A mi la gente me pregunta con muchas frecuencia en estos días:
-¿Qué opina de tantas hazañas en el Himalaya?
-¿Qué le parece Edurne Pasaban? ¿ Y de la muerte de Iñaki Ochoa de Olza?

Para mi las contestaciones no son fáciles. Deben ser ajustadas a mi experiencia y a mis conocimientos. Suelo contestar que Edurne es una gran deportista y que su carrera ochomilista es admirable. Respecto a Ochoa de Olza también tengo palabras de sentimiento y admiración.

Pero he de decirles a ustedes que el tema no es en verdad tan claro. Los que hemos vivido en otros tiempos, complicamos el tema al establecer inevitablemente parámetros comparativos.

Antes nadie era alpinista profesional. Todos éramos anhelantes alpinistas que teníamos que trabajar, estudiar y ejercitar otros cometidos sociales, dejando las montañas para nuestras vacaciones y días libres, que procurábamos ampliar lo más posible. Los grandes alpinistas eran tapiceros, oficinistas, médicos, profesores, mecánicos o catedráticos.

El Himalaya no estaba al alcance de nuestros presupuestos y solo se preparaba alguna que otra expedición subvencionada por los poderes públicos. Mientras los que querían ser los “mejores” emprendían difíciles escaladas en los Pirineos, en los Alpes o incluso en los lejanos Andes. Las montañas eran un terreno en el que tú mismo tenías que saber buscar el camino, en el que no contabas con ayuda alguna y en el que solo tú deberías escalar y resolver los difíciles tramos de la ascensión. Esa era precisamente la esencia del juego vivificador. Y las grandes paredes encerraban grandes dificultades y peligros; en la que se estaba solo.

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Ahora si se puede ser alpinista profesional. Yo fui el primero, o uno de los primeros, que vivió del alpinismo o más bien de sus derivados: conferencias, escritos y reportajes de las escaladas y expediciones realizadas, programas de radio y televisión, aunque nunca de ejercer mi querido titulo y oficio de guía de alta montaña, lo que ahora, casi treinta o cuarenta años después, realizó con instituciones y empresas, y con amigos a los que ayudo a llegar a las cumbres.

En los tiempos actuales muchos jóvenes que son grandes montañeros dejan sus estudios, u otras dedicaciones, para dedicarse por completo al alpinismo, frecuentemente en el Himalaya, en donde residen la mitad del año, logrando así lo que es fundamental: la aclimatación a las alturas, lo que no evita siempre los temidos edemas (cerebral o pulmonar) ni otros peligros de la altitud.

¿El ochomilismo es un caro y duro turismo?

Los medios que existen son evidentes: helicópteros para llegar a los campamentos bases o para irse de ellos, ayuda y colaboración de los sherpas, transformados ahora en cualificados guías del Himalaya, emprendiéndose así “la moda” de subir una a una a las montañas de 8.000 metros, lo que antes era impensable y que ahora tiene mucho de repetitivo: esperar pacientemente, aclimatarse, subir y establecer campamentos altos, para esperar otro periodo de buen tiempo y llegar a la cima si la suerte te acompaña y has podido mantener la salud viviendo en la precariedad de los campamentos. ¿Es una forma de destacar y encontrar la fama?

Pero para ello se precisan por encima de todo, fundamentalmente dos circunstancias que están por completo al margen del alpinismo o de la valía personal y de sus méritos:

- Disponer de mucho dinero… y de mucho tiempo…

Por todo lo expuesto no se, si debo respetar o admirar más a los representantes del pasado o a los del presente. ¿Cuáles son más meritorios y dignos de admiración?

Existen otros casos muy frecuentes. La moda del himalayismo ha ido creando una serie de eslabones que han establecido facilidades para subir a las altas cimas:
agencias que se encargan de todos los trámites: alimentación, tiendas, campamentos, guía hasta la base de la montaña, y ese sherpa fundamental que te ayuda lo indecible para ganarse la gratificación de la cumbre, y sin el cual, la mayor parte de las veces los candidatos, no siempre expertos alpinistas, no pasarían del campamento base. Esto es lo que debió tener en cuenta Messner para decir, que ahora el himalayismo de los 8.000 metros, era simplemente “turismo”.

Yo he de añadir para tratar de ser justos que es un caro turismo que además de duro es peligroso, y que se realiza gracias a las facilidades que la moda lleva implícitas.

Por supuesto que existen montañas que todavía son muy poco accesibles, (todas las montañas son duras y difíciles por principio) entre las que hay que incluir al K2, al Kangchenjunga y desde luego al Annapurna por su peligrosidad adicional.

