Había aceptado conducir a la cima del Mont Blanc, la montaña más alta de los Alpes y también de Europa (Ahora dicen los geógrafos que es el Elbrus, en el Caucaso, entre Georgia y el oeste de Turquía) a mi amigo Jules Stewart, periodista inglés y a Alessio Altichieri, el corresponsal del “Corriere della Sera” en Londres.

Guiarles hasta la cima era un buen pretexto para entrenarme volviendo a la montaña de mi juventud, ejercitando el esfuerzo, dominando la debilidad, superando la comodidad, sintiendo el frío y el cansancio tan importante para seguir completamente vivo.

Volver a la cima del Mont Blanc, la gran montaña, para proseguir mis entrenamientos pensando en el Everest de la próxima primavera, no dejaba de ser otro reto de la vida.

La subida al Mont Blanc resultó dura y cansada, como es normal, con una ventisca casi insoportable en la arista final, en la que aseguré con fuerza a mi compañero dispuesto a saltar al lado contrario, si caía empujado por las fuertes ráfagas de viento.

La ascensión fue un precioso éxito y mi compañero Altichieri me ha dedicado un inesperado y elogioso artículo en el “Corriere della Sera”.

El Mont Blanc, siendo una montaña importante es poco comparado con tantas otras, pero suficiente para que este veterano guía de las montañas viviera con intensidad momentos estelares, y en ellos prometí ser mejor, pedir perdón a mis deudores, hacer examen de conciencia (pura fenomenología de Hüsserl) ¿La conciencia está relacionada con la vivencia?.

Debería seguir pidiendo protección a Dios, reflexionando sobre mis congojas ante la expedición al Everest, rogando por dominar los miedos que cercan más a quiénes somos mayores y jóvenes al mismo tiempo. Tendría que solicitar ayuda para mis próximos: hijos, hijos demis hijos, amigos, desconocidos en difíciles trances… Lo cierto es que subiendo al Mont Blanc, trepando por los altos precipicios rocosos y nevados del Dome du Gouter, prometí un nuevo peregrinaje al Valle de los Caídos desde la puerta de entrada a la Basílica como los antiguos peregrinos….

Y así fue. Llamé a Manuel, el atento amigo y director de la hospedería para que avisase al control de seguridad a la entrada y pudiera dejar el coche. Y me trasladé al Valle.

Aparqué el coche y me convertí en un caminante.

Al despojarme también de los zapatos y calcetines quedé reducido a casi un desvalido que le costaba andar el camino.

No tenía ante mí una montaña vertical, pero tenía 6/7 kilómetros de carretera cuesta arriba… Las primeras piedrecitas, casi invisibles, se me clavaron en las plantas de los pies, muy sensibles, aunque hayan pasado casi cuarenta años de unas graves congelaciones en las que estuvieron muy próximos a cortarme los pies y que por ventura pude evitar en el último momento, tras mi escalada de la pared norte del Eiger, entonces la escalada más trágica y peligrosa de la Tierra.

Caminaba contento midiendo bien los pasos, para darlos con suavidad, tratando de evitar todo cuanto se acumula en los arcenes o laterales que los coches apartan a su paso, y que suelen ser minúsculas “chinas” que se clavan como púas en los pies del peregrino.

Entre grito y grito fui repasando esa conciencia, que es memoria, y que pudiera ser el umbral del alma.

Me acordé de esto y de aquello… Me describí a mi mismo mis temores… Traté de analizar las peligrosas situaciones vividas y las que pudieran quedar por vivirse, con intención, descubriendo mis culpas y mis pecados.

Rogué a lo Alto una y otra vez, repasando cada uno de los aconteceres de mi vida azarosa y fascinante, de los que me acordaba, próximos y lejanos….

Di a Dios las gracias por haberme salvado muchas veces, repitiéndome:

“¿Qué sería yo sin la ayuda de Dios en tantos momentos limite que singularmente he podido superar?”.

“¿Cómo una persona tan discreta en lo físico y en lo mental podía haber salido bien de tantas y tan difíciles aventuras?

Grité solo algunas veces, cuando el dolor se me escapaba.

Se hizo corta la primera parte del camino; y cuando crucé el puente miré a la inmensa cruz y pensé:

“Hay que tener mucha fe para construir una cruz tan grande”.

Los tres últimos kilómetros fueron muy largos para unos pies cansados, helados y sufridos por tantos kilómetros de vida, en esfuerzos de montañas lejanas, verticales y difíciles…en la superación de los obstáculos llanos de cada día….

No me había encontrado a nadie en el camino cuando con torpeza y cansancio iba subiendo las recias escalinatas que conducen a la inmensa meseta de piedra por la que se entra en la Basílica, viviendo una jornada excelsa, analizando mis vivencias, criticando mis errores y mirando las montañas.

Fue entonces cuando me di cuenta de que aquél inmenso recinto era un lugar inigualable para la oración, esa plegaria que surge del fondo de la conciencia para purificar el alma, que es nuestro enlace y nuestra esperanza en el más allá.

Pura fenomenología -epistemología fenomenológica- una forma filosófica de denominar a la oración. Casi una ciencia de las esencias, una ciencia de la conciencia.

Husserl convirtió la fenomenología en metafísica.

Y junto a la memoria del gran filósofo, maestro de Heidegger recordé también aquello de: “Examen de conciencia, dolor de corazón y propósito de enmienda…”.

*César Pérez de Tudela es guía de alta montaña y explorador
También es abogado y Doctor en C. de la Información. De la Real Academia de Doctores de España.