Otra vez el Annapurna.

Antes ir a un 8.000 era verdaderamente excepcional. Ahora es frecuente y ya casi no es noticia.

Yo fracasé en 1973, hace cuarenta años.  Pero veo con el paso de tanto tiempo que fracasé en esa peligrosa montaña del Himalaya con dignidad.

Yo había ido solo y tras más de veinte días equivocando caminos pude llegar al campamento base. Entonces casi nadie sabía cómo se llegaba a través del collado de las Nilgires.

Allí estaba la expedición italiana de Guido Machetto, la que se retiraba tras la muerte de Müller y Rava, a causa de una avalancha que los arrastró mientras dormían dentro de la tienda.

Yo iba clandestino, sin permiso, pero nadie vigilaba la montaña.

Me quedé solo. Mi sherpa, Dawa Geizen, un joven afable, asustado y todavía nada experto,  se quedó a esperarme en el campo base.

Entonces la única ruta conocida era la abierta por los franceses, la que supera por la izquierda el glaciar colgado de la Hoz, la de la primera ascensión de 1950, más peligrosa aún por las avalanchas que la actual, la que utilizan ahora todas las expediciones.

Un amanecer mi tienda desapareció dejándome sin nada, entre los campamentos 2 y 3, que aunque protegida por una barrera de seracs, salió despedida por el viento producido por un desprendimiento que venía de lo alto.

Me tuve que retirar lleno de ilusión por la vida. Nadie entonces había intentado absolutamente solo, sin nadie en la montaña, emprender esta loca ascensión.

Fue una buena suerte fracasar y poder seguir viviendo. Sin aquella providencial onda expansiva posiblemente no habría podio descender vivo.

Ahora todo es distinto. Soria, siempre sabio y prudente, se ha retirado, mientras que un grupo de ocho, entre ellos los españoles Oscar Cadiach y un gallego de Vigo llamado Senchu, han llegado a la cima, cercados por las frecuentes avalanchas que ya han causado víctimas mortales entre los expedicionarios, víctimas que ya no son noticia.

Ahora, curiosamente, la muerte es menos noticiable que el éxito.

La sociedad y los mercados exigen ahora el triunfo, la cumbre, por encima de las viejas virtudes de la compasión y del compañerismo.

La vida es una carrera hacia la cima en la que nadie se detiene para ayudar a los que la fatalidad deja inertes a los lados de las avalanchas o en el borde de las grietas. Salvesé el que mejor pueda.

“Cinco Montañas Solo” Edit. Desnivel.



Homenaje de la Tertulia El Rastro

Fue muy atenta, cordial y generosa la acogida que me dispensaron los componentes de la Tertulia  “El Rastro”,  con motivo de su reunión mensual en el restaurante Riazor, en la calle Toledo, esquina a la calle Imperial de Madrid el martes pasado.

Agradecí mucho el homenaje que me brindó el numeroso grupo de tertulianos, gentes de muy distintas profesiones (periodistas, académicos, humoristas) y especialmente personas muy unidas al arte, a la amistad y a los recuerdos.

Todos, en número próximo a una treintena, recordaron aquellos lejano años de TVE  en los que yo contaba mis aventuras y desventuras a través de la televisión, entonces única y multimillonaria de espectadores.

Ahora pienso que lo debí  hacer bien, ya que han pasado 42 años y cada día me recuerdan con afecto aquellos tiempos de actividad, expediciones y programas, dando a conocer –no solo la escalada y sus técnicas-  sino la importancia de la ilusión, del esfuerzo y  de la belleza a través de la montaña para hacer más grande la vida y más amable  la sociedad.

¡Gracias Tertulia El Rastro



32 Marcha de los Abogados. ICAM. 5 mayo 2012-05-06. Cuando los guías se equivocan.

“¡Vaya día y nos lo queríamos perder!”

Pareció que el tiempo previsto, reiteradamente anunciado, podría concedernos una tregua, y aunque había ya decidido cambiar el itinerario por uno a baja altura por la Pedriza, como las circunstancias aconsejaban, nos animamos a subir a la Morcuera, viendo que las nubes dejaban al descubierto un prometedor cielo azul que contradecía los malos pronósticos

La montaña como la vida es una aventura y pensé brindársela una vez más a mis compañeros para que captaran el significado de estas experiencias. Recuerdo que dije:

-Si hay que escoger, en la vida como en la montaña, es mejor decidirse por lo difícil.

Así que fuimos adelante optimistas y divertidos ante las bromas inteligentes de José Ignacio  Gómez Acebo, Santiago Álvarez y otros compañeros más.

Llegamos bien hasta terminar, o eso creo, los llamados Bailanderos, ya  entre una espesa  niebla.

Alcanzamos lo que creímos -yo también- la cima de Asómate de Hoyos, y desde ahí guié a mis compañeros por una nieve incomoda, orientándome al Sur entre dudosos hitos para tratar de descubrir el camino, el que bordeando el Hoyo o Pasillo de San Blas, debería llevarnos al collado del Miradero para descender al lado de la Bota hacia la Pedriza y llegar así Canto Cochino en donde nos esperaría el autobús.