Por ello creo honradamente que el alpinismo del pasado fue más ejemplar y completo, y desde luego superior a este que ahora llega no sin pena, pero si que con gloria a los 8.000 metros.

El alpinismo del pasado, quizás es el verdadero, el que también hoy día se continua realizando sin que nadie repare en ello, ni salga en los medios, ni sean famosos sus protagonistas.

He visto como Jesús Calleja, un simpático viajero que domina los medios de información, ha ido subiendo montañas, narrando sus aventuras con sencillez y gracia. Ha subido al peligroso volcán Sangay; Su crónica me recordó que allí estuve yo hace 30 años y explotó el volcán conmigo dentro; también estaba conmigo mi compañero el ecuatoriano Chiriboga. Ambos nos salvamos milagrosamente gracias a mi destino, por lo que se lo agradezco a Dios ( “Horizontes Verticales” Mondadori 1980)

Cuando oigo a Juanito Oiarzabal hablar del Himalaya, de lo que sabe mucho y especialmente de forma extraordinaria de montañas de 8.000 metros ( Ha subido 22) tiene toda la razón. Y no está, creo, en desacuerdo con mis planteamientos.

Yo, y perdóneseme por citarme a mi mismo pero soy mi propia referencia, estuve solo en el Annapurna en 1974, hace 34 años y tarde casi veinte días en llegar al campamento base del Annapurna; nadie conocía el camino, y yo tenía que ir investigando el terreno con el libro de Lionel Terray, hasta que encontré su paso por las Nilgiris y el collado del Tulibugi. Hoy en día Edurne Pasaban, Vallejo, Ferrán Latorre y los del “Al filo de lo imposible” llegan y se van en helicóptero, que no es lo mismo. Nada es igual, y esto hay que saber valorarlo para enjuiciar con la mayor justeza posible el fenómeno deportivo actual en el Himalaya y no crear falsos optimismos.

Morir en el Himalaya o en cualquier montaña, es un capítulo triste, aunque dicen que la muerte en las alturas, sea las que fuere, engrandece el recuerdo del que así evita la vejez, una de las tristezas de la existencia si se llega a la fatal ancianidad.

La Marcha de HILTI en Guadarrama.

Ayer estuve caminando por la sierra del Guadarrama con un numeroso grupo de jóvenes empleados de HILTI, una empresa que por lo que yo podía conocer, estaba bien gestionada y mantenía un cordial ambiente social, en la que mi amigo Angel Olaya vertía su sólida formación como directivo.
La Marcha social, quizás la novena o décima, que yo acompañaba subiendo a las cimas de nuestra sierra, partía en esta ocasión del Puerto de Navacerrada, para subir a la Bola del Mundo (Alto de Guarramillas) descendiendo al Collado del Piornal para alcanzar la cima de la Maliciosa.

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Un infarto subiendo a la Maliciosa

Llegando a la cima nos encontramos a un señor que se quejaba de un dolor intenso en el pecho. Yo le dije que se abrigara, que respirara con mucha frecuencia y que con ayuda fuera bajando hacia el collado del Piornal, sitio adecuado para poder ser evacuado en un helicóptero.
Seguidamente llamamos, llamé al 112, y muy pronto primero un helicóptero estabilizó vuelo en las proximidades. A los pocos minutos apareció otro helicóptero rojo de los bomberos en el collado que yo les había indicado.

Yo pensé en lo diferente que eran estos tiempos a los que yo había conocido años atrás en las montañas españolas, en las que solo nosotros éramos los que afrontábamos éstas situaciones en dramáticos y agotadores rescates, transportando a los accidentados, a veces sin camillas, utilizando lo que mejor pudiera servirnos. Y no digamos los esfuerzos si el accidente se había producido en una escalada o en una zona de difíciles accesos…

Continuamos la marcha descendiendo hacia la Sierra de los Porrones, bajando directamente al cauce del naciente río Manzanares. Caminando por aquellas veredas una chica joven se lesionó el tobillo, pero el incidente se fue solucionando gracias a que varios compañeros fueron cargando a sus espaldas a la chica, en un admirable ejercicio de compañerismo; no había otra posibilidad ya que allí, en el cauce del Manzanares entre un espeso bosque en inclinada vertiente, no veía yo nada claro que la accidentada pudiera ser evacuada por un helicóptero.
El numeroso grupo llegó contento y satisfecho sin más novedades a Canto Cochino, y la lesionada atendida con diligencia por la Cruz Roja. Los servicios de protección funcionaron en el Guadarrama. Me alegro mucho de ello. En este caso las faltas de medios y las carencias del pasado habían traído la abundancia del presente.

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