Ayer regresé de un  rápido viaje a los Alpes. Fui en avión a Ginebra. Allí me esperaban Jules Stewaer, periodista inglés, especializado en altas finanzas y Alessio Altichieri corresponsal del “Corriere della Sera” en Londres.

 

            Había sido requerido para acompañarles a la cima del Mont Blanc, si las condiciones eran favorables. Acepté el compromiso pensando que esa actividad sentaría bien a mi espíritu y a mi cuerpo; el esfuerzo de alcanzar los 4.810 metros de la cumbre, un buen entrenamiento acompañando a mis amigos, ejercitando mi oficio de guía de alta montaña y tener otra oportunidad de ver una vez más estos parajes que fueron la ilusión y la pasión de mi juventud.

 subida

            Chamonix había sido para mi, y para mi generación, la capital del alpinismo. Sus calles repletas de tiendas y restaurantes, con ese ambiente único de ciudad cosmopolita y cuidada, viendo perfilarse las cimas más famosas de la Tierra: la Verte, el Dru, las incomparables agujas de Camonix, la Aiguille du Midi, el impresionante glaciar de Bossons, y allá arriba, alta como la luna, la incomparable cumbre del Mont Blanc.

 

            Nos hospedamos en el Hotel d’Arve, en donde también se alojaba George Band, el primer ascensionista del  Kanchenjunga, la tercera cima más alta del Himalaya y una de las más interesantes. Band tenía que estar presente, junto a Maurice Herzog, en una reunión en el Auditorio del Majestic rememorando la mejor época del alpinismo clásico.

            A la mañana del día siguiente Jules Stewart me dijo que se sentía indispuesto y que no podría acompañarnos.

 

Partimos Altichieri y yo subiéndonos al teleférico de Les Houches, hasta Bellevue, y allí esperamos al antiguo ferrocarril del Mont Blanc hasta Nido de Aguilas. Comenzamos a caminar por los contrafuertes rocosos hasta el refugio de Tete Rouge, en donde desayunamos unos espaguetis antes de proseguir la ascensión. Nos aseguramos para cruzar el couloir, por donde descienden las piedras que tantos accidentes han causado, continuando por el camino que va ascendiendo penosamente por el espolón de Gouter, casi 700 metros de roca con nieve, protegido excesivamente por cables que sirven de seguro a los ascensionistas, en esta larga y fácil escalada, en la que no obstante hay que tener cuidado. La mayor parte de los accidentes tienen lugar en este largo tramo, en el que hay que extremar la atención, y saber dosificar los esfuerzos para alcanzar el refugio de Gouter.

Como dijo Bergson, “la vida es la subida de la cuesta por donde desciende la materia”. La cuesta del espolón de Gouter, la cuesta del Mont Blacn.

 

            El refugio Gouter, colgado de la arista, está a más de 3.800 metros. Se encontraba como siempre lleno de alpinistas de todo el mundo. Allí nos acomodamos lo mejor que pudimos y esperamos a la hora de la cena. Descansamos poco y mal, levantándonos a las dos de la madrugada, para después del desayuno, empezar a las tres la ascensión.

Lentamente, siguiendo las huellas que se veían claramente en una noche de luna nos dispusimos a continuar hasta la cima, aceptando el sufrimiento de la larga subida y del frío que comenzaba a sentirse. Vi que mi compañero Altichieri estaba en forma y subía con regularidad, por lo que evité efectuar paradas. Bordeamos la cima de la Aiguille de Gouter y cruzamos al collado, bajo las cabañas del antiguo observatorio astronómico y del refugio Vallot, que pronto dejamos atrás. 

mont-blanc

Amaneció un día espléndido pero con un peligroso viento que a medida que ascendíamos era cada vez más violento y frío. La larga arista de las Bosses representó una lucha contra el vendaval (en el Himalaya habríamos tenido que retirarnos, sin dudarlo un instante) pero ya estábamos cerca de la cima. La nieve estaba perfecta, pero el viento era muy intenso, lo que me hacía temer que algún resbalón en la estrecha arista o un golpe de aire nos tirase. Entonces pensé que debería situarme detrás de Altichieri, para que en el caso de una caída suya, yo tendría que saltar hacia el lado opuesto para evitar la tragedia. En la cima solo un instante, ya que el viento era insoportable. Me quité los guantes y le hice dos fotos testimoniales. No pudimos mirar el paisaje cegados por el furioso vendaval que fácilmente alcanzaría una velocidad de 70/90 kilómetros por hora… y que podía causarnos hipotermia. Pero sentimos la cima, como siempre al fin y cabo efímera pero también eterna…

Fuimos descendiendo con rapidez, manteniendo la cuerda tensa a mi compañero, quién no obstante caminaba bien y con seguridad.

