Este aserto me preocupa ya que creo poco en el hombre. Un poco más si es humilde y pretende el camino de la bondad, que cómo descubrí en Descartes es al fin la verdadera sabiduría.

No sé si serán sabios los médicos especialistas del corazón que me ensancharon la arteria principal que riega la mayor parte de mi organismo, pero lo hicieron muy bien, y les estoy muy agradecido a su interés y a sus precisos estudios. El estar consciente en la UVI fue molesto, pero lo tomé como si se tratara de un cómodo vivac improvisado –eso de pasar la noche mitad colgado, o sentado al borde del precipicio, sintiendo el frío del aire, sin protección específica, y prácticamente sin nada en lo que ampararse, es darse cuenta verdadera de quién eres y lo que solo somos- Mi estancia en la UVI fue como dije molesta pero al parecer necesaria. No comer en esas 24 horas no tuvo ninguna importancia.

En el Aconcagua, perdido, estuve seis días sin comer absolutamente nada, sin contar los dos o tres anteriores; y cuando aparecí por mi pie en casa del comandante mayor Lefevre, de la gendarmería nacional argentina, parecía un espectro entre quemado, congelado y delgado. La ilusión por vivir siempre me salvó y espero que así sea durante algunos años más.
No podemos entregar el cuerpo hasta que hayamos cumplido nuestras misiones; y yo tengo muchas aún, entre ellas contar lo que se vive, se es y se piensa en las grandes altitudes, allá en dónde no hay senderos, casas y ninguna protección social y rogar por los que están en peligro. En mi libro “El Lama Milarepa” ya digo o dice algo al respecto mi personaje el barón de Cotopaxi, enfermo, casi moribundo en lo alto del Everest, tiritando, al borde de la muerte y del vacío…pero tengo que profundizar mucho más en esos misterios del alma del hombre en las situaciones de trance.

He tenido que suspender mis obligaciones y no podré atravesar la Peña Ubiña por su cima desde tierras de León a Asturias con mis compañeros del Colegio de Abogados. También he dejado para la primavera comprobar si se puede volar desde la cima de ésta montaña, en parapente, mi pasión y mi tormento. Me han dicho los médicos con afecto y claridad, que no debo de hacer ejercicios extenuantes, ni emocionantes, estos días hasta que el aparato de la arteria no se asiente firmemente, sin que reciba las presiones de los fluidos sanguíneos que son más fuertes en los bruscos ascensos y en las situaciones en las que el miedo aparece ante nosotros.
Pero débil o fuerte sigo siendo optimista y deseo reemprender las locas aventuras, llenas de esfuerzo, belleza y luz.

Soy un adicto al peligro? No me gustaría serlo. Solo quiero ser un fiel perseguidor de grandes emociones y vivencias. Vivir es lo que importa, pero con dignidad, ayudando a quien pudiera necesitarlo, y defendiendo las causas nobles aunque haya peligro en ello. Vivir colmado de satisfacciones, las que se sienten tras superar el peligro y ese miedo que nos asusta y nos hace más fuertes después.

Estos días no salgo a la montaña por recomendación médica. Solo estudio y escribo. He adelantado algo, poco, en mis estudios del alpinismo metafísico. El alpinismo es un idealismo además de un deporte, en el que muchos son deportistas y unos poco son idealistas; los que solo son deportistas todavía no saben que también son idealistas.
El alpinismo ya sé lo que es, -más de cincuenta años me ha costado saberlo – El alpinismo es la “summa” de vicisitudes, vivencias y pensamientos, que constituye un símbolo para la vida. De él, de su concepción, surge un espíritu de superación, de aceptación o resignación, de rebeldía, y de esfuerzo, que la sociedad occidental acabará por aceptar y será motivo de inspiración para los muchos nobles cometidos: una escuela de vida y experiencia adaptado para el desarrollo de la persona en cualquier profesión.
Mi personaje literario, el barón de Cotopaxi, dice que el alpinismo es un mandato del alma

He estudiado poco sobre el alma. ¿El alma es el espíritu? ¿El alma es la conciencia? ¿Nos ensanchan el alma las grandes aventuras?
Ello prolonga nuestro horizonte.
¿Será el alma la que nos otorga esas fuerzas que parecen imposibles – y que yo he tenido en momentos limite- cuando se ha alcanzado el fin de la capacidad física?

Ya se que hay que luchar permanentemente por ser quien quieres ser o quisieras ser. Por eso la vida tiene esas connotaciones dramáticas, cómo lucha frenética contra nosotros mismos y contra la hostilidad de la vida que trata de impedirnos ser el que quisimos.

Vuelvo al alpinismo, como espejo de muchas situaciones, cuando los alpinistas o exploradores como siempre quise ser yo, se entusiasman por aquello que merece la pena, que es en sí esencial para la vida: esos valores trascendentes que parece que están más allá de nosotros.