Sábado, 17 de Noviembre de 2007
Hace 100 millones de años la Tierra estaba totalmente cubierta de flores, pero unas decenas de siglos después, la caída de un gigantesco meteorito cambió el clima de la Tierra durante varios milenios. Los dinosaurios de poco cerebro y de gran cuerpo fueron sucumbiendo, mientras los mamíferos – sus encarnizados enemigos- con cuerpo pequeño y mayor cerebro sobrevivieron y se desarrollaron.
Fue hace 4 millones de años cuando unos mamíferos erguidos, parecidos a los monos, empezaron a caminar, entre mastodontes y otros mamíferos grandes.
Esta es nuestra historia a grandes rasgos, simplificando periodos y sucesos. De ahí parece ser que venimos según aquél gran investigador y divulgador que fue Carl Sagan, que estudió el cosmos y los orígenes de la Tierra.
Nuestros orígenes son pues de auténtica pesadilla. De entonces venimos arrastrando una serie de rasgos en nuestra memoria animal que sigue perpetuándose en nosotros.
Todavía, según los neurólogos actuales, estamos influenciados por el llamado cerebro reptiliano, como patrimonio de nuestro remoto pasado reptiloide.
Y la vida actual, la nuestra, la humana, está llena de actos rituales como los hábitos propios de los mamíferos, en los que entremezclamos la razón de Voltaire, con los ritos ancestrales, los ensueños, los misterios, la religión, la realidad…
Solo somos unos herederos de aquellos organismos unicelulares que, en tiempos tan lejanos que no podemos llegar a comprenderlos, se establecieron en la Tierra.
Nuestra capacidad de estudio es limitada, como la misma investigación científica. Los grandes sabios son también mamíferos sometidos a todas las limitaciones de nuestra condición. Sabemos lo que sabemos, y no siempre es cierto lo que creemos saber. Parece que estamos en la vía de los conocimientos adecuada hasta que se descubre que es errónea.
Eso somos, nada más. Y podemos sentirnos satisfechos en términos muy generales del desarrollo de las tecnologías derivadas de las ciencias que permiten construir grandes edificios, autopistas, hospitales y centros culturales, pero debemos de ser conscientes de nuestra poquedad, como pequeños vivientes conscientes de nuestro pensar y de nuestro ser.
Está bien que tratemos de contaminar poco y que observemos el protocolo de Kyoto. También será bueno para todos que disminuyan las emisiones de gases con efecto invernadero que contribuyen al calentamiento de la atmósfera, pero también igualmente será necesario y urgente que cesen las guerra propias del primitivismo animal del hombre, que cese la crueldad de este mamífero ambicioso que es el hombre, y que se abstenga de ser el dios de la vida, decidiendo quiénes deben vivir y quiénes deben servir con su vida a los distinguidos mamíferos humanos que tienen más poder.
Debemos de mover menos las montañas y tratar de elevarnos un poco más en nuestra realización como seres que tanto hemos presumido de superiores ¿superiores a quiénes?
Este modesto estudioso de la vida, explorador de montañas y especialmente explorador del alma de los hombres, ha tomado nota del comportamiento humano a lo largo de la historia, y deplora su egoísmo y su crueldad, consciente o inconsciente, su arrogancia y su egolatría, y ya no está seguro que los sabios sean tan sabios, ni los ignorantes tan ignorantes.
Y volviendo al cambio climático, ese cataclismo anunciado, bueno será que hagamos lo que podamos, si es que podemos hacer algo que sea verdaderamente conveniente para todos, tanto para los privilegiados habitantes de los países occidentales como los que viven entre hambrunas y la malaria, o las victimas sangrantes de las torpes guerras.