A las puertas del refugio y observatorio Vallot nos quitamos la cuerda y proseguimos el largo descenso al refugio Gouter. Solo nos quedaba la penosa bajada a la Tete Rouse y el largo camino a Nido de Aguilas.

 

Era para mi una curiosa experiencia. Mi cuarta ascensión hasta la cima del Mont Blanc, cuarenta y ocho años después de mi primera ascensión en 1960, con Miguel A. Herrero y una chica francesa que nos contrató como guías, a la que conducimos a la cima descendiendo por el itinerario de Grandes Mulets hasta Plan du Aiguilles, en donde perdimos el último teleférico. Años después subí también por la vertiente italiana de la Brenva, una espléndida ascensión glaciar. Hace pocos años quise subir con el parapente a la espalda, pero el fuerte viento y el enorme peso del equipo me impidieron llegar a la cima desde donde había soñado salir volando hasta Chamonix.

 

He regresado contento de esta ascensión, sabiendo mejor que nunca el sabor amargo del esfuerzo y el contento de haber superado el cansancio.

Como le dije a Alessio Altichieri: “la ascensión a las cumbres neutraliza el declive de la existencia”.

Hasta la vista amigo Alessio, que nunca mi cliente, aunque haya mediado precio o recompensa; nada mercantil entre nosotros, solo la pasión por las cimas en la amistad y en el ejercicio de una dura profesión llena de belleza y compromiso.

¡Y Muchas Gracias por esa generosa crónica que me has dedicado en el “Corriere della Sera”!

 

 nieve

 

En un mundo lleno guerras tribales y terribles con centenares y aun decenas de miles de victimas, en donde los monzones, los corrimientos de tierras, las aglomeraciones en acontecimientos religiosos de producen muertes; y el tráfico en el desarrollado occidente ocasiona miles de accidentes, llama curiosamente la atención este especial suceso en el que han muerto 11, 18, o quizás más personas bajando del K2, está concitando un gran despliegue de noticias y comentarios.

La vida es la que es muchas veces horrible, tanto si eres deportista activo como si eres un pasivo ciudadano. No solo mueren los alpinistas pasionales que quieren exponerse y esforzarse hasta límites que el sentido común no podría nunca explicar, sino también para los que viven al margen del peligro buscado.

La tragedia del K2 es la tragedia del alpinismo, que según estos años de investigaciones y estudios que vengo realizando es una actividad que se eleva y escapa de los parámetros deportivos normales para constituir un singular y poderoso “idealismo”

Han muerto de 12 a 18 personas (todavía no se sabe) fuertes, valientes y preparadas, porque si no fuera así no hubieran llegado, nada más ni nada menos, que a la cima del K2-. Sí, ya se que no se trata de llegar a la cima si no de bajar y volver para contarlo, pero así estaban las circunstancias.

Es cierto que iban muchos juntos, lo que nunca es bueno, en caravana, que psicológicamente parece que otorga seguridad para los que no pueden ascender de forma independiente. Subían tarde y tuvieron mala suerte.

Esa caída del “serac”, entre muchos otros bloques de hielo, inestables y siempre amenazadores que sobresalen por encima del “cuello de Botella” les asustó, o incluso se dice que arrastró a algunos, que todavía no se puede asegurar, si es que alguna vez llegamos a saberlo, arrancando las cuerdas fijas (el K2 no es un parque temático, ni una escalada ferrata) y arrasando las “huellas”, que son tan importantes para saber poner el pie en fuertes pendientes nevadas, cuando las circunstancias se ponen más peligrosas. Algunos intentaron bajar y se cayeron porque era noche obscura, estaban asustados, cansados o extenuados, con el frío acerbo de la altura que hiela, y además esa gran fatalidad sobrevenida… Algunos iban con guías sherpas, otros no…¿Estaban todos a la altura de la dificultad del K2?. Nadie somos nada para juzgarlo. ¿Iban formando una peligrosa caravana? Es posible, pero en el alpinismo, como en la vida, todos nos animamos más con la proximidad de otros.

