A este explorador alpino que les escribe le preguntan muchas veces la edad que tiene. Y él, es decir yo, no suelo contestar. No quiero decir la edad que tengo. ¿Acaso debo saberlo? ¿Verdaderamente estoy en la edad que consta legalmente en el Registro Civil? ¿O es que mi edad verdadera, la de los años, no corresponde con mi cronología vital?.

Lo cierto es que ni yo mismo no puedo asumir mi edad. No estoy instalado en ella. No debo mentir diciendo a los demás que tengo una edad que no me corresponde. Y que conste qué no pretendo rebajar mis años por una vana presunción. Creo que hay en ello razones más profundas.
Las actividades que realizo son eminentemente propias de la juventud.

Escalo montañas difíciles y aún peligrosas, me deslizo por la nieve con velocidad, sobre los esquíes, por arriesgados ventisqueros, me alzo sobre altas y difíciles cimas en apartados rincones de la Tierra. A veces soy el primero en volar colgado de un liviano de montañas lejanas. Aguanto tormentas violentas durante días y noches en sitios que a casi todos les parecerían insoportables.

A esta edad confusa y juvenil en la que me hallo no he renunciado a nada. Ni a peligros, ni a hondos cansancios, ni a las profundas alegrías, ni al imprescindible sufrimiento que la intensa vida exige. Dicen que Goethe mantuvo su alma de adolescente hasta su muerte, y que eso les ocurre a las gentes de mentalidad poética.¿Será cierto? Me encuentro maravillosamente vivo, aunque la biología nunca pueda ocultar el paso ineludible de los años. El constante entrenamiento físico al que someto a mi cuerpo hace que se mantenga firme mi agilidad y fuerte el músculo. Mi voluntad –imprescindible para ejercer la vida- la conservo intacta. Con frecuencia asumo que la necesaria ante las aventuras por la geografía de la Tierra entraña un profundo sufrimiento, pero también he aprendido a saber que el sufrimiento es vida y qué este nos acerca a nuestro autentico . Estoy acercándome a la y ello me produce admiración y respeto por mi mismo. Soy feliz en el constante esfuerzo. Cuando me retrotraigo en los recuerdos veo que he podido a tantas desgracias, y superar tantos reveses de la vida, y me sorprendo al comprobar cómo pude alzarme sobre la cuando otros muchos, con menos motivos perecieron de cansancio, de frío, o de caída…

Confieso humildemente que he tenido mucha suerte para no morir y también, especialmente, para no hacerme . La fortuna me tentó y muchas veces estuve muy cerca de poseerla, pero supe sobreponerme y nunca alcancé la del dinero, al que solo di su valor relativo, sabiendo que podría distraerme y alejarme de la verdadera sustancia (qué es ser lo que quisieras ser)

Hoy puedo decir como una vez dijo ante Lope de Vega el capitán Contreras, el aventurero de los Tercios de Flandes: “He vivido situaciones que vuestras mercedes no podrían ni siquiera imaginar”. Eso es lo que me llena de orgullo y espero que nunca de soberbia.

En los últimos años, después de un duro infarto escalando el Everest, pensé que tendría que regresar a mi profesión de abogado o me vería obligado a ejercer mis modestos conocimientos preparando temas de mi especialidad como profesor universitario, pero una vez más pude evadirme y superar esa realidad, y así continuar mi azarosa y fascinante existencia de siempre.

¿Estoy efectivamente cumpliendo mi destino?.

Cada día que pasa tengo más peticiones de conferencias, de asistencia a seminarios, de ofertas de viajes para contar reflexiones y experiencias de mis frecuentes expediciones, compromisos visitando regiones y montañas de este planeta, promocionando lugares y países, y escribiendo libros para dejar algo de mi impronta a los demás.

Pero ya se distinguidos lectores que a muchos de ustedes les interesan mayormente otros temas o más cercanos a la normalidad, más sencillos y también más materiales. He de confesarles que mi vida siempre buscó la y el como ejercicio y concedió menos valoración a otros cometidos que se consideran más prosaicos, como el amor terrenal, qué obsesiona a los hombres hasta mantenerles encerrados en la cárcel del sexo hasta pasados los . Y aunque el amor en su amplio significado sea también espiritual tiene una gran dimensión o componente libidinoso y concupiscente. Yo de estos temas nunca escribo por el carácter íntimo que entrañan. Y solo debo decir como Machado que ame cuanto en había de y que es evidente que nunca fui un ni tampoco un . Mi vida está transcurriendo entre expediciones, montañas y aventuras, o en pequeños escenarios contando a la gente mis emociones de explorador-pensador. Esto es así hasta el punto de empezar a darme cuenta que soy más espíritu que corporeidad, como decía Yupanqui: -“Por fuera nada parezco por dentro tal vez que si”.

-Todo eso está muy bien Tudela.¿Pero qué ha sacado usted de tantas aventuras? ¿Cómo le han ido los amores? ¿Es que no ha tenido amores clandestinos?

- Bueno…bueno…Hay temas que es mejor no empezar a contar. Además ha de saber usted que mi persona no incita al pecado y nunca tengo tiempo…disponible para estos menesteres.

Hace años que creé a mi personaje ideal: el barón de Cotopaxi, el protagonista de algunos de mis libros juveniles, y este caballero no ha tenido hasta ahora ningún tipo de aventuras de esta índole. No sé si a mi , en el trascurso de alguna expedición próxima, le pueda surgir alguna tentación de este género, o alguna ocasión propicia que efectivamente haga factible esta pretensión o fantasía que hasta los mismos místicos pueden llevar en su imaginación. Tampoco este explorador- periodista supo nunca aprovechar momentos propicios en los sucesos de su dilatada vida, como cuando era enviado especial en la guerra del Vietnam (en las guerras el temor a morir suele aproximar el amor entre los distintos) o en otras confrontaciones bélicas y humanas.

Así que vamos a dejar ya esta crónica.

Y hasta es posible que en las próximas entregas, mi personaje, el barón de Cotopaxi -que no yo- pueda contarles con lenguaje elegante y nunca vulgar alguna aventura amorosa que a él puedan haberle sucedido en el transcurso de sus fantásticas aventuras y viajes por la Tierra, también en esta edad confusa y algo avanzada en la que podamos encontrarnos. ¡Hasta entonces!