Ayer me fui por la tarde a la Pedriza. Y aunque la niebla cubría todas las cimas, era la única zona de la sierra del Guadarrama, que servía de refugio ante el viento y la tormenta.

Necesitaba andar y trepar. Y especialmente esforzarme en la necesaria práctica de la destreza para frenar ese declive que nos persigue desde jóvenes, en mi caso desde hace ya muchos años. No quería por ello dejar de entrenarme.

Pensé que con subir al Cancho de los Muertos, una sencilla y corta escalada, justificaría mis deseos. Pero subiendo al collado Cabrón, acepté la tentación de salirme del camino para buscar, entre el intrincado pinar, aquél risco que llamaban el “Elefante”, que recuerdo que había que escalarlo por una difícil chimenea para llegar a la cúspide. Entonces, cincuenta y tantos años atrás, el bosque casi no existía. Caminé abriéndome camino entre una tupida vegetación, escalando con cuidado las rocas que se encontraban a mi paso. Debí derivar mucho hacia el norte saltando en las resbaladizas rocas, cercado en el bosque que entre la niebla me parecía lleno de misterio. Lo pasé bien alardeándome de mis facultades y de mi precisión en los movimientos. Cuando pude salir del bosque que me pareció encantado la noche se aproximaba.

Vease escaladores en la tercera roca.

Vease escaladores en la tercera roca.

Cuando llegué al Cancho de los Muertos, que había pensado escalarlo por las grietas de su vertiente sur, comprobé que no llevaba cuerda alguna, ni tampoco pies de gato, pero había estimado que, optimistamente, podría subirlo como tantas otras veces, destrepandole en el descenso, siempre este un poco más arriesgado…

Estaba anocheciendo; y las voces de unos escaladores me llamaron la atención. Los vi en un espolón, sobre el “extraplomo” de la derecha del conjunto rocoso del Cancho que mira a Canto Cochino.

El escalador que iba de primero estaba llegando a la cima de la tercera roca y pedía a sus compañeros que le dieran cuerda para acometer el último paso. Me pareció una bonita escalada entre la niebla, no exenta de dificultad con la roca tan húmeda.

Cuando el primero de la cuerda me vio me pidió desde su atalaya, amablemente, que le hiciera una foto. Para ello me separé del risco y busqué el mejor ángulo, lo que me hizo desentenderme de mi compromiso de llegar a la cima.

Estuve observando a sus compañeros, los que asegurados por el primero, tendrían que subir. Pero uno de ellos me pareció poco experto y pidió que le fueran descolgando sin atreverse a seguir subiendo, mientras que el tercero le ayudaba moviéndose con precisión y posturas de ágil escalador.

Anochecía ya y decidí bajarme sin llegar a la cima. Sentí no ejercitar esa muestra de valor que es escalar y que es tan necesaria para mí. No está mal tampoco practicar la sensatez de vez en cuando, que a veces me acompaña y que se impone a mis deseos juveniles de no dejarme vencer por la comodidad.

Trataré de acompañar a este escrito las fotos que hice a los jóvenes del Cancho en un atardecer húmedo de fin de año.