Era 1960 cuando descendía del Bernina, por la arista del Bianco y vi como unos corpulentos guías italianos descendían corriendo, dando cuerda a un joven que gritaba de miedo, resbalándose y cayéndose a cada paso. Los guías se reían mientras aquél joven, que había contratado sus servicios, vivía el horror de unos compañeros desalmados que se mofaban de su torpeza.

Años después, en 1967, descendiendo del Cervino vi un espectáculo parecido. Y hace solo unos años, en el Mont Blanc, y en la Barre des Écrins, presencié el ascenso desacompasado de los guías en relación con las facultades y el entrenamiento de sus compañeros de ascensión, con el fin censurable de agotar al que ha pagado por ir junto a un experto profesional y no culminar así el objetivo, es decir la ascensión, pretextando que sin una forma física a su juicio adecuada no es posible alcanzar la cumbre sin riesgos. (Siempre trato de evitar el termino vulgar de cliente, que me parece exclusivamente un vocablo mercantil, que a mi juicio desvaloriza la relación humana  que existe en el hecho de la vivencia alpina).

Estos ejemplos que he extraído de mi recuerdo, son ahora cada vez más frecuentes en los Alpes, las montañas por excelencia, en donde es más raro encontrar alpinistas “sin guía”, como ocurría en todas las montañas del mundo, Himalaya incluida, en la segunda mitad del siglo XX.

Cada vez más esta sociedad del bienestar busca la aventura segura, y las máximas facilidades, desvirtuando así la sustancia de la ascensión. Y contrata guías que simplifiquen el camino y aseguren la ascensión, hasta para hacer un fácil recorrido por Gredos o los Picos de Urbión. A veces es curioso que unos españoles contraten guías españoles para ir a los Andes, y a su vez se vuelva a contratar otros guías locales
( Bolivia, Perú, Chile etc…) que conozcan bien las rutas y ascensiones.

Cesar

Dentro de unos días volveré al Mont Blanc para acompañar a unos amigos ingleses que quieren ir junto a quién estiman más experto y pueda asegurarles en la arista final de la vía normal francesa. No desean tener ninguna relación con los guías de la montaña francesa en la que hay extraordinarios profesionales, pero también otros quizás no menos numerosos que trataran de agotarles para no concluir la ascensión tras haber cobrado sus honorarios, sin honor, como otras veces les ha ocurrido.

Creo que los guías de montaña españoles, en la vanguardia de la formación técnica, están por encima de ese egoísmo oportunista que tanto desvirtúa la mítica literatura sobre los guías alpinos. Los españoles, más recientes en el ejercicio de esta profesión, tienen más ilusión por el desempeño de su función, la que efectúan amistosamente, simpatizando y ayudando a los que pronto consideraran amigos. Quizás sean ventajas de nuestra famosa psicología meridional.

El alpinismo, guiado o no, es un curioso equilibrio de ritmos y facultades. Hay que llegar a la hora adecuada a la cima para poder descender con diligencia, pero también es necesario mirar el paisaje, vivir la experiencia, esperar a quien está cansado, dar facilidades a esos amigos ocasionales, ser en si un guía competente sin necesidad permanente de la velocidad y el record, para al fin ejercer una profesión con dignidad y maestría ganándose la retribución justa, o en muchos casos infringir la ética fundamental del comportamiento profesional y casi incurrir en una nueva figura delictiva del código penal.

www.cesarperezdetudela.com. Guía de alta montaña. Explorador y periodista