Lunes, 18 de Agosto de 2008
Ayer regresé de un rápido viaje a los Alpes. Fui en avión a Ginebra. Allí me esperaban Jules Stewaer, periodista inglés, especializado en altas finanzas y Alessio Altichieri corresponsal del “Corriere della Sera” en Londres.
Había sido requerido para acompañarles a la cima del Mont Blanc, si las condiciones eran favorables. Acepté el compromiso pensando que esa actividad sentaría bien a mi espíritu y a mi cuerpo; el esfuerzo de alcanzar los 4.810 metros de la cumbre, un buen entrenamiento acompañando a mis amigos, ejercitando mi oficio de guía de alta montaña y tener otra oportunidad de ver una vez más estos parajes que fueron la ilusión y la pasión de mi juventud.
Chamonix había sido para mi, y para mi generación, la capital del alpinismo. Sus calles repletas de tiendas y restaurantes, con ese ambiente único de ciudad cosmopolita y cuidada, viendo perfilarse las cimas más famosas de la Tierra: la Verte, el Dru, las incomparables agujas de Camonix, la Aiguille du Midi, el impresionante glaciar de Bossons, y allá arriba, alta como la luna, la incomparable cumbre del Mont Blanc.
Nos hospedamos en el Hotel d’Arve, en donde también se alojaba George Band, el primer ascensionista del Kanchenjunga, la tercera cima más alta del Himalaya y una de las más interesantes. Band tenía que estar presente, junto a Maurice Herzog, en una reunión en el Auditorio del Majestic rememorando la mejor época del alpinismo clásico.
A la mañana del día siguiente Jules Stewart me dijo que se sentía indispuesto y que no podría acompañarnos.
Partimos Altichieri y yo subiéndonos al teleférico de Les Houches, hasta Bellevue, y allí esperamos al antiguo ferrocarril del Mont Blanc hasta Nido de Aguilas. Comenzamos a caminar por los contrafuertes rocosos hasta el refugio de Tete Rouge, en donde desayunamos unos espaguetis antes de proseguir la ascensión. Nos aseguramos para cruzar el couloir, por donde descienden las piedras que tantos accidentes han causado, continuando por el camino que va ascendiendo penosamente por el espolón de Gouter, casi 700 metros de roca con nieve, protegido excesivamente por cables que sirven de seguro a los ascensionistas, en esta larga y fácil escalada, en la que no obstante hay que tener cuidado. La mayor parte de los accidentes tienen lugar en este largo tramo, en el que hay que extremar la atención, y saber dosificar los esfuerzos para alcanzar el refugio de Gouter.
Como dijo Bergson, “la vida es la subida de la cuesta por donde desciende la materia”. La cuesta del espolón de Gouter, la cuesta del Mont Blacn.
El refugio Gouter, colgado de la arista, está a más de 3.800 metros. Se encontraba como siempre lleno de alpinistas de todo el mundo. Allí nos acomodamos lo mejor que pudimos y esperamos a la hora de la cena. Descansamos poco y mal, levantándonos a las dos de la madrugada, para después del desayuno, empezar a las tres la ascensión.
Lentamente, siguiendo las huellas que se veían claramente en una noche de luna nos dispusimos a continuar hasta la cima, aceptando el sufrimiento de la larga subida y del frío que comenzaba a sentirse. Vi que mi compañero Altichieri estaba en forma y subía con regularidad, por lo que evité efectuar paradas. Bordeamos la cima de la Aiguille de Gouter y cruzamos al collado, bajo las cabañas del antiguo observatorio astronómico y del refugio Vallot, que pronto dejamos atrás.
Amaneció un día espléndido pero con un peligroso viento que a medida que ascendíamos era cada vez más violento y frío. La larga arista de las Bosses representó una lucha contra el vendaval (en el Himalaya habríamos tenido que retirarnos, sin dudarlo un instante) pero ya estábamos cerca de la cima. La nieve estaba perfecta, pero el viento era muy intenso, lo que me hacía temer que algún resbalón en la estrecha arista o un golpe de aire nos tirase. Entonces pensé que debería situarme detrás de Altichieri, para que en el caso de una caída suya, yo tendría que saltar hacia el lado opuesto para evitar la tragedia. En la cima solo un instante, ya que el viento era insoportable. Me quité los guantes y le hice dos fotos testimoniales. No pudimos mirar el paisaje cegados por el furioso vendaval que fácilmente alcanzaría una velocidad de 70/90 kilómetros por hora… y que podía causarnos hipotermia. Pero sentimos la cima, como siempre al fin y cabo efímera pero también eterna…
Fuimos descendiendo con rapidez, manteniendo la cuerda tensa a mi compañero, quién no obstante caminaba bien y con seguridad.
A las puertas del refugio y observatorio Vallot nos quitamos la cuerda y proseguimos el largo descenso al refugio Gouter. Solo nos quedaba la penosa bajada a la Tete Rouse y el largo camino a Nido de Aguilas.
Era para mi una curiosa experiencia. Mi cuarta ascensión hasta la cima del Mont Blanc, cuarenta y ocho años después de mi primera ascensión en 1960, con Miguel A. Herrero y una chica francesa que nos contrató como guías, a la que conducimos a la cima descendiendo por el itinerario de Grandes Mulets hasta Plan du Aiguilles, en donde perdimos el último teleférico. Años después subí también por la vertiente italiana de la Brenva, una espléndida ascensión glaciar. Hace pocos años quise subir con el parapente a la espalda, pero el fuerte viento y el enorme peso del equipo me impidieron llegar a la cima desde donde había soñado salir volando hasta Chamonix.
He regresado contento de esta ascensión, sabiendo mejor que nunca el sabor amargo del esfuerzo y el contento de haber superado el cansancio.
Como le dije a Alessio Altichieri: “la ascensión a las cumbres neutraliza el declive de la existencia”.
Hasta la vista amigo Alessio, que nunca mi cliente, aunque haya mediado precio o recompensa; nada mercantil entre nosotros, solo la pasión por las cimas en la amistad y en el ejercicio de una dura profesión llena de belleza y compromiso.
¡Y Muchas Gracias por esa generosa crónica que me has dedicado en el “Corriere della Sera”!


