Todos declinamos un poco en nuestra actividad, pero no tanto en nuestras ilusiones.

Acabo de volver del volcán Ararat, montaña que he podio escalar por su larga vertiente norte por primera vez en la historia. En estos últimos tiempos, desde 1992, año en el que tuve un infarto escalando el Everest, en lo alto de Khumbu, he tenido la fortuna de realizar decenas de expediciones, con numerosas escaladas y ascensiones deseadas en diferentes montañas de la Tierra. Y si Dios me lo permitiera todavía querría encontrarme en lo alto del Puntiagudo, del Robson, del Erebus antártico, otra vez más en las cimas incomparables del Mont Blanc y del Cervino, y aún sabiendo el peligro que para mi vida pueda representar, es muy posible que intente el sueño de alcanzar la cima del Kangchenjunga, la montaña más grandiosa y salvaje del Himalaya, o del Everest también llamado Qomolangma, la mas alta de la Tierra, aunque este tipo de actividad se escape del horizonte de mi generación.

almanzor

Si estos sueños, entre tantos otros realizados a lo largo de mi vida, no fueran posibles, seguiré escalando otras rutas y otras montañas para renovar la emoción de la vida y revalidar día a día el sentido de la superación, elevándome sobre el miedo y agradeciendo siempre a Dios la fuerza y el ánimo que nos hace solo por algunos instantes estar orgullosos de nuestra alma.

Cada vez tengo más claro que las cimas son los cervinos de la ilusión, fuente de la juventud permanente. Hasta hoy mismo mi vida me resulta fascinante: soy el que quise ser de niño, cuando la pureza del pensamiento estaba lejos de la materialidad de la existencia. Mis capítulos de vida extrema, en situaciones límites, a veces creo que no tienen parangón en la historia del alpinismo. Ellos me han dado un sentido de paz y de propio reconocimiento, que me tienen instalado perfectamente en el fondo de mi mismo, contento con mi destino de buena y mala suerte al mismo tiempo.

Para completar mi existencia en la permanente búsqueda de la esencia, siempre he tratado de compaginar la actividad trascendente e idealista de la escalada con la elaboración de esos cuadernos de vida y reflexión que son los libros, los que yo busqué tanto y que tanto me ayudaron a intentar encontrar el ser.

En los últimos años he ido creando a mi propio personaje: el barón de Cotopaxi, un caballero lleno de profundas convicciones y virtudes antiguas, un explorador alpinista que recorre el mundo buscando la luz de las cimas para contar sus aventuras al regreso de sus expediciones y así contribuir a neutralizar un poco la materialidad de sociedad actual. Necesito escribir todavía muchos libros. En principio me había propuesto que mi personaje viviría aventuras en las grandes regiones naturales de la Tierra: el Himalaya, el Amazonas, el Artico, y el Sahara, pero no va a ser suficiente. El barón de Cotopaxi será quien escalé todas las cumbres del ideal cuando yo ya no pueda alcanzarlas. Confio mucho en mi personaje literario a quien estimo necesario hoy por su religiosidad, por su sentido del compromiso, y también por su sentido del honor y del valor. Al barón le ocurre a veces como a mi mismo: cuando noto la imperiosa necesidad de agradecer a Dios que me haya permitido superar estas extraordinarias vivencias que los alpinistas tenemos el privilegio de sobrellevar en nuestra alma. A veces cuando me encuentro en la cima de una montaña de la que pretendo bajar volando colgado del parapente y viendo el mundo allá abajo me veo tan débil y desvalido para semejante pretensión, que cuando minutos después estoy en el aire sintiendo los zarandeos del viento no tengo más remedio que reconocer la ayuda de Dios. Y eso me ocurre también en la escalada de cualquier montaña, baja o alta, cuando el miedo a la caída se presenta y miro hacia abajo y los seguros quedan lejos y eres el primero de la cuerda… En esos casos todos tenemos ayuda…, o yo por lo menos así lo llevo notando en los últimos 40 años, desde cuando me libre de la petulancia juvenil. Ahora que soy una tengo siempre muy presente que sin la ayuda de Dios no habría podido sobrevivir tantas veces, ni podría seguir escalando con la dignidad mínima atreviéndome a erigirme en guía de mi propia existencia.<7p>

Deseo que mi barón de Cotopaxi pueda seguir diciendo, como dijo una vez el capitán Alonso de Contreras a Lope de Vega:

“He visto cosas que no podríais ni siquiera imaginar…”

Nosotros los exploradores de montaña no solo las vemos, sino que las vivimos hasta el hondón del alma.