La cordillera de los Andes es un universo de vidas y paisajes. Desde que se inicia, en el norte de Colombia, en las alturas ingentes – más de 5.800 metros – del Pico Cristóbal Colón, cerca del Caribe, entre Cartagena de Indias y la bahía de Maracaibo, hasta la Tierra del Fuego – el Fin del Mundo – han transcurrido siete mil kilómetros de tierra diferenciada: trozos de América en los que habitan « humanidades » llenas de historia, con « culturas » repletas de singularidades.

Expedición a los Andes del sur
La expedición » Samsonite a los Andes del Sur «, ha ido escalando y ascendiendo a las cimas más destacadas de América, de cada uno de los países andinos: Colombia con el Cristóbal Colón, Venezuela y el Simón Bolivar, Cayambe, Cotopaxi y Chimborazo en Ecuador, Huascaran y Alpamayo en Perú, Illimani, Huayna Potosi y Sajama en Bolivia, Ojos del Salado, Mercenario, Aconcagua y Tupungato, entre Argentina y Chile, antes de viajar al sur y penetrar en los dominios de la soledad y del viento patagónico.

Cada montaña es la cima de un mundo: características orográficas, paisajes, cultura y una vida diferente, en ese mosaico multicolor y diverso que son los Andes.

Muy poco comparables son las montañas resplandecientes de la Cordillera Blanca, en Perú, a las soledades desérticas del Pico Mercedario u Ojos del Salado en las pampas argentinas y chilenas.

En esta fase – una de las últimas de esta larga expedición, a la que mi amigo el andinista y escalador murciano Angel Ortiz lleva dedicado muchos años – debemos escalar distintos volcanes y montañas de la mitad sur, precisamente donde comienza esa región patagónica que yo pude conocer, hace casi treinta años, cuando dirigí la famosa expedición de Peñalara al Cerro Torre, que tanta tinta gasto en la prensa de aquellos años.

Hemos llegado a Pucón, a orillas del Lago Villarrica, en la provincia de Valdivia, con las inevitables incomodidades del viajero que todavía pretende explorar la tierra. Es decir cargados de equipajes y utilizando todo tipo de transportes. No es posible querer subir las cumbres, cruzando lagos y bosques sin pagar una cuota: la incomodidad y la dureza de esta fascinante vida. No todo iban a ser venturas.