Anticipo del libro “Así se hizo periodismo en las cumbres” Extracto del capítulo 5.

Diario de la Expedición de Angel González de la Fuente, editado por la Caja de Ahorros de Zaragoza en 1971

Para evitarme el esfuerzo que ahondar en el recuerdo representa, recurro a transcribir solo algunos párrafos del pequeño libro-diario que escribió ángel González de la Fuente sobre aquella expedición.

Miércoles 4 de agosto 1971.

“En el aeropuerto de Peshawar suena un disparo y precipitándome a la puerta de cristales de la sala de espera veo como uno de los soldados que nos había ayudado yace en el suelo dando gritos. El oficial le había disparado alcanzándole en la ingle. Escena que presenciamos sin salir de nuestro asombro…”

“Nos dan el alto en ocho puestos fronterizos en donde nos hacen cumplimentar las diligencias de filiación y nos prohíben hacer fotos…”

Viernes 6 de agosto 1971.

“El camino que seguimos es indescriptible: solo nuestra cámara tomavistas podrá dar fe de ello, pues por nada parecido he pasado nunca. El camino se va adentrando en un profundo desfiladero a orillas de un tumultuoso río negro”.

Sábado 7 de agosto 1971.

“Observo los pies de uno de los porteadores y parecen los de un animal, con los dedos deformados y encallecidos por la planta y por arriba.

Vemos a la mayoría de la gente, sobre todo los jóvenes, con arcos, aunque no emplean flechas, sino piedras a guisa de tirador. Disparan a unos árboles y hacen caer unos pequeños albaricoques para nosotros”

Lunes 9 de agosto 1971

“Ahora se hace más difícil el camino pues entramos en la morrena de un glaciar. Antes de entrar en él, los porteadores hacen una parada para preparar té y al no tener azúcar le echan sal gema.

Al introducirnos en el glaciar vamos salvando innumerables y profundas grietas, teniendo que tallar escalones en muchas ocasiones. Los porteadores se enfadan por la dificultad del camino, que se ha cortado por uno o varios desprendimientos, lo que nos obliga a buscar pasos por sitios peligrosos, negándose alguno a pasarlos.

A las 7 de la tarde salimos del glaciar después de12 horas y media de marcha, confluyendo en otro valle donde hay una extensa pradera.

Los porteadores duermen recostados unos con otros, alrededor de un pequeño fuego”

Martes 10 de agosto 1971.

“Me compadezco de toda esta pobre gente. Son sumisos y temerosos, y hasta parece que nos consideran seres superiores y tienen una total ignorancia de cómo se vive en el mundo pues nunca han salido de estos valles”

Domingo 15 de agosto 1971.

“Enseguida se presenta la arista de hielo que deberemos escalar, de unos 500 metros. Al principio no se da uno cuenta de su dificultad y grado de inclinación, hasta que se van sucediendo los largos de cuerda, siempre de 40 metros, en reuniones con clavos de tornillo. Vamos progresando en dos cordadas. Delante César, el cual no cede la cabeza de la cuerda, secundándole Fernando. Detrás Carlos y yo que nos vamos encontrando todo hecho. Cada vez se va poniendo más vertical y me veo en apuros para continuar en razón de mi desentrenamiento en escalada en hielo. A Carlos le veo subir tranquilo y seguro, pero cuando miro para arriba y le veo encima de mi cabeza, 40 metros más arriba, pienso en la verticalidad que ha tomado la arista y que estoy llegando al límite de mis posibilidades técnicas.

-¡En la que me he metido! Murmuro a veces.

Pero mi ilusión y la confianza en mis compañeros crece cuando llego a las reuniones, pues es admirable el trabajo que realiza César en vanguardia, pensando más que en él, en facilitarnos la progresión, pues talla cuanto puede y clava los tornillos con una fijeza que cuesta trabajo su recuperación. Yo que he hecho tantas escaladas en roca con César me quedo estupefacto ante el nivel técnico que ha alcanzado y con el nervio y valor que le echa en los pasos…

Instalamos una tienda vivac de pared en la vertiginosa vertiente y otra de túnel para Carlos y para mí. Este campamento, el cuarto, está a 6.500 metros, pero lo tendremos que desmontar pues hemos observado una bajada más fácil por otro sitio, en el caso de que podamos llegar a la cima”

Lunes 16 de agosto 1971

“Pasamos una noche fatal.

Alternamos pasos de roca con pasos de hielo, siempre con los crampones puestos siguiendo toda la arista. Hemos hecho todos los largos de cuerda asegurándonos, pero en un momento nos confiamos y subimos juntos para ganar tiempo. Grave error. Uno de mis crampones no se clava en el hielo y caigo. Grito desesperadamente a Carlos, al que le da tiempo a afianzar el piolet parándome la caída…

“Recordaba lo que había leído. Realizar una simple suma resulta una difícil operación algebraica cuando se está a 7.000 metros, pero voy haciendo sumas y calculo bien, aunque siento apatía y tengo los movimientos lentos…

“Hemos superado los 7.000 metros y estoy loco de contento al comprobar lo bien que me encuentro. Contemplo las evoluciones de César y Fernando, los que no dan más de cinco pasos y se paran.

“Estaríamos en la cumbre unos 20 minutos sacando fotografías y película, pero ni siquiera nos abrazamos (7.490 metros dieron los altímetros) la mayor altura alcanzada por el alpinismo español.