En el mejor de los casos es lo que ocurre hoy en todas las montañas famosas; y el K2 ya no es ninguna excepción. Peligrosas caravanas, muchos alpinistas juntos deseosos de llegar a las cimas de la Tierra, que para mi no son solo, ni más, las del Karakorum, que las del Himalaya, que las de los Alpes, que las de Alaska o los inmensos Andes… Se busca la fama y la gloria. ¿Es acaso injusto?  ¿Está solo la gloria y el renombre en las montañas famosas? Los que suben solos, sin sherpas, sin huellas, a unas montañas posiblemente más difíciles aún que el K2, no reciben mención ni trato deferente por parte de esta sociedad a la “moda” que solo valora lo que les dicen los “medios” y desprecia cuanto ignora, recordando el precioso verso de Machado.

Si el K2 no estuviera de moda como los todos los “ochomiles” no habrían muerto 12 -18 alpinistas, si no solo dos o tres. La tragedia de este año es el resultado de la “universalización” del alpinismo de altura y atraerá para el año próximo a muchos alpinistas más que querrán superar el drama. La tragedia no apartara a los alpinistas, si no que será un atractivo mayor en ese deseo de superación. Así ocurrió en el Cervino, en Mont Blanc, en el Nanga Parbat, en el Everest, en el K2 y en todas las montañas del  mundo.

Everest

Respecto al debatido y criticado artículo de David Torres en el “El Mundo”solo tengo que decir que es un artículo literario y periodístico, pero escrito por un autor que no es alpinista, ni explorador, ni ha probado el sabor del esfuerzo. Escribió una novela sobre una imaginaria ascensión al Nanga Parbat que a muchos les pareció que literariamente era buena, y que a otros no les interesó nada. Imaginar el alpinismo es una tarea imposible, si no se ha vivido; y solo algún poeta o filosofo metafísico como Rilke, Hölderlin, Nietzsche o Jünger... podrían hacerlo.

La masificación de las grandes aficiones, más o menos arriesgadas, o en el devenir normal de la existencia de cada día, traerá casi ineludiblemente el aumento de las probabilidades de grandes accidentes. Cuando ocurra en el mismo Everest la tragedia será todavía mayor. Habrá que irse mentalizando a ello.

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*César P. de Tudela es guía de alta montaña y explorador. También Doctor en C. de la Información y abogado.

El alpinismo es una pasión peligrosa y exigente que en los últimos años se ha generalizado de forma universal.

Las grandes montañas de la Tierra son ascendidas por gran número de deportistas, unos más preparados y otros menos, que confían en sus guías y en los sherpas que contratan para que les ayuden a culminar la empresa. Las agencias que preparan las expediciones han facilitado las difíciles gestiones que llevan consigo la organización de expediciones de esta magnitud y el tema se reduce, en muchos casos, a disponer del tiempo y del dinero necesario para poder alcanzar esa indudable gloria personal que se deriva de haber llegado a las cimas más altas de la Tierra.

Hasta hoy mismo el K2 seleccionaba mucho a sus candidatos, pero la “universalización” cada vez más frecuente del alpinismo de altura, unida a las facilidades que la sociedad de consumo ofrece, contribuyen a que cada temporada sean centenares los aspirantes y se acrecienten las posibilidades de accidentes.

Y los accidentes en las grandes alturas de la Tierra, con hondos precipicios y climatología inestable, pueden convertir en un infierno lo que solo era una difícil escalada y producir una de éstas dantescas tragedias.

La noticia que comentamos tiene una extrema gravedad y bien podría ser la mayor tragedia de las muchas acaecidas en los macizos montañosos de Asia

El gran alpinista de Vitoria Gastéiz, Alberto Zerain ha contado con sencillez como fue su espléndida ascensión del K2, abriendo huella hasta la cima, después de haber partido del campamento 3 y regresando al mismo, lo que constituye una exhibición de formidables facultades.

La expedición posterior de dieciocho alpinistas de diversas nacionalidades que subieron tras él llegaron a la cima del K2 muy tarde, a eso de las 20 horas. La caída de un bloque de hielo debió de barrer el pasaje llamado “Cuello de Botella” arrasando las huellas y las cuerdas fijas; y ello unido al cansancio de los alpinistas, a la noche, y a la dificultad del terreno, ha podido propiciar la tragedia, que si se verifica la certeza de su noticia, sería una de las más graves que han tenido lugar en el Karakorum y en el mismo Himalaya.

Debemos de estar mentalizados a que éste tráfico humano por encima de los 8.000 metros será cada vez más intenso. Y con el la posibilidad de accidentes múltiples como éste que ahora nos alarma.

