El próximo, ya inminente día 6 de abril, el domingo, me voy hacia el Himalaya sumido en la confusión.

Tengo todo preparado a lo largo de estos últimos meses: las difíciles gestiones de búsqueda de patrocinios, los equilibrios para dejar los compromisos sociales, la reorganización de una agenda que me permita disponer de tiempo, que es lo único que para mi vale más que el dinero, los entrenamientos, la difícil superación de los temores, las puestas a punto, tras dos intervenciones, de mi corazón gastado en más de cincuenta años de alpinismo por las montañas del mundo. Aprovecho para dar las gracias a la Dra. Boraíta, excelente cardióloga del Instituto de Medicina del Deporte del CSD, así como a sus colaboradores del Clínico: las eminencias de Macaya, Fernández Ortiz, Villacastín y tantos otros excelentes estudiosos del corazón y sus problemas.

Tengo todo dispuesto para partir aceptando la inevitable incomodidad, los esfuerzos físicos de adaptación a la altitud, las asfixiantes marchas, la comida de subsistencia, el frío casi insoportable de la altura…

Pero de pronto llegó la noticia de que China impide el paso a las expediciones al Everest por la vertiente tibetana, supeditándolas todas a la ascensión de sus propios escaladores, nada menos que doscientos cincuenta, los que deberán subir la Antorcha Olímpica hasta la cima del Everest como inicio de los Juegos Olímpicos de Pekín. Las justas reivindicaciones del pueblo tibetano, han ocasionado revueltas y protestas que han producido decenas de muertos, al aprovechar la coyuntura para enviar al mundo sus mensajes sobre la opresión que padecen. China no quiere testigos que cuenten lo que ocurre en el Tíbet, y mucho menos en la ascensión al Everest, el escaparate espectacular de la inauguración de la Olimpiada.

Y también Nepal se encuentra presionada por el poderío de China, con el fin de que también retrase todos los permisos de las expediciones para la ascensión al Everest por la vertiente sur. Esta es la situación.

Me voy al Himalaya, primero a Katmandú, para ver como están las posibilidades sobre el terreno y ver como evoluciona la situación, y segundo para tratar de recorrer caminos altos y subir alguna cima e ir aclimatando mi organismo a la altitud.

Llevo el equipo necesario, y junto a él mi ordenador para tratar de enviar alguna crónica a los amigos y a mi página web: www.cesarperezdetudela.com, que tan eficazmente mantiene R&A Marketing, agradeciéndoles a ellos y a SATLINK, la empresa que tanto ayuda a quiénes quieren seguir comunicados en las lejanías remotas, el Inmarsat y el último teléfono satelital que solo es un pequeño móvil que nada se parece al que llevé hace dieciocho años (el primero que se llevó al Everest) cuya antena pesaba 70 kilos. Los tiempos han cambiado y ahora todo es más fácil, aunque quizás no del todo para mi.

Me acompaña mi hijo Bruno que estuvo conmigo en las dos expediciones anteriores al Everest, la de 1990 y la 1992, organizadas por la Universidad Complutense de Madrid, animadas por el genio de Gustavo Villapalos. Ambas desgraciadamente fueron infructuosas.

La de 1990 fue una tragedia; cinco de sus componentes, todos extraordinarios jóvenes llenos de entusiasmo y precipitación, cayeron desde lo alto del Collado Norte; tres desaparecieron en el glaciar.
En la expedición de 1992 fui yo el que estuvo a punto de morir al sufrir un infarto. Pude sobrevivir gracias a que se organizó un generoso rescate entre las expediciones de Galicia, la del Ejército y Al filo de lo Imposible y la de mis propios compañeros que me rescataron del peligroso glaciar de Khumbu. Bruno fue el primero que llegó y que en esta ocasión no quiere perderse la aventura de volver a intentar estar junto a mi en la cima de la Tierra.

Mi reconocimiento a todos ellos que me han regalado diecisiete años de vida intensa: con espléndidas escaladas y ascensiones en todas las latitudes de la Tierra, preciosos vuelos en parapente, habiendo podido escribir en estos años algunos libros de los que me siento orgulloso y de haber podido pronunciar algunas inspiradas conferencias. Gracias a todos ellos.

Así están mis tribulaciones, bajo la amenaza real de no tener posibilidad de iniciar la ascensión del Everest (para mi el Qomolagma)

Si así fuera aprovecharía mi estancia en el Himalaya para continuar mis entrenamientos y para dejar firme constancia de mi decisión de volver, quedando aplazada mi tentativa. Quizás no me venga mal esperar unos meses más.

En cualquier caso llevaré, como siempre, unas pequeñas banderas: la de España, la de la Comunidad de Madrid y la de Torrelodones, las instituciones que me han ayudado. Y que no sea solo China, quien exhiba sus símbolos.