excesivos que producen los tan temidos edemas cerebrales y pulmonares.

Esa tarde llevábamos la delantera a los checos, que ya habían estado en las alturas del Everest años antes y también a los canadienses, que para mi admiración habían sido capaces de escalar la muy difícil montaña del Wagdington, en la Rocosas, una de las más valoradas escaladas de la Columbia Británica en Canadá. Por delante escalaban ya los componentes de la numerosa expedición china, militarizados, con la misión de abrir la ruta a las expediciones extranjeras. Volví a sentir optimismo y visitamos el campamento de mi admirado amigo el doctor Pujantes al que acompañaba Víctor, de Vitoria, que había ya sufrido duras congelaciones en sus dos pies, y al que habían cortado todos sus dedos en una expedición anterior a esta montaña.

Cansados nos metimos en el saco de dormir. En el sopor de la noche volvió la angustia y la asfixia, percibiendo sueños trágicos. No puedo respirar. Los sueños son inconexos y absurdos y deseo gritar mi miedo que se va transformando en un pánico desconocido. ¿Es un aviso? No puedo soportarlo más, me asfixio, quiero irme. ¿Pero si estoy empezando? Nuevamente se suceden y repiten secuencias a velocidades imposibles de asimilar excitando mi mente. Trato de irme incorporando pero no puedo. ¿Si a 5.200 metros estoy así que será a los 8.000? Yo mismo me trato de decir que esto es normal, qué me iré adaptando a las condiciones ambientales. ¿No lo sabías? Los sueños me han dejado sin fuerzas, confuso, desalentado. ¿Voy a morir si sigo subiendo? ¿Pero cómo me voy a marchar ahora, después de tantos esfuerzos y de tan ilusionados entrenamientos? Mi intuición se impone a la razón, aunque sea razonable que tenga una insuficiencia cardio-respiratoria por mis pasadas circunstancias. No puedo más. No me importa reconocerlo. No quiero estar en el Himalaya en donde siempre mis expediciones han resultado trágicas: en el Hindu-Kush murió Elena, en el Annapurna, en 1973, me salvé de milagro,  aquí , en 1990 desparecieron mis compañeros Gómez Menor, Badri y Ang Sona. En la otra vertiente del Everest, en 1992, tuve un duro ataque cardiaco y fui rescatado gracias al riesgo de aquellos valientes, Bruno incluido.

Había aceptado todo, pero la asfixia y los sueños hipnagógicos de la hipoxia me han vencido. A mayores alturas aumenta el misterio de  los sueños. Han bastado dos noches para derrotarme. Sé que merecía vivir la apoteosis de mi triunfo para que mi conciencia lo analizase y continuar así mis investigaciones sobre la filosofía de este hecho tan idealista y tan inútil del hombre, pero no lo he logrado.

No he hecho caso a nadie, ni a los cardiólogos, ni a tantos amigos que me habían aconsejado que no volviera al Everest. Me ha derrotado yo mismo. ¿Vergüenza? ¿Qué diré a mis patrocinadores? Asumo mi fracaso. Vuelvo a la vida. Mi casa está preciosa y Lola me recibe cordial y llena de afecto. La vida sigue. Bruno que me acompañó en mi evacuación a Kathmandu, volvió a cruzar los territorios tibetanos y continúa la ascensión. Quedo intranquilo pensando en sus riesgos, pero no puedo evitarlo. Si la COPE tiene tiempo intentaremos algunas trasmisiones algún viernes próximo”.

Gracias amigos a todos. A Rafael Antón, a Luis de Torrelodones, a Nachín, a Miriam y Esteban del ICAM, a José Manuel y Lupe, a Maite y Julio, a Silvia, A DJ, a Carlos, a Juan C. Domínguez, a Javier, a Jorge, a Angel Marco Doncel, a María José, del ICAM, a María del Mar, a Goyo del Escorial, a Markus y a Till, a Ernesto de C. Real,   a José, a Angeles y a Fernando, del ICAM, a José Luis, a Nuria Beltrán, a Helena del Maxter, a Eduardo y a Juanma, a Diego López de la Gestoría de Granada, A Ana María Bastante, a Angel Mesas y familia, a Raquel Gay, a Jorge Trías, a Javier de Aragón… A todos los que han sido tan amables de escribirme dándome ánimos ruego acepten mi afecto y mis disculpas por haber intentado hacerles participe de un sueño frustrado.

Cesar P. de Tudela.