El otro día fui invitado a una cena en la sede de Endesa, la gran empresa de la energía, que había patrocinado una expedición de Mallorca al Everest. En ella estaban altos directivos de la misma, así como representantes de laSociedad Geográfica Española y otros personajes del alpinismo y de la cultura. Necesariamente se habló de alpinismo, del esfuerzo, y de los motivos que inducen a esta del alpinismo de altura y dificultad.

Juan Luis Arsuaga, el conocido y famoso antropólogo, inició el debate que acompañaba a la cena distinguiendo a los hombres de acción y a los hombres de reflexión. Yo intervine para decir que la división no era acertada, ya que muchos de nosotros éramos personas tanto de acción como de reflexión. Arsuaga, el catedrático investigador de Atapuerca, compañero mío en la Real Academia de Doctores de España, tenía que saberlo. Se cruzaron distintos puntos de vista. ¿Por qué se suben montañas? Algunos dijeron que por puro ¿Placer?. Yo dije que quizás la búsqueda del < placer> no era el motivo fundamental del alpinismo, ni siquiera el encuentro con el era la justificación última de la vida, y que había que indagar en las hondas reflexiones de la existencia.

¿Para qué vivimos?. Vivimos para vivir, para cumplir nuestro destino. Yo apunté siguiendo a Ortega, que vivimos para ser nosotros mismos, ahondando en nuestros y acumulando , es decir momentos estelares, superando crisis y continuando ilusionados hacia el horizonte de los problemas, procurando realizarnos, en esa lucha frenética por lograr ser el que somos en proyecto y ejercitar la vocación vital. Pura filosofía. Y ahí había que buscar la motivación profunda del alpinismo.

La tarea dramática del vivir es un tema serio y hondo, un incesante salir al universo y cumplir tu individual destino, ser el que resueltamente tenemos que ser. Es decir que ésta tarea de vivir es más complicada de lo que puede parecer, e igual ocurre con ésta del alpinismo.

Yo me encuentro ahora en una delicada situación. Tengo una vida cómoda y segura, pero me encuentro intranquilo. Tendría que volver al Everest y reflexionar mucho sobre esa fatigosa vida ascendiendo con coraje, soportando fríos y esfuerzos, sobrellevando penalidades y peligros. ¿Pero que necesidad tengo? Mi necesidad no es naturalmente física. Mi casa es confortable y mi vida sigue siendo emocionante y amena, siempre llena de compromisos de conferencias, comparecencias públicas, con libros pendientes de terminar y de empezar, escalando al atardecer o esquiando las frías tardes del invierno.

Pero vivir es, como decía antes, ejercitar nuestro destino exclusivo. Y mi destino está encauzado en investigar precisamente la necesidad de los grandes , viviendo al servicio de nuestra vocación.

Por tanto deberé dejar otros compromisos que materialmente me interesan, abandonar la seguridad relativa de la vida cómoda, para adentrarme nuevamente en mi destino inexorable. Cambiaré la cama por el tumbarme sobre el hielo, la respiración acompasada por la falta de oxígeno, las incomparables laderas de las montañas de Gredos o Pirineos, por las cuestas de hielo del Himalaya, aceptando el sentido redentor del sufrimiento. Creo que emprender otra vez ésta aventura, a mi cronología y después de dos infartos de miocardio puede significar el sentido de la superación. Por ello estoy elaborando un proyecto para que lo estudie la Sociedad Española de Cardiología y me indique como puedo ser útil en estos estudios reales, escalando el Everest para intentar superar mi cardiopatía, producida precisamente en mi expedición al Everest de 1992. Iré tomando buena nota de lo que me dicte mi conciencia analizando sensaciones y describiendo sentimientos: miedos, esfuerzos limites, cansancios extremos, ilusiones juveniles, arriesgando y asustándome para mejorar.

Creo que mis investigaciones del alma serán tan interesantes como las investigaciones médicas que puedan realizar, con mi acción, los estudiosos del corazón en combinación con los laboratorios farmacéuticos. Las mías serán reflexiones ciertas y rigurosas del comportamiento del alma, ese arcano que guarda el verdadero misterio del hombre, en los momentos difíciles y atribulados que la vida siempre impone. Y naturalmente sé que sus conclusiones serán valiosas.

Lo he pensado bien y quiero emprender esta loca aventura filosófica y médica. Quizás no tenía que haber esperado tanto, pero estos últimos meses he caído en la cuenta de que ahora o quizás ya nunca podría adentrarme otra vez en ésta aventura que me falta y difícil, que a mí por diversas circunstancias se me ha ido escapando.

No iré al Everest por deporte, sino por estudio, no por acción sino por reflexión, no buscando el de la ascensión, que para mi será una peregrinación de esfuerzos y penitencias camino del encuentro con la luz de la cima. Quizás al regreso es cuando pueda sentir ese huidizo y breve por haber podido cumplir con mi destino, cuando después de dos meses me duche con agua caliente, o me encuentre en un confortable hotel en donde haya una cama limpia.

Amigos lectores en este trance me encuentro, entusiasmado con mi fascinante vida, no buscando la comodidad, ni ese que es siempre momentáneo, sino buscando afanosamente mejorar en el camino de la sabiduría, que como dijo Descartes es el camino de la bondad. Es la dificultad la que hace que seamos humanos, manteniendo siempre la posibilidad de morir en el intento, esa válvula de riesgo, esencial para la gran experiencia, ya que desgraciadamente el camino fácil, el de la menor resistencia, siempre lleva hacia abajo.

Volviendo al principio de mi artículo, trataré de plantear también a los directivos de Endesa, los que tanto han luchado por su futuro, superando tantas dificultades para ser ellos mismos, que también podrían acordarse de patrocinar a este explorador español que lleva cincuenta y tantos años entrenando el espíritu de tantos directivos empresariales y mentalizando a la juventud de España, de que solamente con la ilusión, el esfuerzo y la ambición se mejora al animal humano, para alejarnos lo que podamos del conformismo y de la cómoda vulgaridad.