Viernes, 18 de Mayo de 2007
Es necesario viajar para vivir. Viajar es vivir han dicho pensadores, poetas y filósofos. La via es un viaje dijo Ortega. El viaje es metáfora esencial de la vida entera. Es el viaje cuando la vida se hace más intensa, cuando se vé la fugacidad, la momentaneidad de la existencia. La vida son momentos, sucesión de imprevistos, y en el viaje de la vida se extrema la momentaneidad de nuestro sentir, de nuestro placer, de nuestro contemplar… La vida es acción y contemplación igual que el viaje. Una carrera continua por llegar a alguna parte.
Los viajeros, y todos los somos en alguna medida, y cómo no en sentido metafórico, buscamos en el viaje una renovación de nosotros mismos, un renacimiento de nuestra personalidad, un buscar nuevas experiencias y sensaciones, una nueva vida, o una vida distinta, que buscamos en lo distante, en el camino de paisajes diferentes al que normalmente vemos. Queremos sentirnos distintos en el viaje, contrastados con lo habitual. Ver siempre lo mismo, estar con las mismas personas, o frente a ellas, es insignificante, es decir casi imperceptible, nada significativo.
Es necesario viajar para vivir. Las cosas que vemos en el viaje podrán ser las mismas que cuando vivimos sin emprender itinerario alguno, pero el ánimo, la luz con las que las contemplamos, tiene otra intensidad y hasta otro ritmo. Es necesario viajar para saber orientarse en el horizonte de la vida y aprender a saber sentir la inquietud. Es preciso viajar para acostumbrarse a rozar los peligros de la vida. Vivir es para muchos saber superar los riesgos de la muerte.La relación del hombre con el espacio es compleja. El ser humano, en otros tiempos, estaba condenado a existir en un solo sitio. Solamente hombres excepcionales podían emprender, con enormes esfuerzos, un largo viaje que tenía todo el valor de una gran aventura.
El ir hacia lo que está lejos es un deseo pertinaz en muchos seres humanos, y aún obsesivo, y como tal contagioso y suceptible a las modas: todos van y conocen y yo también. Si el deseo no se cumple viene el desasosiego: deseos de irse de donde se está, no sentirse bien, a gusto, en su sitio, en su casa, o en su ciudad, una inquietud incoercible, de evadirse para huir del contorno.
Fue el jesuíta, filósofo y paleontólogo francés, Teilhard de Chardin, quien advirtió que sólo el hombre, es el único representante de los seres vivos, que tiene deseos de viajar, es decir vivir en todas partes. De aquí que se haya ocupado de inventar medios con los que poder alejarse del “habitat” anulando las distancias. Pero a pesar de ello la lenta evolución de las técnicas en el pasado, hicieron normal que la mayoría de los humanos quedara adscrito a un terreno ( teoría de los pueblos) y con ello se crearon los usos y las costumbres, las normas de vida, y hasta las distintas concepciones de sociedad.
Es en la mitad del siglo XX, cuando la facilidad de las comunicaciones ha sido tan vertiginosa, que hemos comenzado a vivir en un mundo contraído, sin distancias ni lejanías. En los tiempos actuales empezamos a comprobar los efectos de los viajes masivos, del verdadero tráfico mundial, los devastadores y hondos efectos del llamado turismo de masas.
El viaje libera de perjuicios, y hace a los hombres capaces de elegir los mejores usos, abriendo conciencias y representando una reforma radical de la concepción de la vida, variando modos de comportamiento, que en muchos casos solo el azar había arraigado.
Pero es igualmente cierto que el tráfico del turismo mundial, va a arrancar a los hombres de su perspectiva local, creando a la larga a un ser abstracto, desnudo de pasado: el hombre cosmopolita, con todo lo positivo y negativo que esto puede representar.
En el futuro utópico existirá un único modelo de sociedad ( la globalización ) y todos los hombres serán muy parecidos, en ideas, en hábitos y cultura. Un solo gobierno universal para regir una sociedad mundial clónica.
