El libro se publica para siempre. No es un producto con caducidad. Su destino tiene vocación de permanencia. En las grandes bibliotecas se guardan miles de libros desde hace cientos de años. Las librerias de lance, es decir del libro usado, venden ejemplares recuperándolos nuevamente para la vida y la formacion de tantas otras futuras generaciones.

Los autores escriben y conciben para tratar ganar de alguna forma la inmortalidad. “El Principito”, de Saint Exupery fue redescubierto despues de casi cincuenta años en el olvido, que es por otro lado el frecuente destino de muchas de las grandes obras. Pero fue redescubierto por qué estaba, existía el libro en los anaqueles de las bibliotecas y en las viejas librerias.

La destruccion de libros se asocia a la barbarie en muy concretos momentos de las crisis de la cultura.

Todas estas conjeturas sobre el libro tienen una explicacion. En España, la propia Administracion que fomenta la producción del libro y la cultura que este encierra, quema los libros de las bibliotecas públicas. Alega razones falta de sitio para su almacenamiento. Es decir incumple su misión, traicionando a la cultura. Comete un hecho condenable contradiciendo su propia misión y utilizando el sagrado dinero público.

La primera noticia de estos bárbaros hechos la tuve precisamente de la Editora Nacional, perteneciente al viejo Ministerio de Información y Turismo, en dónde se editaban los libros de los escritores recomendados y altos cargos del pasado Régimen, entre los que había como es natural buenos y malos, es decir dignos de ser editados y menos dignos. La distribución de la Editora Nacional era casi inexistente y los libros se vendían escasamente.

El resto, es decir practicamente casi toda la edición, consistente en varios miles de ejemplares se almacenaba cierto tiempo hasta que era quemada para no perjudicar, decían sus directivos, el buen nombre del autor y de la editorial.

Mi libro “Al Encuentro con la Tierra” editado cuando la Editora la dirigía Ricardo de la Cierva, en la década de los años 70, con fotos en color y encuadernado en tela se vendió bien, gracias a mi fama de entonces y a la calidad e interés del libro, a pesar de las limitaciones que la ineficaz distribuidora imponía. No obstante, de una tirada de varios miles de ejemplares, quedaron un millar en los almacenes. Cuando me notificaron la quema de los sobrantes no podía creerlo. Opté por comprar el resto de la edición y revenderla a Castrillo, un experto en libros de los de antaño, de la Feria del Libro de la Cuesta de Moyano con notable éxito. El resto fue enviado a las bibliotecas públicas en donde cientos de jóvenes se han impuesto en el espíritu de la montaña, recibiendo la carga de la verdad y el impacto psicológico que el libro bien concebido debe ejercitar en sus lectores.

Curiosamente ahora me comunican que nuevas exigencias de espacio fuerzan a los bibliotecarios a despejar sus librerías para admitir nuevos volúmenes. ¿Cuáles son las causas por las que tienen preferencia los libros nuevos sobre los antiguos? Ya sé que la única explicación será no paralizar la producción del sector. Pero nunca a costa de los libros que fueron editados, entre los que existen muchos que tanto han significado para algunas generaciones.

¿Dónde están los libros de Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala, y de otros muchos autores de una importante época pasada? Sus libros destruídos por falta de espacio y descatalogados. ¿Es adecuada esta concepción limitada de la cultura, o habrá que reflexionar sobre ella? La América hispana necesita de nuestros libros urgentemente. Y eso pensamos si queremos robustecer y divulgar el español. ¿Podrían dar alguna explicación los responsables de estos hechos incalificables?