El sol es nuestra vida. De él parece ser que dependemos. El sol calienta y no siempre lo mismo, según los estudiosos de la astrofísica, que casi nunca dicen nada respecto al clima. No irradia siempre del sol la misma luminiscencia, siendo ésta radiación irregular, dependiendo de muchos aspectos: movimiento de la rotación terrestre, de la inestabilidad de las corrientes oceánicas, de la salinización de las aguas del océano glacial Ártico, y vaya usted a saber…
Otros investigadores, aunque tengan menor eco divulgativo mundial, opinan que esos gases de efecto invernadero no son la causa del cambio climático global. Que toda la energía que la humanidad genera no es suficiente para ocasionar ese calentamiento, y que la desaparición de témpanos en el océano ártico es circunstancial. Y en todo caso también se sigue diciendo que este calentamiento que comenzó en el siglo XVII, y cuyo punto de calentamiento máximo acaba de superarse, la temperatura de la Tierra comenzará a descender de forma sensible. Es decir la ciencia, y con ella la pretendida verdad se divide en diferentes interpretaciones.
Por ello es necesario que se imponga la humildad en la ciencia excluyéndose las reacciones soberbias del mamífero humano, que ya no tiene que enfrentarse con el poderoso dinosaurio, si no tratar de ser amable y aceptar otras interpretaciones o visiones, tanto en la ciencia como en la vida, y tanto en los científicos como en los poderosos hombres de la economía mundial, en soberbios presidentes que dejaran de serlo, en los ambiciosos señores de las guerras y de la destrucción.
Un poco más de humildad y de duda filosófica para el bien de todos nosotros, los pobres animales humanos que debemos de desprendernos de tanto barniz de presunción, ira y egoísmo, para adentrarnos hacia el fondo auténtico de nuestro ser.
Y así al fin ser mejores, es decir, más bondadosos, qué según Descartes, que fue más metafísico que racionalista, dijo aquello de que la bondad verdadera es la summa de la sabiduría.
15 de Febrero, 2009 a las 23:26
Señor César Pérez de Tudela, me ha parecido constatar en varios de sus artículos que Usted considera al hombre poco más que un “mono desnudo” (como el título de un libro escrito por Desmond Morris que por ignorancia leí en mi adolescencia –hoy no lo leería-).
Y, sin embargo, el animal jamás se preguntará: “¿Por qué estoy aquí?” Por eso somos superiores.
Yo tengo otra concepción más benigna del advenimiento del hombre. A ver qué le parece:
“Dios, el principio de todas las cosas, se hallaba en su magnificencia junto a sus querubines y serafines. Pero notó que, poco a poco, casi imperceptiblemente, su volumen iba disminuyendo debido a la acción del tiempo.
Esa reducción continua de su substancia llegó a preocuparle, pues de seguir así acabaría inexorablemente desapareciendo, y resolvió poner remedio a ello fragmentándose, diseminando su masa en una suerte de Big Bang, para hacerla dinámica, dándole vida propia e interrelacionando sus partes para que se enriquecieran, se nutrieran recíprocamente, intercambiaran sus substancias, transformándolas, para ir escalando en una espiral de retorno a Él.
De este modo fueron creadas las galaxias, las estrellas, y por último los planetas, con vida animada en ellos.
Entre esa vida animada Dios también creó a quien tras una serie de procesos evolutivos devendría el actual hombre, que sería un instrumento clave en su designio de vencer al tiempo, sutilizándose para desarrollar el alma, cuya substancia destilada es necesaria para el mantenimiento del Universo, según el proyecto de Dios.
La Tierra, como hogar del género humano, contribuye también a ese propósito convirtiéndose en una “fábrica” de producir almas, creando las condiciones necesarias para la vida física del hombre.
Tras observar el éxito de su obra y comprobar que ya no perdía más substancia, Dios amó con infinita ternura el mundo que había creado y se sintió complacido; había vencido al tiempo en una lucha titánica a muerte”.
Por ello, Señor César Pérez de Tudela, considero que la creación del mundo fue una extraordinaria obra maestra de arte.
Todo tiene sentido, incluso la imperfección de los humanos, sus guerras y sus destrucciones. Solo uno de esos hombres que aportan a Dios esa substancia sutil compensa las perversiones y aberraciones de muchos millones de seres ignorantes del sentido de la existencia.
¡Y hay tantos seres sabios y bondadosos en este mundo, que Dios, a pesar de todo, debe sentirse satisfecho!