24 de Mayo, 2007 a las 12:14
La facilidad actual para desplazarse, convivir, observar y estudiar un determinado tiempo otras culturas, antaño dificilmente a nuestro alcance, pienso, nos ha llevado a una automanipulación, involuntaria hasta cierto punto, en nuestras vidas, pues hemos observado lo “afortunados” que somos por no vivir las miserias de algunos paises, pero a su vez deseamos modos de vida de una aparente riqueza superior a la que poseemos, otorgandonos en muchos casos tranquilidad social y seguridad (Avances tectonogicos en medicina, cultura, etc) y creandonos vanas necesidades con un marcado fin, inflar el estatus social de un individuo, aun a pesar (y es alarmante la cantidad de casos) de hipotecar su vida por una apariencia.
Que mas le daba a mi abuelo que un señor de Los Angeles tuviese un “Yakusi” y un mercedes si no podia bañar las ovejas ni transportarlas en el. Hoy en dia un mercedes lo tiene cualquiera, aun a pesar de tener la nevera vacia, no poder permitirse tener hijos, ponerle el seguro a terceros y dormir en un colchon en el que no descansaria agusto ni mis perros.
Cesar, saludos y felices viajes y aventuras.
Juan Carlos.
31 de Enero, 2009 a las 15:28
Mira que he leído más de una vez todos los artículos con los que nos ha regalado magnánimamente don César Pérez de Tudela, y para animar a otros lectores a participar de sus reflexiones trato de dar ejemplo comentando casi todos ellos. Pero a algunos no les acabo de extraer el propósito de don César para escribirlos.
En este, por ejemplo, yo estoy a favor de las reflexiones de los primeros párrafos, de que el viajar te abre horizontes, que al viajar se vive, etc. Pero no de los párrafos finales, pues a mí sí que me agradaría tener un gobierno universal, por lo menos sería mejor que el caos que tenemos hoy, por lo menos en España, que nos la están destruyendo.
El Señor César Pérez de Tudela ha escapado a la muerte en diversas ocasiones y por ello él está en disposición de enseñarnos a los demás el valor de la vida. Él tiene autoridad para hablar sobre ello y es de agradecer que nos haga partícipes de sus reflexiones sobre la vida.
Pero a veces no alcanzo a comprender la altura de sus propósitos.
No sé si interpreto bien a Teilhard de Chardin (nunca he leído nada de él, solo lo conozco por referencias en un libro que leí en mi infancia llamado El Retorno de los Brujos) cuando, según don César (que él sí que lo ha leído), dice que el hombre es el único animal que siente deseos de viajar, y lo hace.
Pero de eso no hace mucho tiempo. El hombre, como los animales, ha viajado cuando ha necesitado pasto, es decir alimentos, o se ha agotado una fuente de agua y hay que buscar otra. Hoy en día los africanos que cruzan a España en pateras siguen el ancestral instinto de la Humanidad de mejorar su existencia. En eso no nos diferenciamos de los animales.
Pero sí que es cierto que el hombre viaja para peregrinar, algo que no hacen los animales, viaja por un motivo sobrenatural, a Jerusalén, a Roma, a la Meca, a Santiago de Compostela, al Monte Kailas, a Lumbini, etc., y eso le diferencia del mundo animal, al que pertenece.
Hoy tenemos el turismo, algo que parece (y en mi opinión es) antinatural. Y escalar montañas por deporte puede llegar a serlo también, si no lo es ya (yo creo que lo es ya).
También viajaban en la antigüedad los comerciantes, pero eso es otro tema.
Pero los nativos de Somalia o las tribus del sur de Etiopía, por ejemplo, ellos no comprenden lo que es viajar sino es para ir a buscar agua al río a varios kilómetros de distancia. Primero es la supervivencia.
Antes nadie ascendía montañas si no era para tener una mejor visión panorámica para ver por donde seguir un camino, o como los tibetanos, probablemente para escapar de enemigos, por los ejércitos, como en el Yemen, que consideran las montañas sitios estratégicos (como comenta don César en otro artículo). Pero si se utiliza el alpinismo como instrumento para elevar el ser, entonces es justificable, como hace don César; si el alpinismo te ayuda a meditar y allá en las alturas encontrar tu Barón de Cotopaxi, entonces es muy loable. Ese es el “Camino de las Montañas” como bien ha acuñado don César Pérez de Tudela.