Acabo de volver a mi casa. Está caliente y confortable. He dejado mis cosas de montaña extendidas por la habitación que utilizo para guardar botas, sacos de dormir, cuerdas, clavijas y centenares de artefactos destinados para la escalada y el alpinismo. La cuerda estaba todavía llena de nieve helada y mi casco tiene una costra de hielo en el interior. He extendido la cuerda para que se fuera secando.

Después me he relajado pensando que hoy me he ganado el descanso y la tranquilidad.

Estoy satisfecho. He vuelto a ser yo, aunque haya sido solo durante unas duras y preciosas horas, simplemente subiendo los contrafuertes helados de Peñalara, por una nieve dura, totalmente cubiertos por la niebla y una violenta tormenta. Esos pasillos nevados de Peñalara , normalmente muy accesibles para un alpinista medio, se encontraban hoy – o así me lo ha parecido, peligrosos y difíciles en algunos tramos.

Venía conmigo Pedro, el Ardilla, y hemos tenido que encordarnos y subir asegurándonos en los resquicios rocosos que íbamos encontrando, con una cuerda auxiliar de 30 metros. La nieve caída estos días tapaban las rocas con lo que aumentaba la pendiente en su línea ascendente. Los simples contrafuertes y farallones rocosos cubiertos por la nieve y la ventisca tenían un aspecto que podía recordar a una dura pared alpina. Hemos salido hacia la izquierda, antes de alcanzar la cornisa, por un estrechamiento totalmente cubierto por un hielo muy duro y hemos superado con mucha atención un resalte vertical de roca con los agarres llenos de nieve.

Al alcanzar por fin la loma de las dos Hermanas, el viento nos zarandeaba y la visibilidad era nula a solo dos metros, lo que me ha hecho pensar que podríamos perdernos sin remedio. La capacidad de enfriamiento del fuerte viento, con una temperatura que no sobrepasaría los 8 o 9 grados bajo cero era muy intensa. Si no éramos capaces de orientarnos en plena tormenta tendríamos que descender lo antes posible aunque la deriva nos condujeses a la otra vertiente.

Hemos resuelto bien la ruta y una hora después hemos encontrado los vestigios del camino que baja al Puerto de los Cotos.

Una curiosa experiencia que se suma a las centenares de situaciones vividas, entre ellas algunas difíciles y muy peligrosas en los Alpes, el Himalaya, o los Andes.

El riesgo puede estar en cualquier montaña, máximo si nos adentrarnos, como hoy yo he hecho, por exceso de confianza, entre la niebla sin prevenirme ante la tormenta y ya al atardecer. Tanto optimismo me agrada mucho mantenerlo, pero a la vez sé bien que añade un riesgo demasiado juvenil a mi madura experiencia.

Sí ya sé, que en estos días de invierno y de tormentas, Peñalara, o las Cabezas de Hierro pueden encerrar emociones, de idéntico carácter al de otras montañas de mayor envergadura y altitud.

Había pensado en un tranquilo entrenamiento, subiendo por uno de esos preciosos pasillos de nieve dura que conducen a la larga loma de las Dos hermanas e incluso a las proximidades de la cima de Peñalara. Un día de sol para hacer ejercicio y seguir manteniendo la forma física practicando la técnica de los piolets y de los crampones.

No he acertado. Y lo que iba a ser una excursión de escalada en nieve tranquila se ha convertido, sin apenas transición, en una emocionante escalada en la que había que asegurarse bien, escalar a prisa entre la niebla y la tempestad, sintiendo ese trance nunca olvidado, en el que hay que decidir dar ese paso hacia arriba, sin saber sí los agarres podrán resistir, después haber mirado como mi compañero sujetaba la cuerda que nos unía con esperanza pero también con temor.