“César y Fernando se encargaron de dejar allí clavadas la bandera de España y la de la casa patrocinadora. Rezo una oración con desgana dando gracias a Dios por haber alcanzado esta cota sano y salvo”

“Iniciamos el descenso por el gran “Plató″, pero estamos muy cansados y sin fuerzas por falta de alimentación. Al lado de una enorme grieta y cuando habríamos descendido unos 400 metros decidimos descansar y comer algo. Hacemos con los piolets una pequeña plataforma y nos ponemos a derretir hielo con los hornillos, lo que prolonga la estancia. En vista de lo cual se decide “vivaquear” allí mismo haciendo más grande la plataforma. El lugar es peligroso y a mí me aterra la decisión tomada, pero no digo nada. Nos tumbamos sobre las tiendas plegadas. César y Fernando dormirán en los lados protegiéndonos a Carlos y a mí.

Martes 17 de agosto 1971.

“César decide encordarse con Carlos, variando las cordadas, y yo lo hago con Fernando. César va delante reconociendo el terreno, entre profundas grietas que causa pavor mirar su profundidad. Cuando llegamos a un lugar en la que el glaciar se agrieta más aún, Fernando decide no seguir las huellas de nuestros compañeros, desplazándonos hacia la derecha y dando pasos por lugares cada vez más difíciles y no advirtiendo que vamos hacia una encrucijada de bloques de hielo. Fernando insiste en continuar por esta ruta, pero se da cuenta tarde del error. Entonces decide montar “rapeles” fijando las cuerdas en setas de hielo, pero tenemos más de 300 metros y corremos el peligro de quedarnos colgados.

“A mí me aterra pasar aquí otra noche, minados por el cansancio y sin comida.

“Volvemos a la idea de empezar a realizar “rapeles”. Siento miedo y Fernando me anima. Cuando íbamos a iniciar este peligroso descenso, César desde muy lejos, nos indica que remontemos en lugar de descender. Después de varios largos en los que sacamos fuerzas de flaqueza, el terreno comienza a ser menos vertical, hasta que por fin encontramos las huellas de nuestros compañeros.

“Sobre las 6 de la tarde distinguimos la pequeña tienda del campamento 3, viendo también a César salir a nuestro encuentro, contento de que hubiéramos salido tan rápidamente del terreno complicado y peligroso en el que nos habíamos metido.

Miércoles 18 de agosto 1971.

“La noche ha sido mala. Cuando hemos intentado beber el agua de las cantimploras era un bloque de hielo. Al amanecer Fernando no ha podido incorporarse y no puede abrir los ojos. Tiene los parpados muy hinchados. Posiblemente será debido a que ayer se quitó las gafas. No ve nada.

“Fernando con enorme voluntad decide lanzarse por las cuerdas fijas del paraje que bautizamos como “muro descompuesto” Lo hace a tientas y a cada paso que da con gran valentía nos pone los pelos de punta.

“César sigue corriendo con la responsabilidad bajando siempre el último.

“Con gran sufrimiento de todos terminamos el descenso de las cuerdas fijas para seguir por la pedrera, llevando a Fernando e indicándole cada paso.

“César decide adelantarse en busca de colirios que creemos haber dejado en el campamento.

“Pero en el campamento 2 solo se encontró una carta de Paco Mogoteras, en la que decía que Elena estaba enferma y que había decidido que la bajaran urgentemente…”

“César continúo lleno de zozobra al campamento base que encontró totalmente abandonado, diciéndonos por radio que al día siguiente, al amanecer, continuaría hacia abajo

21 de agosto 1971

“Llevábamos unas dos horas bajando cuando Fernando que se hallaba muy recuperado e iba hablando con Abdul, el jefe de los porteadores, nos dio la noticia que nos deja secos: ¡Elena ha muerto! Creemos estar soñando. Y el impacto nos sacude bárbaramente.

22 de agosto 1971

“Voy delante con Abdul camino de Shagrum y cuando voy a cruzar el puente, este me detiene con el brazo y me indica un peñasco que sirve de pilar al puente. Allí estaba Elenita cubierta por el doble techo de una tienda.

“Nos quedamos anonadados sin poder articular palabra, apoyados en una roca y sin creer lo que teníamos ante los ojos

…..

La noticia de aquella muerte inesperada y especialmente cruel, conmovió a toda la sociedad española como no recuerdo ninguna otra. Saqué fuerzas de la ilusión por vivir, yo diría que de las mismas montañas que me habían proporcionado uno de los golpes más dramáticos de mi existencia.

El regreso a España fue de honda tristeza, en la que muy pocos amigos estuvieron a la altura de las circunstancias.

El éxito de haber alcanzado una importante cumbre virgen de esa altitud por un itinerario difícil e inédito, quedó totalmente oculto ante el sentimiento y el doloroso compromiso de comparecer ante tantos familiares que esperaban llorando la tragedia.

Mi persona recibió cartas acusadoras y escritos anónimos vergonzosos en los que se decía que había cometido un crimen perfecto.

Desde entonces comencé a interesarme por estudiar más el alma de los hombres que las montañas del mundo.

Durante las semanas siguientes fui el personaje más solicitado por los diferentes medios, a los que sabía que debería atender con paciencia, teniendo que responder a preguntas inoportunas e injustas, sin ninguna compasión hacia mí persona, mientras mi mente seguía encontrándose en las lejanas montañas de Hindu Kush.

Me recriminé muchas veces mi incapacidad para haber afrontado la misión de traer conmigo a España el cuerpo de Elena.

Y ello empezó a ser una obsesión que me impedía pensar en el futuro.

Mis hijos Bruno y Elena, muy pequeños, especialmente Bruno, debió de recibir el impacto emocional de la desaparición de su madre con particular conmoción.

No podía seguir en ese estado de constante preocupación, obsesionado con las lejanas montañas, imaginando sucesos imposibles.

Tenía que volver al Hindu Kush.