Hoy tenía que estar en la Puebla de Don Fadrique, provincia de Granada, bajo la montaña de la nieve, es decir bajo La Sagra, una cima grande que reluce imponente desde sus alrededores, frontera entre el reinoAndalusiy los territorios cristianos.

 

Tenía que haber llegado a la Sagra para haber ascendido esa montaña, la más importante del Sureste peninsular,después de losde sierra Nevada, y aceptando una invitación de mi amigo el alpinista y escritor Angel Ortiz, el sherpa blanco, haber abierto junto con él y otros compañeros de montañas y libros, una nueva ruta a esa cima nevada, un itinerario que mis amigos me tenían reservado.

También quería haber aprovechado para haber intentado descender desde la cumbre (2380 m) volando en mi nuevo parapente -¡Que preciosa barbaridad!, ¡que fantasía extraordinaria!,¡ver la vida desde lo alto!-

Hoy tenía que estar allí, en el Hotel Restaurante Los Collados de la Sagra, para presentar a la prensa y a las autoridades de esta región, entre Murcia y Granada, un libro singular que prestrigia la comarca: «La Sagra, rutas a pie y en bicicleta», escrito por mi amigo el
murciano ilustre Angel Ortiz, el mencionado sherpa blanco.

Pero no ha podido ser. Estoy malamente sentado, con el cuerpo dolorido, esperando intervenir por vía telefónica, en el acto formal de la presentación del libro, disculpándome por no haber viajado hasta
allá.

El domingo salí al aire desde la cima de la Najarra (2.100 o 2.200 m) sobre el Puerto de la Morcuera, camino de la Pedriza y de Soto del Real, en el Guadarrama madrileño, pero los vientos no me fueron propicios; y una violenta turbulencia, que tenía que haber sabido que podía existir, me ocasionó una indescriptible tensión, viéndome caer por el aire, plegando las alas de tela de mi frágil parapente, sintiéndome arrastrado, realizando dramáticas piruetas, para al final, pese a mis
esfuerzos posiblemente descoordinados y hasta torpes, caer estrellado sobre la vertiente.
Mi última visión consciente fue a unos treinta metros del suelo; me estrellaba sin remedio y solo fui capaz de frenar brusca y totalmente el parapente, pensando que así disminuiría el impacto de caída. Luego sentí el tremendo golpe de la muerte cuando mi cuerpo se estrelló contra
el suelo de la montaña. No estaba muerto. Sentí que me asfixiaba tras el paro respiratorio producido,
supongo qué por el fuerte traumático; cuando el aire penetró dentro de mi, calmé el dolor y sentí de nuevo la vida. Lentamente sin tratar de incorporarme tanteé mi cuerpo, y me aventuré a pensar: no
tengo ninguna gran lesión… Habían pasado unos diez minutos cuando llegaron corriendo mis
amigos a socorrerme; ésta vez por suerte no estaba solo como en tantas ocasiones: ¡¡Estaba vivo!!

¿Hasta cuando me acompañara esta buena suerte, que constituye la característica más sobresaliente de mi existencia? ¿Hasta cuando podré alzarme firmemente sobre la cima?
¿Hasta cuando me llegaran esas fuerzas y ese ánimo impresindible para escalar montañas, o el valor para salir volando, sabiendo que el aire es invisible y que las violentas corrientes pueden destrozarme?
Todo eso es vivir, a mi modo. Procuraré tener más cuidado; aunque llevo decenas de años diciéndome a mi mismo esto: es mejor ser precavido. La vida es un difícil equilibrio entre la prudencia y la
audacia. Todavía tengo que dar las gracias a lo Alto, a la Providencia, y a Dios, al fin, como acto de agradecimiento. En cuanto pueda lo haré, como los viejos peregrinos, caminando descalzo hacia alguna basilíca de la Cristiandad, ya que por herencia cultural pertenezco a este culto, respetando todas las religiones que son, pese al pedante racionalismo, el refugio del pobre espíritu de este que si tiene algo excelso es precisamente ese espíritu que le hace creer en los misterios de la vida, que aportan el amor, la montaña, la religión y la misma poesía. Este mamífero que nunca se decide a dar ese paso sublime y trascendente, en equilibrio, Para ser de verdad algo más que mamifero,
como dijo Nietzsche, que fue tan mal comprendido.

Hasta mañana y gracias a Dios. César P. de Tudela, explorador de
la vida y quizas del alma.