Cada vez tengo menos tiempo y por ello cada día doy más valor al tiempo. Lo valoro mucho más porque me queda menos.

 Y debo de hacer todo aquello que considero importante para mí y para otros: Viajar, explorar, escalar montañas y contarlo, que es precisamente lo que tiende a sobreponerse en la vida y a sobrevivirnos: escribir libros repletos de mensajes según experiencias y convicciones.
Por ello estoy satisfecho de haber tenido la oportunidad de “crear” la figura literaria del “barón de Cotopaxi”, mi otro “yo”, mi personaje ideal a diferencia de mi persona real tan limitada.

 Mi personaje, el barón de Cotopaxi, seguirá mis pasos recorriendo los grandes paisajes de la Tierra, los que propiciaron una sensibilidad cultural basada en sus religiones y en sus mitos… emprendiendo viajes que entrañaran  “aventuras”, y en el desarrollo de éstas, el barón irá dejando “impronta” de su forma de ser, de sus principios y sus ideas basadas en el respeto, la convivencia el valor y la singularidad.

 También sé que debo saber mantenerme a la altura media de mi nombre, que ha podido sobrevivir casi milagrosamente, igual que mi persona física, a lo largo de más de cincuenta años de contemporaneidad, entre los vaivenes de las ideologías imperantes, entre la marejada de modas, superando situaciones sociales y convicciones cambiantes, para en definitiva seguir siendo fiel a uno mismo y a sus convicciones. Y colaborar por ello con la sociedad actual mediante conferencias o programas - la radio es la palabra, de donde surge la escritura: la mejor forma de expresión, la más pura y sencilla, la más difícil quizás.

 Recuerdo de vez en cuando, cuando me siento inútil, la exposición de motivos, por las que La Maison Royale D`Anjou de Naples, me concedió el título de Barón de Cotopaxi, otorgado en su secular exilio en Londres, 1985, y que yo estimo como una singular cortesía:

 “En reconocimiento por vuestros méritos excepcionales como explorador de renombre mundial, gran viajero, y divulgador de paisajes lejanos y de formas de vida exóticas por todo el mundo y durante un cuarto de siglo, en el curso del cual vuestras exploraciones y escaladas han dado a la juventud un nuevo sentido de amor a la naturaleza y a la paz, y muy especialmente en recuerdo de vuestra exploración al volcán más alto en actividad del mundo, en la que los hombres han descendido por primera vez al fondo de su cráter, y teniendo en cuenta otros servicios rendidos por vos a nuestra casa.
 Es de nuestra voluntad integraros…”

Cesar Pérez de Tudela

Cesar Pérez de Tudela

Pero el tiempo me abruma. Tengo diseñados en la mente tres o cuatro libros que debo escribir con la tranquilidad que se requiere, alternando lo “intelectual” con la “acción” de la “aventura”, cansando mi energía -más espiritual que física- viajando por aquellos paisajes lejanos, difíciles y peligrosos, que son las montañas, en Siberia, en el Sahara, o en el Amazonas; y fundamentalmente realizando mi Proyecto Trece Volcanes” para alzarme sobre su cima, aunque su cráter se encuentre en actividad, y estos estén situados en las regiones más remotas de la Tierra: Antártida, Ártico, Oriente, Occidente. Quizás ya sea bastante. En esas expediciones y viajes tendré, una vez más la inigualable experiencia de vivir sensaciones de profunda congoja, alegría, responsabilidad, valor, nostalgia, respeto, cansancio… Y todo antes de que la vida se extinga, me refiero a la vida física. La otra quedará escrita en los libros de la ilusión, como estos primeros de la serie del barón de Cotopaxi: “El Lama Milarepa”, o “Camino de Karibú” en el Ártico.

 Se bien lo que ya no haré. No perseguiré la fama efímera, ni me dejaré seducir por tentadoras ofertas de negocios, no me adentraré en el proceloso y superficial mundo de la política. Tampoco me dedicaré a la abogacía -en la defensa o acusación- para lo que me preparé durante varios años de mi vida. No tengo tiempo y pienso sin modestia que la sociedad habrá perdido un abogado con honestidad y capacidad de argumentación jurídica fundada más en el conocimiento del alma de los humanos, que en las argucias y técnicas del Derecho. No tengo tiempo. Y ello implica seleccionar bien lo que se quiere y se debe de hacer.

 Sé la importancia de la palabra, la que si no se olvida incide indeleble en el espíritu. Los escritos permanecen si llegan a constituirse en la pequeña arquitectura de los libros. El género literario y periodístico del artículo, uno de los más bellos de la comunicación, está condenado a morir fuera de la efímera actualidad por grande que sea su difusión, igual que el reportaje.

 Solo el libro resiste los vaivenes del paso del tiempo y sobrevive a los años y a las épocas. El artículo, el comentario, la crónica son modalidades para la gloria pasajera, pero no para el futuro.

Y el que estas confesiones escribe cree más en lo que vendrá que en el presente real.

 La vida es breve. Y sin embargo ¿quién podía pensar que la mía podría ser tan larga? Envuelto siempre en riesgos asumidos y buscados, que incluso ahora al revivirlos escribiendo los cuentos verdaderos de mis andanzas, solo recordarlos me producen escalofríos de temor junto a la inmensa alegría de haberlos superado.
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 “Confesiones del barón de Cotopaxi, mi personaje ideal”