Los excesos siempre son perjudiciales. Y esta sociedad nuestra había montado la economía del mundo en el exceso.  Todo occidente y parte del oriente hemos consumido las ganancias del futuro. Hasta Gallardón invirtió el dinero todavía no ganado, perteneciente al futuro, del ayuntamiento de Madrid en sus obras preferidas del presente.

Las empresas, igual que las administraciones de los Estados, y las familias están endeudadas hasta ese futuro, que por serlo es impredecible.

Se han producido automóviles en exceso y se han construido casas que ahora no se venden, porque el exceso de los créditos hipotecarios, ha terminado con el frágil equilibrio en el que estaba montada la economía mundial.

El exceso es ambición. Y la ambición y el exceso han roto el equilibrio en el que se basaba la economía mundial del eterno crecimiento: una ficción especulativa más que una realidad económica.

Cualquier economista sabe que el exceso de crédito conduce a la inflación. Y que la crisis de hoy es el efecto que se han producido por causa de los excesos del capitalismo que motivó la eterna ambición material del hombre.

Hasta yo mismo, que nada sé de economía estaba asustado ante este ritmo creciente y excesivo de gastar hoy lo que ganaríamos durante los próximos treinta años.

La crisis tenía que llegar en cualquier momento, sabiendo por la historia y por las experiencias de la vida, que después de años de abundancia, excesos ricos de la pobre ambición humana, llegan los tiempos de escasez, al igual que después de la tormenta llega la calma.

La fiebre de especulación nos lleva a la depresión.

Hay excesos en la conducta del animal humano, que nunca es sabio, es decir nunca aprende lo esencial que permanece oculto.

Hay excesos en las leyes y en las normas que regulan la vida social, que aunque son legales, es decir votadas en el Parlamento democrático, en muchos casos son solo conveniencias políticas, demasiadas veces ilegítimas.

El tráfico y los aparcamientos podría ser un ejemplo.

Tráfico estará autorizado a retirar el vehículo y destruirlo en determinados casos del impago de dos sanciones anteriores.

El uso de sistemas antirradar se podrá multar con 30.000 euros.

Lo que el Derecho siempre había considerado contravenciones reglamentarias, ahora pueden fácilmente ser consideradas actitudes delictivas, lo que supone una confusión.

El aparcamiento y tráfico de vehículos se han convertido, actualmente, en un motivo de fácil recaudación dejando en clara indefensión al ciudadano trabajador, en un exceso de celo social, entremezclado con la ambición y un exceso recaudatorio.

Estos tiempos de crisis se notan en todo.

Hasta en la merma de los derechos y libertades del honrado trabajador ante la ambición y el exceso de una clase política desbordada que me hace dudar de su representatividad popular.

Si el bañista es un experto nadador no puede practicar su deporte en libertad, en una playa si hay bandera roja, porque las normas de muchos municipios le sancionaran con 1.000 euros por su atrevimiento.

A mí todos los días me imponen una multa, me comentaba un repartidor atribulado y con expresión honrada, que sacaba el ticket de un parquímetro, temeroso del celo excesivo de los agentes, que aun sin estar autorizados por la ley denuncian por mandato municipal bajo un entramado de malabarismos jurídicos completamente ilegales y por supuesto ilegítimos.

Los excesos de prohibiciones, multas y denuncias tienen acobardados a la ciudadanía activa que necesita moverse, detenerse y encontrar algo de comprensión y tolerancia reglamentaria y social.

Y hasta en las montañas llegan los excesos que conllevan restricciones de la libertad. No se puede pasar, no se puede filmar con una grabadora, no se pueden utilizar esquís, no se puede volar en parapente…

Nos estamos cayendo con todo el equipo. Todo está en crisis. Hasta los cristianos, insertos en la cultura tradicional no pueden tener crucifijos en escuelas o despachos porque alguien, aunque sea uno frente a muchos, se siente molesto ante el sagrado símbolo que cobijo a sus padres y ascendientes a lo largo de los siglos.

Y hasta Garzón ha llegado al exceso de creerse el único administrador de justicia y su exceso de ambición le ha hecho perder curiosamente el juicio.

Otro día, amigos, comentaremos el exceso y la ambición en las proezas alpinas que han llegado también a unos curiosos límites.

César P. de Tudela es explorador de montañas y periodista.

*También es abogado, doctor en C. de la Información y académico de la Real Academia de Doctores de España