Nunca somos quien creemos. Ni posiblemente el que estimamos que los demás pueden creer que somos. Solo somos lo que somos. Y ese es el tema que ahora, hoy, me preocupa.

He vuelto a mi casa sin haber realizado ninguna vivencia digna de ser considerada así, cuando creía que tendría una larga temporada de exigencias y aventuras. Largas caminatas por los inmensos y preciosos parajes del país de los sherpas, subiendo y bajando caminos, entrenando otra vez el cuerpo a los esfuerzos y a la mediana altitud, contemplando stupas, mirando a las cimas que siempre parecen inaccesibles cubiertas por las nubes, parando en los monasterios, girando los molinillos de la oración… La aventura no ha sido posible. O lo que es más cierto, he ido aplazando las peripecias de la lenta ascensión asfixiante y peligrosa al Everest para otros momentos de la vida, posiblemente más favorables.

Lo cierto y únicamente positivo es que he regresado del Himalaya contento de saber que sigo deseando llegar al “anhelo” y de demostrarme otra vez que continuo siendo quién deseo ser. ¿Pero soy quién creo, o solo soy una caricatura de lo querría ser?

No me gustó mi conferencia en la Noche de los Libros

Me he visto en un video que me grabaron para Youtube en DESNIVEL con motivo de la conferencia que pronuncié en la famosa Librería de la plaza de Matute de Madrid sobre Literatura de Montaña.

Vuelo parapente en la Najarra- Cesar Pérez

Y no puedo negar la realidad de mi mismo vista por mí. No me gusta.
Me encontré lento en el hablar, con demasiados balbuceos, excesivamente espontáneo, y a veces critico con realidades incuestionables… No termino casi nunca las frases, posiblemente pensando en las siguientes. Gesticulo demasiado. En esta conferencia cometí un grave error: no la preparé como suelo hacer, al estimar que podía improvisar fácilmente un tema para mi tan próximo ante un auditorio conocido. Y el resultado fue que mantuve un largo monólogo sobre lo que son los libros y lo que a mi juicio debería ser la literatura como comunicación de experiencias, deseos y descripción de situaciones y lugares. No entré en el tema en cuestión, ni comenté las grandes obras literarias que han producido los alpinistas: tales como “La Araña Blanca” de Harrer, “La muerte escala junto a ellos” o “Combates por el Eiger” de Hiebeler, “Estrellas y Borrascas” de Rebufatt, “Los conquistadores de los Inútil” de L. Terray, “Cita con la cumbre” de J. San Sebastián…etc.

Hablé, sí, de mi libro “El Lama Milarepa” como no podía faltar en una conferencia sobre libros de montaña, en la que yo fuera ponente, pero en general fui abstracto sumiéndome en pensamientos complejos e internándome exageradamente en los difíciles vericuetos de la filosofía, confundido ante el escenario en el que me encontraba, mencionando a los grandes personajes del idealismo: Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger, sin olvidarme de Ortega, a quien cité excesivas veces tratando de encontrar respuestas a mis propias preguntas sobre el fundamento del alpinismo en el trascendentalismo idealista, junto a la esencialidad de los poetas metafísicos como Hölderlin y Rilke.

No era ni el momento adecuado, ni el lugar oportuno para exhibiciones filosóficas. Pido disculpas por ello y me recrimino a mi mismo por mi torpeza no exenta de alguna vanidad; pero una vez iniciada la conferencia, sin guión escrito, fui secuestrado y abducido por mis preocupaciones intelectuales en la búsqueda de los motivos verdaderos del “por qué” del gran alpinismo.

No estuve oportuno y debo reconocerlo. El auditorio fue muy amable y generoso, soportando silencioso y atento mi largo monólogo, despreciando las imágenes que tanto ayudan a lograr claridad y amenidad.
Ruego a todos a quiénes asistieron a mi conferencia que no tengan en cuenta la excepcionalidad de mi actuación. Estaba confundido con mis preocupaciones y mis estudios sobre la metafísica del alpinismo, tras un regreso con resultado negativo del Himalaya.

Otro día, posiblemente muy próximo, aún sabiendo la dificultad y el riesgo que entraña el hablar, ese esfuerzo responsable de extraer del interior pensamientos y darles forma, perfilándolos con la palabra, espero que seré mucho menos denso, ganando con ello en amenidad y quizás también en la facilidad de trasmitir el optimismo que los alpinistas, como idealistas, llevamos inserto en nuestra conciencia. Lo prometo solemnemente. No puedo prometer que solo narraré hechos, ya que estoy convencido de la importancia del “decir”. El hombre es esencialmente “dicente” y en ello estriba precisamente el peligro y la responsabilidad del hablar, palabras que son aire estremecido por la emoción y el sentimiento.

Vuelta al aire
Ayer mismo, para no dejar de ser quien quiero seguir siendo, si es que lo soy o lo fui en algún momento, decidí irme al atardecer a subir a la Najarra, el último pico de la Cuerda Larga, cargado con mi pesado parapente. La cuesta se empinaba y nos esforzamos mi compañero Gómez San José y yo para alcanzar la cima. El viento estaba bien orientado y el paisaje radiante, aunque no fuera tan impresionante como los hondos desfiladeros del Dudh Kosi, y tantos otros lugares del Himalaya por donde había transitado solo unos días antes…
Llevába un parapente diseñado especialmente por “Nova” para salir con viento desde cimas altas. ( Lo había llevado al Himalaya).

Salí al aire con un miedo que se transformó en seguida en tensión. Situación que siempre trato de ocultar, pero que siento en mi interior.
Nuevamente, al verme en el aire subiendo más de lo que deseaba, renové mi temor, procurando evitar las zonas en las que las térmicas me ascendían. ¿Y si me mareara? Pensé fugazmente, cuando sentí un brusco vaivén… ¿Y si perdiera el sentido? ¿Era yo valiente? ¿O por lo contrario un ser miedoso en ascenso con el paso de los años?

Volé sumido en el temor, pero haciendo bien las maniobras durante más de media hora, conduciendo aceptablemente la vela de la que colgaba frágilmente ¿Si no era peligrosa mi situación, porqué sentía temor?

El vuelo fue fantástico, mirando hacia la cima ya lejana desde la que había salido al aire, buscando el parapente de mi compañero sin encontrarlo, ya que sin duda estaría esperando el momento oportuno para decidirse a volar.
Fue una bonita experiencia que me devolvió la ilusión, ese frágil y decisivo entusiasmo por la vida. Por fin sobre un campo verde aterricé satisfecho, viendo como mi compañero también tomaba tierra con ese dominio y maestría que a mi, a pesar de tantos vuelos, siempre me falta.

Mañana, cuando termine mis obligaciones volveré a la montaña, posiblemente a escalar en la Pedriza, esa pequeña montaña que nos hace mantenernos fuertes.

Gracias amigos por escuchar mis preocupaciones, prometiéndome intentar superar tantas deficiencias oratorias y especialmente no comparecer nunca sin haber anotado lo que debería decir. Y también prometo esforzarme para alejar el temor, sin olvidarme del peligro.
Cesar Pérez de Tudela.