Martes, 4 de Noviembre de 2008
Muy pocas veces he podido pensar en mi pasado, siempre preocupado de este futuro que es el permanente presente. Mi vida, en muchos capítulos fascinante, lleva en sí misma un ritmo acelerado, perdiendo el sentido del tiempo…
“Comenzamos la escalada al amanecer y de pronto ya está anocheciendo…” O como lo que decía mi amigo Pinilla: “¡Que pronto se nos ha hecho tarde!”
Entre curiosas y extrañas sensaciones, muchas de ellas ya asimiladas por su reiteración: ruidos, sentimientos de plenitud, alucinaciones, la afanosa búsqueda de la libertad siempre incompatible con la seguridad, el desbocado sendero de los peligros con la euforia ante los grandes paisajes, el estímulo de la imaginación…
De vez en cuando he recordado sucesos de mi vida. Y entonces he sentido el escalofrío del “más allá “, especialmente en el transcurso de mis caídas cómo escalador de montañas. Convendría aclarar que un escalador de montañas o alpinista tiene que ser seguro, firme, mientras que caerse es fracasar, soltarse, ser victima de la improvisación… Yo soy aún hoy todavía un escalador seguro de sí, ¿pero?… En tantos años por la difícil senda he tenido muchas oportunidades y también he caído…
Lo sorprendente para mí es haber sobrevivido. Y esto constituye mi mejor orgullo. Estoy agradecido a la vida, al destino, a Dios, por ser hasta hoy inmortal, yo que nunca pensé vivir tantos años (¿Tantos?). Ni siquiera tenía previsto alcanzar la edad que estos días estoy cumpliendo. Soy un sobreviviente a mis previsiones y a mi destino de alpinista y explorador tantas veces en la penumbra -claroscuro de la vida - de la muerte.
He sido indultado una decena de veces en los más apartados rincones de la Tierra, perdonado “in extremis”, ya muerto, mientras otros espléndidos compañeros míos dejaron la vida en el pasado a la menor oportunidad, quedándose sobre las quebradas o los glaciares… Por decisión de lo Alto, por causalidad o simple azar, he sobre vivido a mortales avalanchas de nieve �
(Cotopaxi… Annapurna…) extravíos y alucinaciones de varios días en la altitud (Aconcagua 1970… Islas Sethland de Antártida 1982) explosiones de volcanes ( volcán Sangay 1980…) agotamientos extremos e infartos en la las alturas (Aconcagua tercera ascensión 1986, Everest 1992 y Gulak Kangri en1998…) Golpes y caídas (vuelo parapente en la Najarra 2007)…
Pero sobre todo lo que a mí cómo explorador de montañas y alpinista me tiene impresionado han sido mis caídas, en la que tu mismo te recluyes en el fin, lo aceptas…: “esto es ya mi fin…” A medida que te acercas a la muerte vas perdiendo el miedo a ella… “Al aprender a conocer la muerte aprendí a conocer algo la vida “ Entre la enorme agitación nerviosa, evitando el dolor físico de los fuertes golpes… en la caída… incrementándose la actividad cerebral… iluminándose un ámbito nuevo, antes desconocido de posibilidades en el conocimiento ( pensamientos inconclusos y peligrosos, más allá del mundo de las experiencias normales, sensación de estar fuera del propio cuerpo, verte desde otra perspectiva a ti mismo cayendo… siendo espectador de tu propio drama además de protagonista… como si el espíritu se ampliase en una permanente aceleración) Después llega el silencio, el fin la paz tras la liberación de adrenalina.
He vivido las experiencias subjetivas de mi propia muerte en las siguientes páginas:
En 1969 escalando la pared norte del Eiger, entonces la más difícil y temida montaña de la Tierra. Viví el límite de fuerza y resistencia llegando al final. Caí… Y cuando ya no esperaba nada quedé colgado de la única clavija existente, un pequeño sacacorchos “stubai” que resistió milagrosamente. Perdí el recuerdo de las veinte y cuatro horas sucesivas vividas con enorme intensidad escalando a la desesperada por la “Rampa”, (vivac) y “Fisuras delicadas” hasta la “Travesía de los dioses“. Todavía hoy no he podido reencontrarme con aquellos registros mentales…
Dos o tres días después descendiendo de la montaña estuve doce horas viendo alucinaciones y viviendo situaciones dramáticas distintas a la realidad, tanto en la montaña cómo en la Kleine Scheidegg.
En 1971 descendiendo del Monte Olivia en la Tierra del Fuego me confié y descuidé mi seguridad, cayendo por un “couloir” de hielo más de trescientos metros (parte superior de la montaña) yendo a quedar mi cuerpo maltrecho y sin sentido al borde del precipicio rocoso. Hasta perder el conocimiento fui gritando de terror, implorando, viendo escenas de mi vida, notando los terribles golpes…
Algunas caídas en tiempos juveniles, cómo la de la norte del Cocodrilo (Pedriza 1958) colgado de una cuerda de cáñamo tras una quincena de metros extraplomados, sintiendo la profunda desvitalización y un miedo atroz a seguir escalando…
O en el glaciar de la Blaitiere (Cuarenta metros de caída, Chamonix 1960, con M. Angel Herrero) retirándonos de la vía de los británicos, una de las entonces más difíciles escaladas de los Alpes.
También en el Tercer Hermanito del Circo de Gredos me sorprendí después de haber caído rompiendo los seguros, reteniendo la cuerda mi compañero Moises Castaño, mientras hacíamos la primera escalada invernal de la vía Rivas en 1963. Miedo y extrema sorpresa…
El miedo no paraliza, aumentando la actividad cerebral, perdiéndose el sentido del tiempo, entre pensamientos fantásticos y argumentos novelescos del inconsciente…
4 de Noviembre, 2008 a las 19:41
¡Qué maravilla! Me siento identificado con sus pensamientos y descripción del miedo. A mí me das más miedo cuando pienso días después la locura que acabo de realizar en la montaña, que cuando he cometido la imprudencia. Y es que en verdad lo que a mí me atrae de la montaña son las experiencias que no puedes vivir en ningún otro sitio. Y siempren mercen la pena. Filosofía-montaña-vida, son todo uno.
Un Saludo Don César y gracias por su texto.
5 de Noviembre, 2008 a las 19:56
Gracias a ti por leer mis escritos. Te deseo como siempre la mejor suerte y la maxima felicidad. CP de Tudela
23 de Enero, 2009 a las 10:43
Sr. César, creo que necesita escribir más sobre los siniestros que Ud y personas allegadas han padecido en las montañas, con más detalle, vaciarse y, si es necesario, ofrecer la otra mejilla, como ha hecho en su artículo reciente sobre los improperios que le lanzó Umbral.
Me encanta su pensamiento; Usted ha conseguido hacer de la escalada un instrumento para desarrollar el alma.
Un abrazo.
Jorge Benaul