En el otoño volverá a llegar el turno del pos-monzón al Everest, que también podría ser motivo de nuevos dramas. Hemos de acostumbrarnos a este tipo de noticias.

El Himalaya y el Karakorum están de moda. Todos desean (deseamos) llegar a las cimas más altas, y esa moda  por los “ochomiles” ha arrebatado a los grandiosos Alpes el protagonismo que siempre han ejercido. Sus incomparables escaladas a mi entender siguen siendo las mayores y mejores de todas las montañas de la Tierra.

Pero solo se habla y se escribe de los muertos del Everest y del K2, las montañas de moda; y se silencian los muertos y desaparecidos del mismo macizo del Mont Blanc, ascensión de la que he regresado la pasada semana casi cincuenta años después de mi primera ascensión a finales de los “50”. El Mont Blanc una de las grandes montañas del mundo reúne cada temporada, en el macizo franco-italiano, un saldo de perdidas humanas próximas al centenar. Pero el turismo alpino, muy veterano y profesional, no quiere nunca presumir de éste tipo de cifras.

A las mayores facilidades que los grandes macizos de Asia brindan, seguirán ineludiblemente mayores afluencias de deportistas que buscando esa última “esencia” que se respira en el ejercicio de los grandes esfuerzos.
Y ello siempre representará nuevas tragedias.

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*César P. de Tudela es guía de alta montaña, abogado y doctor en C. de la información

El alpinista ideal no creo que exista nunca. El hombre es un ser en eterna búsqueda que jamás encuentra.
Quizás es uno de los humanos que más se acerca a la esencia del ser, pero la misión escapa de la virtuosidad y constancia que requieren hasta los mismos “ochomiles de la Tierra”.

Lograr encontrar el equilibrio entre lo que haces, lo que deberías hacer, y lo que podrías hacer es una misión casi imposible. Condenarse a subir montañas toda la vida y constantemente, una tras otra, como meta ideal de una vida puede constituir hasta una locura desesperada de quiénes han optado por darse por fracasados en otros fundamentales de la existencia.

El mismo Che Guevara, personaje que las conveniencias ideológicas y hasta la misma visión de quiénes están atados a la rueda inexorable de la existencia han idealizado de forma infinita, puede ser un caso de infelicidad y de frustración.

El Che, el generoso luchador de los derechos de los oprimidos de la Tierra, el Jesucristo del siglo XX, también era el típico mal estudiante incapaz de terminar con éxito su añorada carrera de medicina, incapaz de llevarse bien con su familia, y consigo mismo sabiendo compaginar pasiones y devociones, con equilibrio y esfuerzo, o huir de todo para sumergirse en esa misión en la que encontró la muerte.

Cesar

El equilibrio es fuente de seguridad y aún de felicidad. Y la felicidad es llevarse muy bien con uno mismo, estar contento de como eres y conforme con lo que tienes.

El que os escribe ha pasado por diversas  épocas y estadios del espíritu y por ello puedo recordar bien la hondura de mis pesares, cuando mi dedicación exclusiva al alpinismo, dentro de una fama poco frecuente que entrañaba el halago popular. La búsqueda de cimas en montañas lejanas (Andes solo, alcanzando muchas cimas, solo el Mc Kinley, atravesando todo el macizo, solo en el Annapurna en el postmonzón de 1973) no me satisfacían de forma completa y anhelaba una vida más completa, en lo familiar, en lo profesional, en lo intelectual… Y puedo decir con máximo orgullo, que yo tenía muchas fuentes para lograr la felicidad: mi carrera como jurista y como periodista, como funcionario… Como escritor de libros de montaña… y fui el primero o uno de los primeros que podían ejercer la profesión de guía de alta montaña, entonces sin posibles clientes que estuvieran decididos a pagar los servicios de un experto para lograr su objetivos. Ejercía como conferenciante y reportero de la aventura. Hoy el guía pone al alcance del aficionado cimas que de otra forma le estarían prohibidas.

Quiero decir que dudo mucho de que la persecución de un record pueda traer la felicidad definitiva, estimando más aún: que pueda ser solo una huída hacia adelante, una retirada esforzada al encuentro desesperado de uno mismo.

Será buena la búsqueda de la esencia del ser, pero creo que en cualquier caso sería aconsejable añadir el máximo equilibrio como ingrediente fundamental, del que tantos grandes alpinistas hacen gala en las escaladas y las ascensiones.

