Este invierno ha sido más frío en las montañas españolas; y con nevadas más frecuentes e intensas que en los pasados años.

Curiosamente casi todo lo contrario de lo prescrito para estas latitudes por los científicos del cambio climático. A causa de ello hemos tenido más avalanchas de nieve reciente y también la formación de sólidas placas de hielo. Tanto las unas como las otras han sido causas de varios accidentes mortales.

Dos montañeros cayeron en los canalizos centrales de los Cabezas de Hierro. Otro montañero fue sepultado por la caída de un tramo de la cornisa de Peñalara. Han intervenido en numerosas ocasiones los grupos de rescate, en Guadarrama y en las grandes montañas de los Pirineos, en accidentes e incidentes de la misma o parecida índole.

Es lo normal, teniendo en cuenta el número cada vez más creciente de aficionados al alpinismo y al esquí fuera de pista.

Pero entre todos los accidentes ocurridos me interesó la muerte del teólogo y filósofo  Doctor Pablo Domínguez, decano de la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid. Más que por el accidente en sí por la personalidad del teólogo alpinista.

Me hubiera gustado conversar con él sobre sus experiencias en las montañas. Haberle pedido que me contara sus aventuras, preguntándole tantas curiosidades filosóficas que el alpinismo entraña como pocas actividades del hombre.

La montaña es como una verdad revelada y no deja nunca al hombre sin respuestas a las llamadas del alma.

Pablo Domínguez había acudido a Tarazona, bajo el Moncayo, para dirigir un seminario de espiritualidad a las monjas trapenses de Tulebras. Al ver el Moncayo tan nevado decidió ascenderlo sintiendo el reto del esfuerzo en la belleza de la naturaleza.

Alcanzaron la cima, él y Sara su compañera en la ascensión, después de cuatro horas. En la bajada alguno de los dos resbaló, o tropezó con los mismos crampones para el hielo como es a veces muy frecuente;  uno debió arrastrar al otro, o al tratar de evitar la caída de uno cayeron los dos. Lo único cierto es que ambos cayeron por el hielo estrellándose contra una roca que les causó la muerte.

Un accidente normal. Todavía recuerdo la tragedia del Moncayo, a mediados de los “ochenta”. Acudí enviado por la Protección Civil del Estado. Varios muertos a causa del frío del viento y del hielo. Todos del club de montaña del mismo Tarazona.

Los cuerpos rígidos hallados tras la larga caída, con una expresión pérdida.

¿La vida estaba  ya escrita?

¿La vida es verdaderamente ese drama, que decía Ortega, tanto en el nacimiento como en la muerte?

¿El último destino del alma? ¿Hay almas inmortales? ¿Podrían existir almas perecederas, según las vidas?

-La vida es pervivencia, superación del instante, continuar hacia el más allá del ahora. Vivir para caminar hacia el horizonte, que siempre es el futuro.

-La terrible seriedad de la vida en el afán inexorable de buscarse a sí mismo. De vivir al servicio de nuestra vocación.

Todas estas preguntas y también estas respuestas han surgido del hecho de la muerte del filósofo alpinista Pablo Domínguez, en el Moncayo, del que el Obispo de Tarazona dijo:

“Pablo es ya una realidad definitiva. Sólo en Dios se ilumina el misterio de la muerte”.