Volver al Everest es para mí una decisión difícil.

Son más de dos meses viviendo en la altitud, separado de mis montañas, de mis libros de estudio, de mis escritos, durmiendo en tiendas de campaña, entre 5.500 a 8.000 metros de altitud, subiendo y bajando, comiendo a lo nepalí o a lo tibetano - peor la segunda opción -  con una higiene personal deficiente, resistiendo el frío, a veces muy acerbo, con temperaturas de 25- 30 grados bajo cero, dejando pasar el tiempo que vale tanto y más cuando te queda menos, esperando  que llegue  el buen tiempo para seguir subiendo.

A demás a este vivir hay que añadirle el precio de unos  25.000 euros persona.

Pero pensar en el Chomolugma, El Everest, la montaña más alta de la tierra, me roba la tranquilidad. A ella tenía que haber subido hace más de treinta años, cuando yo era más joven y todavía el Everest era más el Chomolugma de antaño. Ahora a pesar del  grave infarto de miocardio que sufrí escalando esa montaña  en 1992, cuando dirigía la expedición de la Universidad Complutense de Madrid,  sus vertientes me persiguen como una obsesión.

-¿Qué busca usted volviendo al Everest, con lo que le pasó y lo que cuesta?

No es fácil explicarlo. Solo digo a quiénes puedan entenderme que es “Un Mandato del Alma” Y debe de hacer lo posible por escucharlo, y que por mí no ha de quedar, rechazando la comodidad, los esfuerzos, a veces denodados, el peligro, los infartos, y ese tiempo que como la vida no vuelve más.

El gasto es grande, ya que mi hijo Bruno, el mayor, que ya estuvo conmigo en el Everest en 1990 por el Tíbet y en 1992 por Nepal, que fue el primero que acudió en mi auxilio cuando sufrí el colapso cardiaco, también me acompaña. ¿Cómo podría negarme a su petición de acompañarme?

Además del tema dinerario, prosaico pero fundamental, está mi situación cardiaca. Soy un cardiópata crónico al que se le ha instalado un “stent” en la artería principal.

También he sido sometido a una larga intervención para neutralizar arritmias ventriculares, que según los expertos (Clínica  Medicina del Deporte CSD) pudieran ser peligrosas en los grandes esfuerzos  de las altas cotas de la montaña. A favor tengo la recanalización de la artería circumfleja, obstruida en el primer IAM del Everest, y mi constante entrenamiento al esfuerzo a través de la escalada y las ascensiones de montaña.

Quiero que mi expedición sirva a los demás y también a mí. El Everest ya no es aquél misterioso Chomolugma, pero es un verdadero y extraordinario laboratorio para estudiar el cuerpo y también el espíritu.

Para que mi maltrecho corazón sea estudiado, y los especialistas que me acompañan puedan ver en el sitio, reacciones, deduciendo medidas, planteando ideas y efectuando experiencias  que puedan traer más conocimientos médicos para que tantos cardiópatas de España y del mundo se animen a proseguir el apasionante camino de la vida, en el conocimiento pero también en el optimismo.

Y que yo pueda ocuparme a la vez, cuando vaya subiendo, de proseguir mis investigaciones y estudios, del “porqué” de estos mandatos del alma, analizando mis sensaciones y mi conciencia (miedos, nostalgias, alegrías y sufrimientos) y todo ello contándolo a través de www.cesarperezdetudela.com, en la COPE y también espero que en el Diario ABC y en algunos medios más de información.

Es muy posible que me acompañen dos ilustres médicos y un diplomado en enfermería especialista en recuperación cardiaca, con la pretensión de montar una clínica de campaña a 5.500 metros, en el campamento base del Everest, bajo la inmensa Cascada del Glaciar de Khumbu. Allí podrán llevar a cabo muchas observaciones valiosas para la medicina, atendiendo a muchos deportistas, y preocupándose de observar las reacciones y el comportamiento de mi víscera cardiaca y de sus sobresaltos.

Por encima de los 5.000 metro la cuota de oxígeno en sangre disminuye al 50 por ciento. La hipoxia, es decir la falta de oxígeno en la sangre, tiene consecuencias que deterioran y ponen en peligro la vida, aun de personas muy entrenadas, jóvenes y fuertes.

El doctor Botella de Maglia es un médico estudioso de los problemas de la fisiología en las grandes altitudes, que por su condición de notable alpinista ha realizado valiosas experiencias escalando altas montañas. Él dice de forma rotunda:

“¿Cómo es posible que los montañeros vivan durante semanas o meses a gran altitud y hagan esfuerzos físicos considerables, con cifras de oxígeno en sangre inferiores a las de muchos pacientes de la UCI, a quiénes hay que conectar a un respirador?” (Mal de Altura, Desnivel 2002).

El Everest es un inmenso laboratorio para estudiar la viabilidad de la vida. También  es un espléndido lugar para indagar en el misterio de nosotros mismos. La fenomenología, ese método y esa doctrina filosófica que Hüsserl desarrolló, y que fue considerada como lo más destacado del siglo XX, es tratar de analizar el fondo del ser y esa investigación es la que este humilde estudioso y experimentado alpinista querría  realizar en estos largos e incómodos meses llenos de dureza y pasión, escalando las agotadoras aristas hasta llegar, Dios me oiga, hasta la cima y así tratar de brindar para su estudio los arcanos del corazón y también si así  pudieras ser desvelar esos anhelos del alma, que forman parte de lo mejor de nosotros mismos.