Sigo creyendo, igual que hace cuarenta años, que el alpinismo es también, además de un arte, de un deporte y de una filosofía, una escuela para entender la vida de cada día. Entonces me pareció que los principios de la escalada y de las ascensiones de montaña eran unas rotundas realidades que se podían trasladar a los estudios, al ejercicio de la profesión, a la superación de las dificultades que la existencia nos impone… El mismo espíritu de superación y de optimismo, el mismo humor, el saber callar el miedo ante el pavor de la vida, en este caso de los precipicios por los que hay que subir, el no asustar a tus compañeros con tu miedo y guardarte la angustias para ti mismo.

La velocidad de Steck en el Eiger, batiendo el record de tiempo invertido en ascender la pared me deja desorientando y desencantado. Cuando se corre por una montaña vertical es que no se teme nada de ella, y esa falta de temor me hace dudar sobre la recompensa de haber vencido? No es eso. No tiene sentido. Eso puede ser ya no saber que hacer. Correr por correr sin valorar el camino.

Era 1960 cuando descendía del Bernina, por la arista del Bianco y vi como unos corpulentos guías italianos descendían corriendo, dando cuerda a un joven que gritaba de miedo, resbalándose y cayéndose a cada paso. Los guías se reían mientras aquél joven, que había contratado sus servicios, vivía el horror de unos compañeros desalmados que se mofaban de su torpeza.

Años después, en 1967, descendiendo del Cervino vi un espectáculo parecido. Y hace solo unos años, en el Mont Blanc, y en la Barre des Écrins, presencié el ascenso desacompasado de los guías en relación con las facultades y el entrenamiento de sus compañeros de ascensión, con el fin censurable de agotar al que ha pagado por ir junto a un experto profesional y no culminar así el objetivo, es decir la ascensión, pretextando que sin una forma física a su juicio adecuada no es posible alcanzar la cumbre sin riesgos. (Siempre trato de evitar el termino vulgar de cliente, que me parece exclusivamente un vocablo mercantil, que a mi juicio desvaloriza la relación humana  que existe en el hecho de la vivencia alpina).

Cesar

Estos ejemplos que he extraído de mi recuerdo, son ahora cada vez más frecuentes en los Alpes, las montañas por excelencia, en donde es más raro encontrar alpinistas “sin guía”, como ocurría en todas las montañas del mundo, Himalaya incluida, en la segunda mitad del siglo XX.

Cada vez más esta sociedad del bienestar busca la aventura segura, y las máximas facilidades, desvirtuando así la sustancia de la ascensión. Y contrata guías que simplifiquen el camino y aseguren la ascensión, hasta para hacer un fácil recorrido por Gredos o los Picos de Urbión. A veces es curioso que unos españoles contraten guías españoles para ir a los Andes, y a su vez se vuelva a contratar otros guías locales
( Bolivia, Perú, Chile etc…) que conozcan bien las rutas y ascensiones.

Cesar

Dentro de unos días volveré al Mont Blanc para acompañar a unos amigos ingleses que quieren ir junto a quién estiman más experto y pueda asegurarles en la arista final de la vía normal francesa. No desean tener ninguna relación con los guías de la montaña francesa en la que hay extraordinarios profesionales, pero también otros quizás no menos numerosos que trataran de agotarles para no concluir la ascensión tras haber cobrado sus honorarios, sin honor, como otras veces les ha ocurrido.

Creo que los guías de montaña españoles, en la vanguardia de la formación técnica, están por encima de ese egoísmo oportunista que tanto desvirtúa la mítica literatura sobre los guías alpinos. Los españoles, más recientes en el ejercicio de esta profesión, tienen más ilusión por el desempeño de su función, la que efectúan amistosamente, simpatizando y ayudando a los que pronto consideraran amigos. Quizás sean ventajas de nuestra famosa psicología meridional.

Cesar

El alpinismo, guiado o no, es un curioso equilibrio de ritmos y facultades. Hay que llegar a la hora adecuada a la cima para poder descender con diligencia, pero también es necesario mirar el paisaje, vivir la experiencia, esperar a quien está cansado, dar facilidades a esos amigos ocasionales, ser en si un guía competente sin necesidad permanente de la velocidad y el record, para al fin ejercer una profesión con dignidad y maestría ganándose la retribución justa, o en muchos casos infringir la ética fundamental del comportamiento profesional y casi incurrir en una nueva figura delictiva del código penal.

www.cesarperezdetudela.com. Guía de alta montaña. Explorador y periodista

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