Viernes, 20 de Febrero de 2009
Todas las montañas de la Tierra están llenas de muertes.
En los Alpes, solo en el Mont Blanc, han muerto más de 2.000 personas, en el Cervino o Matterhórn 500, en la pared del Eiger se acercan a 100. Solamente contando los Alpes suizos, en el año 1985, murieron más de 200 personas.
El alpinismo es una sublimación de la vida. Es cierto, ennoblece; pero esa búsqueda de la libertad, ese ideal romántico puede resultar peligroso. Esa es mi creencia tras más de medio siglo activo y atento al mundo alpino. A los hombres y a la misma sociedad como tal, le apabulla la muerte por encima de cualquier otra contingencia. La muerte sigue fascinando. Trae majestuosidad a la vida y es una elegía a los alpinistas desaparecidos o muertos en la senda de la cima. El gran alpinismo siempre fue así. En las montañas, hasta en las más pequeñas, la vida puede variar de rumbo y adquirir dimensiones peligrosas. El alpinismo exige mucho más que la mayor parte de los llamados deportes activos, y la posibilidad de morir es un requisito de la verdadera experiencia alpina. La alta montaña siempre fue un circo de vida real, dura y alegre, en donde la escalada a la cima podía matar. También era el lugar de la exaltación.
Y como dijo Byron: las heridas del alma solo se curan en las cumbres.
Estos días ha llamado la atención de los medios de información siempre atentos al morbo de la muerte, que en la cima del Everest, habían perecido 15 personas.
¿La cima es lo único que importa?
El alpinista inglés David Sharp murió en los alrededores de la cima del Everest. Las fuerzas le fallaron y se quedó sentado sobre la nieve. Se dice que al menos 40 personas pasaron a su lado sin hacerle ningún caso, victima del agotamiento de la altitud, David Sharp, a 8.500 metros, esperó a que alguien lo ayudase. Pero fue en vano. Todos los montañeros que pasaban estaban atentos a ellos mismos:
“Lo primero poder llegar a la cima, lo segundo poder bajar con vida”
¿Qué es lo que valorarían más sus amigos, sus patrocinadores, en fin, la sociedad a la que pertenecemos?
¿Haber llegado a la cima o haber ayudado a un desconocido que estaba tirado sobre la nieve a 8.000 metros?
El triunfo, la cima, el éxito social es lo primero.
La compasión, ese sentimiento de conciencia, ya casi no existe. No en el Everest. Nuestra vida es lo único que importa. La compasión es solo conciencia. Y el materialismo no es compatible con las exigencias del espíritu.
Todo ha cambiado mucho en las montañas del mundo. La vida en las montañas también es un reflejo de lo que ocurre en la actual sociedad. La superficialidad del desarrollismo materialista llegó sobre todo al Himalaya. La cima es también un record que hay que realizar para triunfar en sociedad.
La moda del “ochomilismo”
Por ello ahora el ochomilismo es una moda. Una moda que ha cambiado el Himalaya, repleto de agencias de trekking, con sherpas convertidos en guías especialistas, en gigantescos y cómodos campamentos, bajo los glaciares que son señalizados, dotados de escalas, puentes y escaleras. Más arriba cuerdas fijadas previamente, con las huellas para los pies abiertas, las botellas de oxígeno preparadas, los campamentos superiores montados. Solo hay que pagar.
Los alpinistas de la moda del Himalaya ya no son los clásicos aventureros deportistas que abrían el camino, que sabían subir por si solos, capaces de orientarse, siempre dispuestos para ayudar auxiliar a un compañero. Ahora los turistas escaladores siguen al sherpa-guía contratado a alto precio y con la promesa de una gratificación extra si les lleva a la cumbre. El ochomilista pone sus piernas, sus pulmones y el dinero obtenido de los patrocinadores, que también quieren vender esa moda sobre la materialidad del consumismo, que curiosamente es crecimiento económico.
El espíritu tradicional del alpinismo ha evolucionado. En estos últimos quince años se habla de records una y otra vez. El que sube más rápido, el que sube más joven, el más mayor, el que baja esquiando o en “snowboard”, los que suben sin oxígeno…
¿Salvar una vida o llegar a la cima?
Hace 25 años, mi amigo el senador Luis Fraga, perdió la oportunidad de llegar a la cima del Nanga Parbat, por salvar la vida a un alpinista francés victima de un edema cerebral, gastando así sus energías y el tiempo imprescindible. Le costo otros veinte años volver apara alcanzar la cima por si mismo, sin sherpas, sin más ayuda que su esfuerzo y la aceptación del riesgo.
Pero los tiempos han cambiado. Ya nunca estás solo en las cimas más altas del Himalaya y menos aún en el Everest. Sobre todo en las temporadas pre-monzónicas y pos-monzónicas, las más idóneas para efectuar la ascensión.
