Mi personaje ideal, el barón de Cotopaxi, un poco el que yo quisiera haber sido y que hasta cierto punto soy, en una de sus extraordinarias aventuras confesó haber visto al yeti, en el bosque de Lete, del Kali Gandaki, en Nepal, un atardecer del postmonzón de 1973, cuando había fracasado en su intento solitario en la ascensión del Annapurna y estaba refugiado en la pequeña aldea de Chhoya ( Ver el libro Cinco Montañas Solo” de Desnivel y “El Lama Milarepa” de Belacqua).

Varios años antes yo había investigado sobre el yeti en mis primeros viajes por el Himalaya, preguntando a las gentes en las aldeas, a los porteadores-coolies y sherpas, a los santones y peregrinos, recibiendo curiosas y valiosas informaciones. También fui recogiendo las viejas leyendas sherpas que contaban (no tienen escritura) como habían matado a numerosos familias de yetis en el Himalaya, por cuestiones de conflicto de territorio, al ocupar las laderas sureñas, bajo el Everest, cuando llegaron procedentes del Tíbet, en las migraciones que tuvieron lugar en las llamadas “Pequeñas Glaciaciones”, dando lugar a las tribus sherpas.
Por otro lado recopilé cuantos datos encontré sobre el yeti, publicándolos en mis libros “Por los techos del Mundo” de editorial Doncel y en los relatos juveniles editados por Edelvives, colección Ala Delta, en el libro “Yo vi al Yeti”, una casi completa relación de los estudiosos occidentales, universitarios, biólogos y expedicionarios que habían visto vestigios, huellas o incluso al mismo misterioso homínido del Himalaya `personalmente.

Así estaba el tema. Y creo, sin ninguna presunción, que soy uno de los exploradores de montaña que más ha estudiado, escrito y publicado sobre este misterioso personaje. La visión del barón de Cotopaxi, que coincide con la mía y que se relata en los libros mencionados, fue creando una cierta curiosidad en distintos medios de información, habiendo mi persona requerida para ser entrevistada, especialmente en radio y televisión, en programas diversos, unos más serios y otros menos; y también en distintas publicaciones y revistas como Enigmas, Más Allá, Nuevo Milenio de Iker Jiménez, programas de televisión de Javier Sierra, Serdá, etc…)
Nunca tuve ningún especial interés en narrar mis investigaciones y experiencias respecto al yeti, ya que en mi larga vida de explorador de montañas me han ocurrido sucesos que estimo de mayor trascendencia e interés metafísico. Y he de confesar, que ciertamente me he sentido incómodo ante las expresiones y gestos de duda de las gentes, cuando he sido interrogado por este motivo. El exceso de racionalismo materialista que inunda a las sociedades como la nuestra, no es el mejor escenario para aceptar los misterios. Quizás por ello no tengo deseos de contar lo vivido o lo investigado y casi me molesta contar mis andanzas e investigaciones sobre el legendario homínido, a personas generalmente incrédulas y vulgares.

En cualquier caso en estos últimos años pensé que ningún yeti habría sobrevivido a las persecuciones del hombre, en este caso de sherpas y pobladores de las montañas de Nepal y el Tíbet, y que ya el misterioso “hombre de las nieves” formaría parte, desgraciadamente, del patrimonio cultural del pasado.

El último testimonio que yo tenía sobre haberse avistado un yeti, fue él de un camarógrafo inglés, que formaba parte de la expedición del gran alpinista Chris Bonigton, en 1984 al Himalaya.

Así estaba éste apasionante tema del pasado, hasta que el día 23 de enero, miércoles, asistí a la Librería Desnivel para escuchar las aventuras de José Ramón Bacelar, el director-propietario de Viajes Sanga, una de las más acreditadas agencias de viajes de aventura de España.
Bacelar fue describiendo su original viaje utilizando fotografías. Y no era un viaje por las montañas que tantos otros antes habían caminado, como es lo frecuente. Bacelar se internó en Dolpo, un territorio prácticamente desconocido por viajeros occidentales, haciendo una ruta a través de altos collados y valles hasta el viejo territorio reino de Mustang, el que fue bautizado como reino prohibido del Himalaya por el escritor-explorador Michel Peissel.

En el transcurso de su original y espléndida exploración, Bacelar descubrió huellas en nieve fresca, huellas del yeti, una larga hilera de huellas que fotografió con minuciosidad. Huellas que sus compañeros de expedición, gentes del lugar, calificaron rotundamente como pertenecientes a este singular ser, eslabón perdido del hombre con sus antepasados. La noticia constituye un descubrimiento de singular importancia a la que yo otorgo toda la credibilidad, viniendo de un viajero explorador serio y coherente como estimo que es José Ramón Bacelar.
Este explorador que escribe se ha alegrado de saber que ese homínido bondadoso y posiblemente también fiero, como son todos los mamíferos menos el humano, haya podido resistir la crueldad y la depredación de los hombres. Por ello la sorprendente noticia de que el yeti continúa vivo, refugiándose en los altos senderos de Himalaya, separándose de los caminos y de las rutas frecuentadas por todos, es para mi una gran alegría.

Sigo organizando mi próxima expedición al Everest, preparándome física y mentalmente para lo que constituye, en ésta época avanzada de mi existencia, una temida y extraordinaria vivencia que trataré de ir narrando a través de ésta página de comentarios y noticias.
Gracias a todos los que de una u otra forma estáis unidos a mis preocupaciones, sentimientos y vicisitudes. La vida al fin solo es aquello que nos pasa y que podemos superar, ésta vida, en mi caso cargada de años, que hay que seguir llenándolos de emociones y experiencias.

Hoy estoy optimista. He subido por la nieve, cargado con mi parapente hasta la cima del Najarra, notando que las fuerzas me asistían y que mi corazón funcionaba bien.
Desde la cumbre he podido salir volando, colgado de mi parapente, superando el miedo del último golpe, esa caída casi mortal de la que fui victima a principios del verano, y de la salí ileso.
He de confesar que en mis últimos vuelos, y hoy también, he ido sintiendo miedo y congoja cuando el viento, para mi demasiado fuerte, me subía y me movía excesivamente.
He querido intentar aterrizar en la cima arrepentido de haber salido al aire, pero no lo he conseguido. Y he seguido volando, capeando el viento, subiendo y bajando, preocupado de mi seguridad, soportando esas sensaciones de desamparo, cuando notaba el vacío se instalaba en mi, posiblemente ocasionado por la perdida de sustentación de la tela de la que estaba colgado.
Pero todo ha ido bien. He aterrizado en las proximidades de Soto del Real lleno de alegría y un poco preocupado por mi miedo ante el vacío del viento que me llevaba: el viento de la vida al fin y al cabo.
Hasta otro día. Mucha Suerte para todos, a través de éste mensaje que envuelve la eterna búsqueda de nosotros mismos. César Pérez de Tudela