Mi conferencia en la Real Academia de Doctores de España espero que quedara dignamente. A pesar de tantas otras que  llevo en mi larga carrera de conferenciante no  me encontré en mis mejores momentos, quizás impresionado por la presencia de tantos ilustres personajes del saber, pendientes de conocer algo más sobre ese deporte y esa actitud idealista que es el alpinismo.

En cualquier caso creo que cumplí con aparente dignidad y dije lo que pretendía decir, siendo escueto en el relato de algunas de mis muchas vivencias en las montañas y apuntando algunas conclusiones sobre el “por qué” de la metafísica del alpinismo.

Mis compañeros de la Academia creo que quedaron satisfechos y muchos de ellos sorprendidos ante mis narraciones. No leí en ningún momento, diciéndome a mí mismo mis reflexiones y mis ideas en voz alta, manteniéndome hasta cierto punto ausente del salón en donde me encontraba, como si hubiera regresado a esas regiones de las que hablaba. Esta idea pudiera ser el secreto del “decir auténtico”, sin preocupación por el momento, aunque sin alejarte completamente de donde estás. Fui breve, una ponencia corta, comentando situaciones, ideas y experiencias.

Mi agradecimiento a tantos amigos que me acompañaron con su presencia con la esperanza de no haberles defraudado. Gracias a todos.

Entrenamientos

He de confesar que estos meses vivo en función de mi próxima, demasiado inminente expedición al Everest. Estoy sumido en la duda. ¿Será para mí más conveniente intentar subir por el Tíbet o por Nepal? Conozco ambas vertientes y no sabría decir cuál es la que me conviene más a mis circunstancias. Por el Nepal la vida es más atractiva. Los pequeños pueblos del país de los sherpas: Namche Bazar, Thiangboche, Dingboche, Pheriche… ofrecen más hospitalidad y menos dureza que los altos desiertos tibetanos que hay que cruzar para llegar al monasterio de Rongbuk, en la cara norte de la montaña, en los que la altura y las dietas son menos aconsejables, pero se alcanzan los 6.400 metros con facilidad no exenta de esfuerzos para escalar los glaciares del Chang La, collado norte del Chomolangma.

Llevo 50 días de esquí de fondo en los que todos los días me he esforzado en subir cuestas deslizando los frágiles esquíes por el circuito del Puerto de los Cotos, en Peñalara, bajo nevadas, vientos o nieblas. Estos meses próximos trataré de escalar la norte del Múlhacen, el monte Perdido y las cimas del Guadarrama. ¿Será suficiente? No lo sé, pero tampoco es conveniente llegar al Himalaya cansado por un excesivo entrenamiento. Allí trataré de aclimatarme bien, subiendo lentamente a alguna montaña nepalí de 6.000 metros, quizás el Lobuche Sur, o el mismo Island Peack de 6.200, como lo bautizó el gran explorador Eric Shipton en las primeras expediciones por Nepal tratando de descubrir el paso de la Cascada de Khumbu.
¿Egoísmo? ¿Exceso de riesgo?

Ahora después de más de 50 años de subir montañas me preocupa pensar que el alpinismo pueda ser un juego demasiado arriesgado y con ello algo egoísta, siempre pendiente de uno mismo, olvidándonos de los otros seres que se quedan.  Pero también recibo el consuelo de saber que es un permanente desafío, un estímulo para ganar la confianza.

Quizás presintiendo la posibilidad de que también fuera un ejercicio que así podría considerarse -egoísta- empiezo a vislumbrar mi pasión vocacional y sentida por el salvamento.

Si algo he de añadir a mis expediciones y escaladas, que nunca nadie ha tenido en cuenta en mi haber, han de ser mis desvelos e inquietudes, mis grandes esfuerzos vividos participando y promoviendo acciones de socorro y rescate de alpinistas desaparecidos o colgados de difíciles paredes.

Ahora que estoy tratando de narrar tantas empresas de mi vida pasada es cuando empiezo a ver con claridad la importancia humanística del salvamento, y del descargo de conciencia de los que como yo ejercimos durante tantos años esta generosa vocación, sin medios, sin ayudas aéreas, sin dietas, sin agradecimientos, entre sensaciones a veces próximas al horror, entre esfuerzos extraordinarios, contribuyendo así a través de los años a mentalizar a las corporaciones públicas para la creación de tantos servicios de socorro, como ahora tiene la sociedad española: bomberos de montaña de distintas corporaciones, policías, Guardia Civil, con toda clase de medios y una dedicación completa a este ejercicio profesional. ¡Qué diferencia!

Ahora pienso que quizás la pasión por salvar al prójimo sea una compensación al ejercicio de una vocación peligrosa y en el fondo desgraciadamente muy dedicada al desarrollo de uno mismo.

También sé que en el alpinismo, como quizás en las execrables guerras, en el horror de la tragedia, es cuando se manifiestan los sentimientos más profundos: amor al prójimo, heroísmo, resignación… Teniendo siempre presente que el sufrimiento es imprescindible para poder atrevernos a lo que parece imposible.

Deseo terminar diciendo a quiénes leyeran estas consideraciones que solo son el resultado de unas meditaciones subjetivas, sin pretensión doctrinaria alguna, ni ánimo de influir en otras ideas que pudieran contradecirlas. Mucha suerte a todos.

Y siempre deseando que la ayuda inexplicable de lo Alto llegué a tiempo de salvar a los que del riesgo y del reto han hecho su aprendizaje para la vida.

A todos aquellos que se encuentren en la dura encrucijada de su destino “Mucha Suerte”.

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