Me preocupa la arrogancia del hombre y con él la arrogancia de la ciencia. ¿Es que no nos hemos equivocado suficientemente a lo largo de la vida y de la historia? ¿Es qué es acaso el hombre la fuente de la verdad?

Cientos de estudiosos del clima y del medio ambiente han decidido por mayoría política que la Tierra se encuentra en una difícil encrucijada.

Supongo que cuanto más atención y cuidado tengamos será mejor para esta tierra nuestra y gastada, que al parecer ha soportado ya, a lo largo de esos 4.000 millones de años que tiene de edad – eso dicen los que dicen que saben –cataclismos devastadores.

Hace solo 500 millones de años –las cifras siguen siendo difícilmente captables- hubo un suceso que causó la extinción masiva de muchos organismos en el mar.

Los reptiles que empezaban a evolucionar, se fueron convirtiendo en vertebrados de vida terrestre, y  surgió otra catástrofe en la que perecieron más del 90% de los seres vivos en el período pérmico, sobreviviendo solamente algunos reptiles mamiferoides que serían el origen de los mamíferos.

La vida siempre resurge de la tragedia, en una dialéctica permanente de vida, muerte y vida…

Los primeros dinosaurios aparecieron hace 230 millones, mientras iban desapareciendo a su vez los reptiles mamiferoides del periodo triásico. Los dinosaurios y los primeros mamíferos convivieron entre grandes enfrentamientos.

Hace 100 millones de años la Tierra estaba totalmente cubierta de flores, pero unas decenas de siglos después, la caída de un gigantesco meteorito cambió el clima de la Tierra durante varios milenios. Los dinosaurios de poco cerebro y de gran cuerpo fueron sucumbiendo, mientras los mamíferos – sus encarnizados enemigos- con cuerpo pequeño y mayor cerebro sobrevivieron y se desarrollaron.

Fue hace solamente 4 millones de años cuando unos mamíferos erguidos, parecidos a los monos, empezaron a caminar, entre mastodontes.

Esta es nuestra historia a grandes rasgos. De ahí parece ser que venimos, según aquél gran investigador y divulgador que fue Carl Sagan, que estudió el cosmos y los orígenes de la Tierra.

Nuestros orígenes son pues de auténtica pesadilla. Y venimos arrastrando una serie de rasgos en nuestra memoria animal. Todavía, según los neurólogos actuales, estamos influenciados por el llamado cerebro reptiliano, como patrimonio de nuestro remoto pasado reptiloide.

Y la vida humana está llena de actos rituales, hábitos propios de los mamíferos, en los que entremezclamos la razón de Voltaire, con los misterios ancestrales y los ensueños…

Nuestra capacidad de estudio es limitada, como la misma investigación científica. Los grandes sabios son también mamíferos sometidos a todas las limitaciones de nuestra condición. Sabemos lo que sabemos, y no siempre es cierto lo que creemos saber. Parece que estamos en la vía de los conocimientos adecuada hasta que se descubre que es errónea.

Eso somos, nada más. Y aún así debemos sentirnos satisfechos en términos muy generales del desarrollo de las tecnologías derivadas de las ciencias que permiten construir grandes edificios, autopistas, hospitales y centros culturales, pero debemos de ser conscientes de nuestra poquedad, de pequeños vivientes que  desconocemos el fondo de nuestro ser.

Está bien que tratemos de contaminar poco y de que observemos el protocolo de Kyoto disminuyendo las emisiones de gases que contribuyen al calentamiento de la atmósfera; pero no es menos necesario y urgente que cesen las guerra propias del primitivismo animal del hombre, que termine la crueldad de este mamífero ambicioso que sigue siendo el hombre, y que se abstenga de ser el dios de la vida, decidiendo quiénes deben vivir y quiénes deben servir con su vida a otros con más  poder.

Debemos de mover menos las montañas y tratar de elevarnos un poco más en nuestra realización como seres que tanto hemos presumido de superiores ¿Superiores a quiénes?

Este modesto explorador de montañas y especialmente del alma ha tomado nota del comportamiento humano y deplora su egoísmo y su crueldad, consciente o inconsciente, su arrogancia y su egolatría, y ya no está seguro que los sabios sean tan sabios, ni los ignorantes tan ignorantes.

Y volviendo al cambio climático, este cataclismo anunciado, bueno será que hagamos lo que podamos, si es que podemos hacer algo que sea verdaderamente conveniente para todos, tanto para los privilegiados habitantes de los países occidentales como los que viven entre hambrunas y  malaria, o las victimas sangrantes de las torpes guerras.

El sol es nuestra vida. De él parece ser que dependemos. El sol calienta y no siempre lo mismo, según los estudiosos de la astrofísica, que casi nunca dicen nada respecto al clima. No irradia siempre del sol la misma luminiscencia siendo ésta radiación irregular, dependiendo de muchos aspectos: movimiento de la rotación terrestre, de la inestabilidad de las corrientes oceánicas, de la salinización de las aguas del océano glacial Artico, y vaya usted a saber…

Otros investigadores, aunque tengan menor eco divulgativo, opinan que esos gases de efecto invernadero no son la causa del cambio climático global. Que toda la energía que la humanidad genera no es suficiente para ocasionar ese calentamiento, y que la desaparición de témpanos en el océano ártico es circunstancial. Y en todo caso también se mantiene con rigor que el actual calentamiento comenzó en el siglo XVII, acabándose de superarse el punto máximo, comenzando ahora a descender de forma sensible. Es decir la ciencia, y con ella la pretendida verdad se divide en diferentes interpretaciones.

Un poco más de humildad y de duda filosófica para el bien de todos nosotros, los pobres animales humanos que debemos de desprendernos de tanto barniz de presunción, ira y egoísmo, para adentrarnos hacia el fondo auténtico de nuestro ser.

Y así al fin ser mejores, es decir, más bondadosos, qué según Descartes, que a mi modesto juicio fue más metafísico que racionalista, dijo aquello de que la bondad verdadera es la suma de la sabiduría.

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