Pero no fue así. Despejó la niebla solo lo suficiente para comprobar que yo me había confundido. Bajar desde allí me pareció que no tenía sentido y decidí volver a subir para continuar por la “Cuerda Larga” hasta el lugar adecuado.

Poco a poco el tiempo se fue mostrando menos apacible. La niebla fue cada vez más intensa y el viento más violento,  lo que me decidió a continuar toda la “Cuerda Larga” hasta el mismo Puerto de Navacerrada, ya que bajar por alguna de las dos vertientes no me pareció oportuno sin seguir un camino definido y más aún siendo un numeroso grupo.

Así fue como La Marcha de los Abogados se fue transformando en una prueba de resistencia y orientación, en la que había que ir descubriendo el camino sobre la nieve entre la intensa niebla en la que participamos todos. Recorrimos Las lomas de Pandasco y las Cabezas de Hierro con una climatología adversa que contribuía a confundirnos repetidamente. Y gracias a un GPS pudimos rehacer en algún caso la ruta que perdíamos repetidamente.

La Marcha fue una experiencia real al margen de lo deportivo. Y se había transformado en un camino de  vida hacia la incomodidad, la dificultad y el cansancio.

Una lección para todos.

Y yo era el responsable de esa lección y  de que mis compañeros vivieran esa experiencia. Y responsable también de que todos llegaran bien al final del camino, por ese sendero que había que ir descubriendo a cada paso.

–Tú barón, me dije, cuando vayas solo haz lo que quieras, pero no cuando conduzcas a los demás que no tienen motivos ni impulsos para ser y vivir como tú.

Mi vida siempre estuvo y está rodeada de momentos duros, por esa maldita vocación de buscar la dificultad, para hallar la reflexión, aunque sea en la pequeña sierra del Guadarrama, en el itinerario menos adecuado y en el día peor del año.

Os prometo amigos de la Marcha de los Abogados, 32 edición, que ya no volveré a transformar vuestros lógicos deseos deportivos en una experiencia metafísica, que siempre lleva en sí cansancio, frío e incertidumbre.



Visiones del barón de Cotopaxi

¿La vida del alpinista es una introducción a la muerte?

Los alpinistas no mueren se matan para escapar de la muerte

¿Morir es renunciar al entusiasmo?

Morir es solo envejecer

Es bueno descender de la cima a la vida.

De la reflexión filosófica a las pequeñas preocupaciones.

Y así asumí el fracaso de no alcanzar nunca el éxito. ¡Había tantos que fracasaban al triunfar!

Y agradecí la buena suerte, sin contar jamás con ella.

¿Cuántos fracasos alcanzaban el éxito?

Mi único triunfo es haberme levantado una y otra vez de los numerosos fracasos de la vida



¿La mejor vida es la que nunca pasa nada?
¿Qué sentido tiene escribir y contar sobre una escalada con éxito en la que no ha pasado nada?
En un gran número de relatos que se leen, a cargo de importantes alpinistas y exploradores, sobre grandes ascensiones y escaladas, se hace referencia a las técnicas empleadas, a los vivacs, a las condiciones climatológicas y a las circunstancias externas, sin mencionar casi nunca las verdaderas sensaciones que se han ido produciendo en el transcurso de las arduas escaladas.
Pienso que se trata de ocultar lo principal y narrar solo lo insustancial.
¿Donde están expresados esos estados de ánimo tan especiales e intensos, a veces tan dramáticos, como la extenuación, el temor, la incertidumbre y el sufrimiento que hay que ir soportando y superando a cada tramo, es decir el sentimiento que esa actividad está produciendo y marcando en nuestras conciencias?

Esos grandes sucesos interiores -es decir espirituales- son precisamente los que dejan huella en nuestra alma, los que para vivirlos motivan acometer las peligrosas empresas de querer llegar a lo alto. Esas impresiones y fuertes deseos, esa pasión contenida. todo ello merece nuestro total reconocimiento y constituye la esencia de la gran vivencia del alpinismo.

Sin una confesión sincera de nuestro “yo” el relato solo es una ficha técnica de un interés parcial, una exhibición narrativa que solo se dirige a mostrar el record deportivo, quedando oculto -despreciando muchas veces la verdad vivida- el fondo exaltante de la verdadera trascendencia de la ascensión.

Vivimos para reunir experiencias - sucesos y peripecias- que nos hagan sentir la vida totalmente, eso que curiosamente tanto se dice: “echarle vida a los años y no años a la vida” y que nunca hacemos quizás para solo parecer, más que para mostrar el auténtico ser.
A mi modesto juicio, sí escalamos montañas, es para que el vivir sea intenso, repleto de momentos excelsos, viajes, emociones, esfuerzos, esperanzas e incertidumbres, riesgos, sobresaltos y cansancios, mirando la vida desde arriba, deseando llegar, soportando nostalgias, sintiendo sensaciones desconocidas, superando dificultades…, esa es la verdadera y extremada vida del explorador, al fin, echándo a la conciencia de la existencia esos pasos que ya no sabes si tendrás fuerzas de continuar dando…

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