Treinta o cuarenta cuerpos de alpinistas, de diferentes nacionalidades del mundo, están por allí, esparcidos entre la vertiente norte de China, y el lado nepalí. Subían o bajaban de la cima cuando no pudieron más, les sobrevino el colapso, o el desfallecimiento y allí se fueron muriendo, congelados después, abandonados a su suerte, victimas del esfuerzo, agotados, con edemas cerebrales y pulmonares, o fulminados por los infartos propios de la gran altitud. Nadie bajará nunca esos cuerpos que se van momificando, con sus ropas decoloradas y rotas, cubiertos o descubiertos por la nieve…
Allí pude quedar yo cuando un duro infarto me sobrevino cuando ascendía solo, como le ocurrió al inglés Sharp. Pero yo tuve suerte. En la primavera de 1992 existía aún el compañerismo. También estaba en una cota más baja. Pude pedir auxilio por el radioteléfono mientras me colgaba, asegurando mi cuerpo a una cuerda en la Cascada de Khumbu. Cuando recobré el sentido había llegado mi hijo Bruno, que fue el primero. Luego lo hizo mi sherpa Chowand, a quien yo había rescatado en el Chang La, en la norte del Everest, un año antes, cuando la tragedia de la Expedición de la Universidad Complutense de Madrid. Arcederillo, un espléndido militar montañero, seguido de otros alpinistas españoles, me bajaron peligrosa y penosamente al campamento base.
La nobleza de la compasión.
El auxilio y el rescate de vidas, ajenas o próximas, es una de las acciones más nobles y bellas que los humanos podemos realizar. Si el alpinismo es verdaderamente una escuela de energía, de voluntad y de dominio ¿Cómo se explica el abandono y la denegación de auxilio? ¿Es que llegar a la cima es más importante que intentar salvar una vida?
La sociedad llamada del bienestar es también esa sociedad superficial y hedonista en la que el triunfo social, el éxito, pasa por la separación del hombre de la esencia de su ser. Algo se ha interpuesto entre lo existente y lo esencial.
La rebeldía social, el ideal estético, la sensación de inmortalidad, el forzar el umbral de la vida, el llegar al límite… la búsqueda de la eterna adolescencia y tantas otras son características del gran alpinismo, pero no son nada sin ese sentimiento de compasión, que trasciende al alma. Ese auxilio que humaniza formando parte de las virtudes más antiguas del ser.
Quizás ya la cima del Everest, forme parte del negocio global de la inter-economía, con millones de euros, cuerdas, escalas y sherpas, y no irradie tanta luz para iluminar la vida de sus escaladores.
22 de Febrero, 2009 a las 13:49
Su amigo Luís Fraga es un héroe. Alcanzó su “cima” salvando al francés.
Estoy seguro de que Dios, allá arriba, al ver su sacrificio, lo valoraría, sonreiría benevolentemente y debió sentirse satisfecho de haber creado al hombre, pues a pesar de las felonías y actos de bellaquería de que los hombres son capaces de cometer, siempre hay alguien como Luís Fraga o Usted, don César, que compensa por todo y justifica la existencia de los humanos.
27 de Febrero, 2009 a las 11:41
¿Que parte de nuestra sociedad irradia algun tipo de luz? Que existan personas que den mas de lo que tienen en ese momento por otro, que ponga su vida en peligro a cambio de intentar que alguien no la pierda…
La realida es que son excepciones, y las personas excepcionales que son capaces de establecer ese codigo moral para llevarlas a cabo solo lo son una vez lo hayan echo, pues todos creemos en nuestra bondad, todos creemos que seriamos capaces de estos actos heroicos. Yo creo que hay que ser honesto, no vale con parecerlo que es lo que en
realidad exige nuestra sociedad.
Por otra parte es fantastico que cada vez seamos mas los que utilizando este blog , intercambiemos nuestras sinceras opiniones e ideas, compartiendo a la vez nuestro respeto y admiración por Cesar.
Un abrazo, Juan Carlos
11 de Marzo, 2009 a las 17:38
Hola!!! Ayer ví un reportaje de odisea sobre el escalador David Sharp y me pareción tan increible la historia que estoy pensando en reunir información y hacer un comentario en mi blog.
Si no te importa, me gustaría recoger información de la que tu pones aquí. Sería posible?
Muchas gracias Cesar
16 de Marzo, 2009 a las 9:26
Shedir, será estupendo que escribas sobre don César en tu web. Yo ya la he mirado varias veces y me gusta tu ternura hacia la naturaleza y los animales (del pajarito al que salvaste la vida). De añadir un capítulo hablando sobre la humanidad de don César aportaría mucho a tu sitio.
LO que no explicas si en las Seychelles viajaste en aquel crucero a las islas de Aldabra. Es que yo estuve en ese país, pero solo pude acceder a Desroches (aparte de la isla de Mahe). Si alcanzaste las islas Aldabra, consideradas las Galápagos del Índico, dilo, porf favor, y describe las tortugas gigantes.
Gracias
don César:
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echamos de menos que no nos responda a nuestras preguntas en su web. Ya sabemos que estará muy ocupado preparando su gran viaje iniciático al Everest, pero solo un par de minutos a la semana nos haría muy felices a todos sus seguidores. Gracias