Dicen que la pasión por la aventura está en el núcleo del alma. La aventura en Venezuela como país, la rebeldía de su nacimiento como nación, el valor de sus hombres ante tanta geografía grandiosa: cimas de los Andes,profundidades de las selvas, mares tropicales, islas vírgenes… evidencian que en Venezuela se encuentra la aventura. Y la aventura es la vida.

Venezuela es azul, verde, marrón. País de países. La sabana, las selvas virgenes, las guayanas, los Andes, las islas tropicales… Venezuela es el norte del viaje. Su joven historia apabulla al estudioso, entremezclándose en ella herederos de españoles, italianos y autóctonos con tantas otras culturas.

Llegar a Caracas constituye una sorpresa. Una ciudad acunada bajo las moles verdes de los montes Avila, cuya zona central es una demostración blanca de iglesias, edificios coloniales bien cuidados y rascacielos, está desbordada por barrios modernos, en donde la vida se disipa en multitud de viviendas improvisadas sobre las vertientes de las montañas.

El avión que nos lleva a Mérida, un pequeño bimotor de Avior se mece en el viento al encajonarse entre dos filas de montañas. A la izquierda se encuentran las cimas más altas de Venezuela, que se conocen como las Cinco águilas blancas. El avión aterriza con precisión -siempre hay que tener fé – en una pista que es una cuesta en el mismo centro de la ciudad, a 1647 metros. La gente, como todos los venezolanos, es afectuosa y cordial con nosotros que al fín y al cabo somos unos expedicionarios que pretendemos vivir la aventura de Venezuela.

En seguida, casi sin detenernos a mirar la curiosa ciudad, o los altos y muy singulartes pueblos del páramo merideño, me veo envuelto en el sopor y mareo de las alturas. Estamos escalando las montañas en el teleférico más alto del mundo, que por decisión de no se sabe bien quién se instaló aquí, en Mérida, y todavía no se si para bien o para mal. Los Andes de Mérida no son como otros macizos andinos; tienen un paisaje diferente, brusco y rotundo.

Cruzamos grandes extensiones de bosques, posiblemente impenetrables, con características netamente intertropicales, dejando tan abajo a la ciudad de Mérida que ya no la vemos. En cuestión de media hora hemos alcanzado casi los 4.000 metros de altura sin realizar esfuerzo alguno, y esta altitud significa baja presión, falta de oxígeno y sequedad . Yo lo noto en mí, pero también en los que me acompañan: Olga Ramírez y Vicente Martínez están más excitados de lo normal mirando y fotografiando el paisaje, y sienten fuertes dolores de cabeza. Ellos deberán descender después de llegar a los casi 4.800 metros del pico Espejo, a donde accede este increíble artefacto instalado por una empresa alemana sin respetar las sagradas cimas.

El Pico Bolívar, la montaña más alta

Las autoridades del turismo venezolano -Corpoturismo y Corporación de Turismo- han sido extraordinariamente amables conmigo y han decidido que me acompañe el guía Rafael Ramirez de la Agencia Natoura, un merideño alpinista profesional que se siente halagado de formar cordada con este veterano explorador alpino. El honor es mío. Rafael y yo nos apeamos del teleférico y caminamos desde los 3.800 metros, pisando tierra y mirando a los frailejones, la planta propia de los Andes tropicales, tanto aquí como en la vecina Colombia. Allá abajo están las selvas pluviales y los grandes bosques hasta los 3.000 de altura y luego esta vegetación del páramo. Sobre nosotros se encuentra la alta collada de Los Nevados, que a mi se me antoja el sitio justo en donde debería de haber llegado – en el caso de ser inevitable – el teleférico, sin deterioro excesivo de la montaña. A su derecha destacan las moles de piedra del Toro y del León, dos de las cimas del macizo andino.

Caminamos bien charlando a semejante altura, sin previa aclimatación. Menos mal que ambos hemos decidido apearnos del ingenioso ascensor. Poco a poco nos envuelve la tarde y cuando estamos en la otra vertiente, que se hunde piedras abajo casi otros tres mil metros, mi acompañante me confiesa que está sintiendo la borrachera de las alturas. Es así. Y me alegro que tuviera la sencillez y la valentía de decirmelo. Yo me sumerjo también en sensaciones en las que evoco vivencias olvidadas, recordando situaciones que parece me aclararan el futuro. Solamente por estas misteriosas situaciones de la mente valdría la pena este duro paseo en las alturas. Es de noche cuando alcanzamos la cima del Pico Espejo y preparamos el vivac mirando la silueta rocosa del pico Bolívar, que también se llamó la Columna y que es el más alto de este reducido macizo andino que son los Andes de Mérida, en los que el glaciarismo de las vertientes sures está en manifiesta regresión.

Rafael, guía de estas montañas y de Natoura, es un compañero correcto y servicial que aconsejo a quiénes visiten estas montañas y asume el trabajo de preparar la cena haciendo una sopa abundante que pueda compensarnos de la pérdida de líquidos en la altitud.

Pasamos la noche durmiendo bien y cuando el sol nos alcanza en la vertiente sur, nos ponemos en camino descendiendo por unos inestables corredores de piedras sueltas hasta la laguna glaciar de Timoncito. Casi no hay nieve y el glaciar ha desaparecido. La escalada es fácil y evidente hasta la llamada roca Táchira, en donde de vez en cuando se vé algún seguro para las cordadas que quieren llegar a la cima. Hay que ganar una horcadina – que dirían los escaladores de los Picos de Europa – una ventana desde donde se divisa la otra vertiente, que tiene de fondo, tresmil quinientos metros abajo, a la ciudad de Mérida. Un flanqueo fácil y aéreo seguido de una corta escalada al aire, volviendo la cabeza para mirar el impresionante glaciar norte, cuando hemos llegado al final, a la cima, y aparece entonces la efigie en broce de Simón Bolivar, el Libertador, cuyo peso excederá de cien kilos. Hasta allí fueron capaces de subirlo unos patriotas entusiastas y además montañeros-escaladores – para llegar a esta cima andina hay que serlo- El fervor hacia Bolívar, mayor todavía que hacia otros generales en guerra contra España ( San Martin, Sucre… ) me sigue pareciendo una exageración americana que naturalmente tiene todo el respeto que su fervor merece.

La cima es haber llegado al final de la Tierra, en este caso unas agujas de roca desnudas que miran al infinito. Es preciso bajar y volver. Con cuidado deshacemos nuestros pasos y bajamos hasta el glaciar de Timoncito para luego volver a subir hacia la cima del Pico Espejo, en donde esperaremos la llegada del teleférico. Es curioso este turismo que tantos años llevo realizando. Y mi obsesión por coleccionar estos conos de la Tierra, viviendo las hondas reflexiones que el esfuerzo y el riesgo imponen. Voy vigilando instante a instante la respuesta de mi cuerpo en esta altitud media en la que estamos. Escalamos muy despacio dejando que el corazón se rehaga del esfuerzo de los pasos anteriores.

Estamos contentos de haber estado en el punto más alto. Días antes mi llegada a Venezuela tenía un objetivo preliminar y a la vez fundamental: la cima del Pico Bolívar. Después de haber llegado a la cima de un país como Venezuela, la aventura puede continuar en este inmenso territorio lleno de islas vírgenes de coral, selvas con montañas prehistóricas: los tepuis. Y tantos otros lugares de aventura, vida y experiencias.