Querría haber volado en parapente con suavidad y haciéndolo bien, pero con esa emoción que añade la incertidumbre. Querría haber podido escalar alguna vía de roca estos pasados días, para recordarme a mi que soy el que fui, y no perder la humildad del que se arriesga y se siente. También hubiera deseado escribir algo interesante sobre los análisis de mi conciencia.

Pero poco he podido hacer estos días, después de que el Instituto de Medicina del Deporte del Consejo Superior, me diera los resultados minuciosos del reconocimiento al que me he sometido para poder irme próximamente al Everest.

De momento no puedo irme.

Estoy afectado de una cardiopatía de alto riesgo, es decir puedo morir en cualquier momento y específicamente después de un gran esfuerzo, en el que mi corazón tenga grandes sobresaltos, siendo mi vida un sobresalto y las montañas que subo un permanente esfuerzo.

Lo mismo que hace quince años, cuando sufrí el infarto escalando el Everest. Entonces ya tenía estos mismos parámetros de vida y he pasado quince años en escaladas, expediciones, riesgos y aventuras. Menos mal que decidí no ser un fiel observador de las reglas sensatas.

Pero ahora me han convencido. Tienes que ensancharte esa arteria. Después ya veremos. Estarás enseguida bien, si todo sale bien naturalmente. ¿Pero estaré bien cómo ahora, antes de entrar en la clínica?

Ayer hice la 24 Marcha de los Abogados, con sesenta participantes; la Cuerda Larga, en un día excelente, 18 kilómetros por las cimas del Guadarrama. Cumplí con mi obligación. No me cansé y tampoco quise forzar mi ritmo por aquello de los resultados de mi reconocimiento.

Hoy por la tarde ingresaré a disposición de los excelentes especialistas, creo que los mejores, si es que se pueden establecer prioridades, que es muy difícil. Con confianza. ¿Cuándo y cómo saldré?

Siempre que entré en una clínica, casi siempre, lo hice en perfecto estado, por mi pie y salí maltrecho. Sería mejor entrar derrumbado y salir fuerte y recuperado. Estoy seguro que también viviré esa experiencia.

Entremedias dejo mis obligaciones en lo que será, espero, un corto paréntesis.

No he terminado ninguno de mis libros, que constituyen para mi ese anhelo, esa ilusión de dejar hecho algo que pueda servir a alguien. Un libro es casi un poema: reflexiones y experiencias que animen y entusiasmen a quiénes necesitan que alguien les diga el camino que siguió y que los poetas siempre están ahí para salvarnos.

Está esperando al editor «Aquella Patagonia Trágica»: aventuras lejanas en el Cerro Torre y en el monte Sarmiento, a la vista del Lanin, Rucapillán, Macá o San Valentín, en los hielos norte.

Creo que está terminado «Cuentos, Hechos y Mitos» del Naranjo de Bulnes, del barón de Cotopaxi, y quizás deberé ampliar otra aventura de éste personaje – mi otro yo- en las selvas tropicales de Nueva Guinea. Pero estoy muy atrasado en la Fenomenología del Alpinismo o Alpinismo Metafísico, en el qué estoy tratando de demostrar que el alpinismo es un idealismo por encima de cualquiera otra consideración.

Esta tarde estaré pronto en la Clínica esperando con esperanza. ¿Podré volver al Everest? ¿Me veré nuevamente en el camino de la cima? Si así fuera no sería antes del año que viene, pero me prometo que viviré momento a momento, analizando mis sentimientos, deduciendo sensaciones, describiendo los estados cambiantes de mi conciencia. Esa conciencia que incide en el alma, de la cual tengo mucho que investigar. Es lo único importante que tenemos.